miércoles, 8 de abril de 2015

Cambio político y resistencias al cambio

Jan Švankmajer. Posibilidades de diálogo, 1982


La pugna entre lo viejo y lo nuevo, y las crisis consecuentes, están ligadas al devenir del sujeto y de las comunidades de las que forma parte.

Hay momentos históricos donde este conflicto se hace evidente y resuena por doquier, como sucede en el momento presente con lo político. Desde diferentes ámbitos existe un amplio cuestionamiento de las formas de hacer política, desde los movimientos sociales (primavera árabe, 15 M, el movimiento soberanista catalán, etc.), a la crisis de los modelos representativos tradicionales hasta nuevas formas de expresión y vinculación con lo político, lo que sus protagonistas denominan o teorizan, de un modo o de otro, como la vieja política vs. la nueva política.

A decir de A. Gramsci, en Quaderni del Carcere, citado nuevamente al calor de algunos de estos movimientos, "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados"[1].

En efecto, las turbulencias y morbosidades están al orden del día desde la misma política convertida en espectáculo, incluso en una tertulia cualquiera en prime time televisivo, hasta sus manifestaciones más primarias como son las corrupciones más variopintas. Y es que el “morbo” es rentable.

Pero entender, o mejor sentir, la política de tal modo tiene consecuencias en la conformación mental de una comunidad respecto del hacer político, de sus preferencias y acciones.

La mente humana, la mente del sujeto individual, está en resonancia con la mente de los grupos o comunidades de pertenencia, y viceversa, de aquí que utilicemos los fenómenos del mundo externo (un personaje, partido político o  un hecho social) para dramatizar nuestro mundo interno (nuestros conflictos o aspiraciones y deseos), es decir, actuamos y transferimos inconscientemente “cosas” entre ellos. Por tanto, ¡ojo! con las visiones restrictivas de lo político.

Por otra parte, “lo nuevo no puede nacer” porque la transformación de un estado de cosas a otro, no es ni fácil, ni sencillo, sino que moviliza las resistencias a los cambios de todo tipo, desde las propias del poder instituido socialmente hasta las que todos tenemos, porque en ellos ganamos pero también perdemos, tanto en lo colectivo como en lo individual. En efecto, podemos resistirnos al cambio porque obtenemos beneficios en el no cambio (cuidado, atención, autoestima, etc.) o porque sentimos no ser merecedores del mismo o simplemente para evitar el dolor que supone cambiar. Otra vez más, el reduccionismo político es un mal consejero.

Y no olvidemos que ciertos líderes salvíficos (en la derecha, en la izquierda y también entre los que se reclaman de la superación de dichas categorías) lo son en tanto que apelan a una determinada mentalidad grupal[2], unánime y común, que expresa una fantasía inconsciente, compartida y omnipotente, sobre la manera como el grupo o comunidad conseguirá sus objetivos y satisfará ilusoriamente, a la vez, el deseo de sus miembros. Este liderazgo y esta mentalidad grupal son formas defensivas primarias de oponerse al cambio.

El malestar en la cultura actual, que ha llegado a límites insoportables de sufrimiento, incertidumbre y exclusión por parte de muchos con la reciente “crisis”, es la base sobre la que se han ido edificando las diferentes voces y movimientos en pos de nuevas maneras de hacer y pensar la política, de búsqueda de lo nuevo y del cambio que conlleva.

Pero no nos engañemos, confrontarse con este malestar existente, no consiste solamente en un cambio de políticos y políticas al uso, no es un maquillaje arropado de una nueva retórica aprendida en una lectura de manual del trabajo de G. Lakoff[3] (lectura obligada para nuevos políticos y tertulianos), como si del Libro Rojo se tratara, ni tan solo un supuesto combate ideológico frente a la hegemonía del discurso dominante, como si con el simple abrazo de un nuevo discurso y unas nuevas ideas bondadosas, más o menos ilustradas, comportara una respuesta automática o pauloviana en aras del cambio.

La connivencia y conformación con los modos de hacer del actual capitalismo líquido de consumo, no es simplemente una cuestión ideológica o de adhesión racional a sus narrativas o a sus proclamas descarnadas y ficticias (¿Quién no conoce las estratagemas y juegos palaciegos del PP-PSOE? ¿Quién no está más o menos informado sobre los devaneos de las vestales de IU? ¿Quién no ha oído hablar de la locura maníaca de los “mercados”?, etc.).

