En el artículo anterior, “Lo emocional”, un mito de
nuestro tiempo (I)”, me refería a la presencia y ocupación del
concepto “emocional” en los discursos y narraciones sociales de todo tipo, lo cual puede ilustrarnos sobre
los modelos y marcos mentales de hoy en día.
Siendo así, cabría preguntarse ¿porque actualmente el
discurso sobre “lo emocional” es tan prevalente? y ¿de qué estamos hablando
cuando las emociones, o mejor dicho las referencias a las mismas, forman parte
del discurso social y como no, mediático?, cuestiones que me parecen relevantes
para poder entender algo del momento en que vivimos y de los comportamientos
sociales.
Diversos son los factores que, a mi entender, confluyen en
la construcción social del mito de “lo
emocional”. Este proceso de construcción nace
con la dinámica y desarrollo de las sociedades cada vez más globalizadas
(sobretodo occidentales), con unas relaciones de intercambio centradas en la lógica
exponencial del consumo, que abarca casi todos los ámbitos de la vida
(profesionales, afectivos, etc.), dando origen a lo denominare como ideología
del consumo.
Se trata de una dinámica social “hiperconsumista” y “liquida”
que tiene su centro neurálgico en un sujeto individual, sobre el que recaen el
deber y el placer por cuenta propia, cada vez más desvinculado de las grandes
instancias sociales (ideológicas, políticas, económicas, etc.) de las cuales
antaño era dependiente (el debilitamiento de los vínculos sociales no siempre
es el efecto de una sociedad cada vez más interconectada).
Esta ideología del consumo pivota sobre el corazón del sujeto
individual y este remite esencialmente a “lo emocional”.
Así, cobran protagonismo nuevos paradigmas individualizantes
(el éxito, la eficiencia, etc.) que junto a los valores de la libertad o de la
autonomía individual, restan valía a la interdependencia y a las
responsabilidades mutuas, que deberían vincular a las personas libres. Gran
parte de los ecos de Mayo 68 se han sublimado en el hiperconsumismo -
individualizante.
La progresiva ruptura de los espacios sociales, desde
finales del S. XX, con la consiguiente
afirmación y enaltecimiento de una individualidad omnipotente, arropada de una fantasía
de que “todo es posible” (todo se puede
lograr con rendimiento y eficacia y así, el éxito está al alcance de la mano),
ahonda en la labilidad de los vínculos sociales y las fronteras emocionales del
sujeto se tambalean.
De esta forma va emergiendo un sujeto-consumidor, que en su clímax
valoriza las cosas u objetos como personas y a las personas como objetos (ej.
se habla de la “marca personal”, etc.), cada vez más necesitado y deseoso de
colmarse de cosas. Ser a través de los objetos, a través de una repetición
incesante de una relación sujeto-objeto que no hace sino que aumentar la
frustración y el vacío de su alma. Un sujeto que vive su insuficiencia.
En el terreno mítico seria como si un supuesto Prometeo,
agotado por la multitarea, deviene un Tántalo hiperconectado, ansioso e
insaciado.
De aquí la necesidad, más o menos consciente, de mirar al
interior, al corazón del sujeto, a “lo emocional”, o mejor dicho, por lo que se
ve o lo que es dominante en la cultura, comportarse como espectador y receptor pasivo de “lo emocional”, y como
Tántalo, ansiando vanamente calmar el
hambre emocional. Cuando el objeto ya no puede ser un soporte de lo proyectado,
siempre puede haber un coach o una pastilla que alivie el malestar.
En este sentido no es extraño que prolifere una cierta
psicologización de la vida cotidiana, que a través de la homologación del
“recetario” de todo tipo, legitima socialmente un “discurso terapéutico”, como señala Eva Illouz.
En los tiempos globalizados, en los que se asume socialmente
"que todo es posible", se tiende a homologar las experiencias
humanas, no solo en el pensar sino “en su
forma de sentir” (F. Furedi, Therapy Culture, Oxford 2004). Es una
homologación de lo íntimo y lo más íntimo es lo emocional.
Las narraciones y relatos que inciden sobre el mito de “lo emocional” son diversos,
pero aun así podemos agruparlos en dos grandes direcciones opuestas, que las
denomino como: “visión dominante” y “visión empática”, que representan unos
modelos de comprensión y acción humana diversos, y consecuencias también diversas.
La “visión dominante” del mito de “lo emocional” se
corresponde con unos relatos descriptivos, hechos con fría naturalidad y distanciamiento
objetivo, como si de una ciencia exacta se tratase, reduciendo lo humano de las
emociones y acallando la voz del corazón.
Basta con ver los consumos crecientes de ansiolíticos,
antidepresivos o somníferos, por un lado, puestos en circulación por la psiquiatría
organicista y la industria farmacéutica
y por otro, los consumos
crecientes de una parte de la sociedad que no quiere o puede ocuparse de su
malestar o que en todo caso solo le interesa la reducción sintomática, fuente
de inquietud y angustia.
De hecho esta “visión dominante”, en su extrema polaridad,
es expresión de la absoluta indiferencia hacia lo humano, en la que solo cabe
la bulimia de las sensaciones y el tantalismo insaciable.
Esta comprensión del mito representa alienarse en lo
exterior (por identificación fusional y asimilación con el objeto de consumo),
es lo que G. Durand designa como “visión
esquizomorfa”. Se trata del conformismo emocional o lo que Freud denominaba
como “miseria psicológica de las masas”.
En este linea Victoria Camps (El gobierno de las emociones
.Ed. Herder, 2011) opina que lo que falla en las democracias actuales es que “no se consiga forjar un carácter ciudadano,
un fallo que algo debe tener que ver con la desaparición de ciertas emociones
sociales como la vergüenza y la culpa. Si ves racionalmente una injusticia,
pero no la sientes, no sirve de nada y los derechos humanos se convierten en
algo vacuo y, aunque no los rechaces, en la práctica no se respetan, porque no
son sentidos como una obligación por los que hay que luchar.”
La “visión empática” del mito de “lo emocional” (en gran medida
ausente en nuestra cotidianeidad), en el sentido de lo indicado por Kohut, “el cuerpo necesita el aire, como la mente
la empatía”, comporta estar con el Otro (sujeto u objeto) sin fusionarse,
sin asimilarse a los valores exteriores. Representa la integración y
asimilación interior de valores, para ser Uno
Mismo, en interdependencia e interrelación con el Otro.
Esta lectura de lo “lo emocional” supone mantener la distancia
justa para no ser invadido por los objetos (héroes y dioses actuales), evitar
la bulimia y así poder buscar y digerir el sentido del mito, dando espacio a la
duda y a la tolerancia.
La búsqueda del sentido, es la búsqueda de lo que es humano.
Marcel Cirera 04/2013

.jpg)