 Dicha connivencia con el sistema es básicamente la asunción e interiorización, en gran medida inconsciente, de la mercantilización de las relaciones y de los procesos, donde los vínculos con los otros son mediados a través del mercado. Esta es la resistencia de fondo, ciertamente no la única, que dificulta que “lo nuevo no pueda nacer”. Es, en todo caso, la cuestión de donde depositamos los afectos e identificaciones, que es a la vez, como decía más arriba, un fenómeno individual y colectivo de transferencia y proyección.

La lógica del consumo se infiltra hasta el tuétano, invade más y más las relaciones sociales, somos a través de los objetos, de manera cada vez más acelerada e intercambiable y construimos verdaderas dependencias de sus significados emocionales y simbólicos, socialmente construidos. Cuánta razón tenía Marx cuando hablaba del fetichismo de la mercancía, en unos momentos en que la sociedad de consumo solo podía ser un futurible, con su sutil combinación de placer y decepción.

Nuestra sociedad espectacularizada construye unos sistemas de códigos y señales que lo convierten todo, o casi todo, en una mercancía, incluso lo más terrorífico (ejemplos cotidianos los podemos ver a diario en los informativos televisivos), donde es difícil, a veces, apreciar los límites entre la información y la obscenidad.

Ciertamente, el cómo y el que, ambos, son importantes en lo comunicado. Pero cuando en el torbellino del mercado informativo el mensaje político, para ser escuchado y destacar sobre el resto, se construye como un simple entretenimiento banal (incluso ofensivo) y se convierte en puro espectáculo (sea en una tertulia televisiva o en un debate parlamentario) para ganar algunas cuotas de audiencia (o votos huérfanos), algo nos está diciendo de quien lo dice, la búsqueda del puro dominio al servicio del rendimiento, es decir, el uso de lo emocional al servicio de estrategias omnipotentes, donde la ficción representacional prevalece sobre la experiencia vivida al servicio de lo espectacular, como señalaba G. Debord.

Así, los políticos al uso son consumidos y evacuados como cualquier objeto de consumo, son efímeros y puro simulacro, por eso deben apelar al “relato” (storytelling político), cuya clave es el emocionar, y construir historias para, supuestamente, seducir a la audiencia. De tal modo la resultante, paradójicamente, es una mayor pérdida de la credibilidad y confianza hacia el sistema político dominante.

Cuando se habla de “personal branding” (de hecho, consumo de relaciones) o cuando se mimetizan estrategias políticas como simples estrategias de marketing cabe preguntarse: ¿Dónde están los límites? , ¿Es que asumimos que la acción política, o la política misma (y la supuesta ética consecuente), es un objeto más del gran mercado de la sociedad liquida?

Quizás no le falte sentido a la afirmación de Byung-Chul Han[4] cuando dice: “El sujeto del rendimiento, que se pretende libre, es en realidad un esclavo”... “Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona.”... “No es la multitude cooperante que Antonio Negri eleva a sucesora posmarxista del proletariado, sino la solitude del empresario aislado, enfrentado consigo mismo, explotador voluntario de sí mismo, la que constituye el modo de producción presente”.

Para Han, el régimen neoliberal transforma la explotación ajena en autoexplotación, al revolucionario en un sujeto depresivo y al ciudadano en consumidor, y como tal, dice Han, sin un interés real por la política, en un espectador pasivo en una “democracia de espectadores”, en la que la revolución ya no es posible.

Ante esta reflexión demoledora de Han, a modo de un bisturí casi-paralizante, Marina Garcés, en un artículo publicado en El País[5], contrapone una dura crítica hacia los que, como Han, denomina intelectuales “cierra-puertas”. Dice M. Garcés: “¿Es que las multitudes que madrugan para ir a trabajar cada mañana o que llenan las listas del paro de este país y de tantos otros son usuarios complacidos de un sistema en el que desean libremente ingresar? ... “Los movimientos sociales y los emprendimientos cooperativos que, en tantas partes del mundo hoy, autonomizan su capacidad de gestión y de creación de formas de vida, ¿qué hacen sino proponer y plantear concretamente formas de reapropiación colectiva de la vida?”. Finaliza el artículo diciendo: “Lo que ha cambiado no es la posibilidad de la revolución sino su forma y concepción histórica.”... “Más allá de la historia política de las revoluciones, hoy se impone la intempestividad de las revoluciones que ya están teniendo lugar. Si el poder no quiere verlas, nosotros sí.”

Comparto en gran medida la opinión de M. Garcés, pero ante lo que entiendo como cierto ejercicio de optimismo de la voluntad, por su parte, me parece necesaria, como contraste, la incisiva opinión de Han, que quizás nos ayude a mirar más hacia nosotros mismos sin dejarnos llevar por la idealización de lo externo, o ¿es que las multitudes que madrugan para ir a trabajar cada mañana no ejercen su capacidad de decisión y elección en las colas del Corte Ingles o en las Apple Store de cualquier ciudad?

El cambio político hacia lo nuevo-que-“no puede nacer” requiere de un cambio en mayúsculas, de amplias dimensiones, obviamente un cambio para destronar al sistema de los sátrapas, insaciables y hacedores de crisis, de los corruptos, insensibles con los débiles y excluidos, y de los mediocres, encumbrados en ciertos ámbitos de poder.

En el manifiesto “Ultima llamada”[6] (Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización”), publicado en verano del 2014 y firmado por un amplio abanico de personas, más o menos públicas, situadas en el ámbito de las izquierdas (si se me permite su ubicación en el eje de las abscisas cartesianas), se decía: “Los ciudadanos y ciudadanas europeos, en su gran mayoría, asumen la idea de que la sociedad de consumo actual puede “mejorar” hacia el futuro (y que debería hacerlo)”... La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta.”... Para ello van a ser necesarios cambios radicales en los modos de vida,...”... “Pero esta Gran Transformación se topa con dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados.”... “Hoy, en el Estado español, el despertar de dignidad y democracia que supuso el 15M (desde la primavera de 2011) está gestando un proceso constituyente que abre posibilidades para otras formas de organización social.”

Los obstáculos titánicos a esta Transformación, además de lo citado, no solo están fuera de nosotros, también están más o menos instalados en nuestras mentes, individuales y colectivas, en forma de resistencias cotidianas inconscientes, como supuesto remedio ante la creciente incertidumbre, inseguridad y desprotección que impregnan las existencias. Estas resistencias, de una forma u de otra, se han manifestado a lo largo de la historia, y se manifiestan hoy por doquier a través del espectro del espejismo consumista, pues como decía, la conformación y aquiescencia con las entrañas del sistema, generadas por diversos miedos, no se cambia simplemente con la voluntad y la racionalidad política e ideológica, tan apreciada por lo voceros de la “casta” y a veces, tengo la impresión, por ciertos militantes “anti-casta”.

A mi entender, dicha Transformación debe conllevar un cambio en la forma de organizar nuestras experiencias vividas, un cambio en las formas del pensar las cosas y los hechos, un cambio en el vínculo, emocional y afectivo, con los otros, es decir, un cambio de los sujetos en comunidad, sin lo cual este cambio en mayúsculas “no puede nacer”, porque es un todo inextricable.

Hemos podido aprender que esta Transformación poco tiene que ver con las tomas de los Palacios de Inverno y que las nuevas ideas tienen una gran fuerza disruptiva cuando son expresadas e implican atravesar diferentes situaciones de crisis y por ello suponen necesariamente momentos de desorganización, dolor y frustración, nada que ver con la fantasías omnipotentes del llamado pensamiento positivo[7], tan funcional al propio sistema.




Marcel Cirera                                                                                             Febrero 2015




[1] A. Gramsci. Quaderni del carcere. Volume primo Quaderni 1-5, Giulio Einaudi editore, 1977.
[2] Bion denomino esta “mentalidad grupal” como “supuesto básico”, impulsos emocionales inconscientes         subyacentes en un grupo.
[3] G. Lakoff. No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político. UCM. Ed. Complutense, 2007.
[4] Byung-Chul Han, Psicopolitica. Ed. Herder, 2014
[5] Marina Garcés, La revolución de lo posible. El País, 26.12.14
[7] El pensamiento positivo: un pensamiento sin pensador. Marcel Cirera. 2.15. http://blog.metaforo.es/2015/03/el-pensamiento-positivo-un-pensamiento.html

miércoles, 4 de marzo de 2015

El pensamiento positivo: un pensamiento sin pensador


" Todo se soporta en esta vida/ menos una sucesión de buenos días" (Goethe)

Un fantasma angelical recorre el mundo: el pensamiento positivo. Una pléyade de profetas (coaches, trainers y consultores variados) anuncia por doquier su poder salvífico.

Nacido hace ya bastante tiempo en la América profunda (USA), de la mano de unos predicadores e impregnado del puritanismo calvinista, hoy señorea a sus anchas por los más diversos confines de la tierra, profesiones y actividades diversas, con el objetivo de lubricar los males contemporáneos de las gentes y ofrecer caminos de éxito y felicidad.

¿Pensamiento positivo?, suena casi a oxímoron. Pero, vayamos por partes.

Recuerdo una conocida anécdota en la que Van Gaal, entrenador del Barça, dijo en una rueda de prensa, dirigiéndose a unos periodistas a los que recriminaba crear mal ambiente en el club: “tu interpretación siempre negativa, nunca positiva” (pronunciado al estilo neerlandés, la “v” suena como una “f”). Casi suficiente para entender lo malo y lo bueno. Si lo pensamos de nosotros mismos (¿soy positivo o negativo?), parece claro lo que tenderemos a responder.

Los sinónimos de “positivo” no dejan lugar a dudas: afirmativo, cierto, verdadero, inequívoco, bueno, optimista, efectivo, practico, pragmático, etc. El adjetivo “positivo”, sería como una metáfora “muerta” (los lingüistas me corregirán) que conceptualmente puede organizarse por metáforas orientacionales como por ej. arriba/abajo y derecha/ izquierda, con lo que lo “positivo” es “arriba” y lo “negativo” es “abajo”; lo “positivo” es “derecha” y lo “negativo” es “izquierda”.

Y más allá, asociativamente, podemos pensar que “lo positivo” es lo “feliz”, lo “bueno”, lo “racional”, la “virtud”, etc. El campo semántico de lo “positivo” está labrado hace tiempo.

El “pensamiento” es un proceso complejo en sus diversas dimensiones. El pensamiento como fenómeno mental probablemente supone la fluctuación y oscilación entre estados mentales de disgregación o dispersión y de integración (esta sería la matriz del pensar en la epistemología de Bion). Supone la ausencia o un “vacío” que es necesario tolerar y contener. En su origen el pensar, según él, tendría que ver con la capacidad del reverie materno para recibir y transformar la identificación proyectiva comunicativa del bebe. El desarrollo del pensamiento seria análogo al proceso “digestivo”, un proceso capaz de conjugar la expectativa de una satisfacción y la tolerancia a la frustración o ausencia de la misma, lo que daría paso a una emergencia del símbolo.

Esta visión sobre el pensamiento, parece claro que poco tiene que ver con lo que pregonan los apóstoles del pensamiento positivo, que más bien sería una papilla fácilmente digerible y excretable, como un mensaje a lo Prozac, mágico, bueno,  commodity ataráxico para  tiempos turbulentos.

Más allá de sus términos (“pensamiento” y “positivo”), veamos qué es lo que se enuncia y pretende transmitir con el concepto pensamiento positivo, pues a pesar de su notable extensión y aplicación en muy diferentes ámbitos (encontrar pareja, adelgazarse, enfrentarse con una enfermedad, maneras de hacerse rico, gestionar adecuadamente una empresa, ser un buen líder, etc.) podemos conjeturar unos significados y efectos comunes en el uso de dicho concepto.

Cuando se dice, “Hay que ser positivo”, y variantes de lo mismo, es una apelación a la idea de ser optimista y que siendo optimista, y por tanto positivo o pensando en positivo, tendrás resultados también positivos (sea en salud, éxito o prosperidad) y viceversa. Estos enunciados se repiten hasta la saciedad por parte de coaches y libros de autoayuda, de la misma manera que la repetición de dichos enunciados por parte de uno mismo es una de las prescripciones de los expertos, y si es necesario ayudándose de variadas técnicas de “relajación”. Una de las frases atribuidas a Dale Carnegie (clásico inspirador del pensamiento positivo y autor del, todavía hoy, superventas “Como ganar amigos e influir sobre las personas”) decía “Better and better every day”.

Sin duda, parece que esta manera de hacer es bienvenida y aceptada aunque sea un camino del “más de lo mismo”, si no triunfas o no consigues tu objetivo la respuesta es persistir o que no te has aplicado lo suficiente y debes seguir y seguir. Pero es que además el pensamiento positivo, en sus diversas y variadas expresiones, plantea la paradoja de ser optimista, ser feliz, o lo que sea, a través de una obligación en la cual uno está atrapado, con la consecuencia de que el no lograrlo comporta un sentimiento de culpa por no estar a la altura o no saber. En el fondo es una pedagogía con el tufillo del duro puritanismo (tu obligación tiene que agradarte), eso sí, bajo un manto cosmético que abona el simulacro.

¿Qué pasa si tengo pensamientos negativos? Pues las recetas, más o menos adornadas, consisten en reprimir y bloquear el malestar, negar los sentimientos. Ya sabemos que pasa cuando esto sucede, que vuelve a aparecer lo mismo bajo otra forma y no sería nada extraño que ese malestar negado se encarnara en el propio cuerpo.

En consecuencia la negación y disociación de la experiencia emocional y la no tolerancia a la frustración imposibilita la emergencia del sentido, de ahí que el pensamiento positivo se funde en un tipo de pensar- sin- pensamiento, es decir, una especie de rigidez del mundo representativo o una puesta en acto de lo perceptivo sin proceso de mentalización. Este es el sentido del pensamiento positivo como oxímoron.

En diferentes eventos, grupos de autoayuda o conferencias de gurús del pensamiento positivo, en su éxtasis se llega a afirmar que “hay que evitar a las personas negativas” y obviamente relacionarse con las que son como tú deberías ser, positivas.

“Evitar a las personas negativas” es como decir “El infierno son los otros” (acto final de la obra teatral de J.P. Sartre, “A puerta cerrada”), bonito colofón sobre como el pensamiento positivo entiende la empatía y a la vez un claro ejemplo de pensamiento esquizoide.

Podríamos seguir con la infinidad de recetas propias de esta manera de entender las cosas, pero todas repiten y dan vueltas sobre lo dicho, como una especie de pensamiento “zombi” (seres sin alma, cuyo destino es tragar y tragar).

En definitiva, el pensamiento positivo apelando a una cosmetización de las experiencias, al simulacro y al imperativo del más y más deviene una buena pócima, unas veces mágica y otras arropadas en cierto cientifismo, para soportar aparentemente los ritmos trepidantes, acelerados y voraces del consumismo líquido.

Sería bueno para nuestro goce y salud mental despertarnos de este sueño terrorífico que es el pensamiento positivo.


Marcel Cirera                                                                                             Febrero 2015


lunes, 1 de septiembre de 2014

Desde el Ébola hasta la meteorología


Probablemente, en unos días o semanas, el virus del Ébola ya no será cabecera de las portadas de los periódicos o noticia de los prime time televisivos. Aunque quizás algunos profetas de los miedos tengan la ocurrencia de relacionarlo con las “pateras invasoras”, con las que los murciélagos (se supone que vehículos transmisores del Ébola) encarnados -vampíricos- perturbarán la “pax” y placidez europea (por no hablar de otras latitudes), para así engrosar nuestras listas interminables de inquietudes y ansiedades cotidianas.

Ciertamente, existe la amenaza la epidémica del Ébola. Desde el punto de vista epidemiológico parece claro que sus índices de morbilidad y mortalidad, a pesar de la ausencia de un tratamiento efectivo, quedan muy por debajo de la incidencia social de otras epidemias (accidentes de tráfico, desnutrición, malaria, iatrogenia psiquiátrica, etc.) menos mediáticas y más cronificadas en nuestra sociedad.

No olvidemos que no hace demasiado tiempo estábamos todos alertados por la gripe aviar, las “vacas locas”, etc.

Pero la cuestión a la que quiero referirme tiene que ver con otros significados que podemos encontrar en el fenómeno del Ébola (como bien señala P. Vaamonde en su artículo “El miedo al Ébola”), como por ejemplo su tratamiento mediático consecuencia de la “cultura del miedo” (actitudes, rituales, consumos, etc. que están orientados por los miedos y temores que vivimos actualmente) que impregna nuestro vivir cotidiano.

Los miedos y temores de todo tipo (la primacía desbordante de la naturaleza, la fragilidad del ser humano, la debilidad de los vínculos sociales) son tan antiguos como el hombre y bien sabemos que las estrategias del poder (político, religioso, etc.), en gran medida, se han asentado sobre ellos, sobre la vulnerabilidad y la incertidumbre del ser humano, generando todo tipo de liderazgos desde los más macabros hasta los más sutiles, como por ejemplo en forma de héroes salvadores con los que nos podamos identificar.

Pero dicha “cultura del miedo”, propia de nuestro mundo actual, se hace explicita cuando se sitúa en primer plano el dilema seguridad/inseguridad, con la promesa por parte de los poderes públicos y privados de ofrecer seguridades de todo tipo, como nuevas fuentes de su propia legitimación, y para ello es necesario construir artificialmente situaciones y fenómenos, globales y locales, que inspiren más y más miedo, incertidumbre y vulnerabilidad.

La difusión y capilarización de los temores globales (terrorismo, fenómenos migratorios, etc.) se han reforzado con la reciente “crisis”, o cambio de modelo dominante, como ilustra acertadamente Pierre Salvadori con su obra “En un patio de París”.

A este respecto dice, con toda razón, P. Salvadori: “La gente se da cuenta de que las cosas están cambiando y tiene miedo. En Francia, y supongo que en Europa entera, hay mucho miedo y el miedo paraliza y anestesia. El miedo nos ciega y nos paraliza, nos insensibiliza.”





Pero es a nivel local, o a nivel de nuestra cotidianeidad, donde con frecuencia integramos más fácilmente y son más desapercibidos estos temores y miedos, a veces como leves incertidumbres o inquietudes.

Convivimos con ellos y desarrollamos diariamente estrategias evitativas, adaptativas o impuestas en aras de nuestra seguridad como por ej. todo tipo de hipocondrías sociales, que en parte son la base de los denominados productos funcionales; el cuerpo como centro de operaciones: la ortorexia y la vigorexia; las cámaras de video vigilancia por doquier; etc.

Recientemente Google publicó unos datos sobre el interés de búsqueda de sus usuarios sobre diferentes temas (el tiempo meteorológico, Gaza, Irak, Ébola i Ucrania). La gráfica correspondiente al tiempo meteorológico era con mucho la más destacada, de forma más o menos estable, y a bastante distancia aparecía el Ébola, con algunos picos de búsquedas.





De siempre, el interés y la expectativa sobre el tiempo ha formado parte de la gran mayoría de las civilizaciones pues los diversos quehaceres dependen de él, en mayor o menor medida, sobre todo en las sociedades agrícolas donde la dependencia era muy directa, pero también en nuestra sociedad actual.

En la lucha contra la naturaleza, y en este caso la lucha frente a los más graves desastres naturales (tsunamis, inundaciones, etc.), hemos casi aceptado la supremacía de la misma naturaleza sobre las capacidades humanas (otra cosa seria la gestión de las condiciones y consecuencias de dichos desastres), como fuente de lo que podemos considerar como temores más primitivos.

A partir de la gráfica de Google podemos conjeturar algunos otros sentidos.

En primer lugar, parece que el tiempo meteorológico lo sentimos como una afectación más directa (corpórea, sensorial,...) que otros fenómenos que podemos considerar más lejanos (Ej. los conflictos de Gaza, Ucrania, etc.). ¿Podremos tomar el sol en vacaciones o nos las estropeará la lluvia? O sin ir más lejos, el tiempo es también un recurso para el lenguaje fático (como la típica conversación del ascensor).

Observando el tratamiento de lo meteorológico en los medios podemos darnos cuenta del incremento de su relevancia, así por ejemplo, en unas noticias televisivas podemos ver que el espacio del Tiempo pasa a ocupar, en ocasiones, la parte central de la emisión como llamada de atención; o que frecuentemente, los contenidos están impregnados de ciertas catástrofes más o menos espectaculares; o que de la anécdota (una granizada en una pequeña zona) deviene categoría central en el discurso; o que, en ciertos casos, los “hombres del tiempo” devienen verdaderas vedettes mediáticas, eso sí, adornados con un lenguaje en el que abundan, de una manera o de otra, las llamadas a las alertas y sus consecuentes consejos de seguridad; etc.

Así pues, además del valor comunicativo de los servicios meteorológicos, podemos pensar que actúan como objeto de desplazamiento de los miedos y temores, reforzando sutilmente ciertos sentimientos de inquietud e incertidumbre junto a las consabidas recetas de que procuremos por nuestra seguridad. Y ello, por lo visto, incide en una carencia y demanda que deseamos satisfacer, fruto en gran medida de la habituación a la baja tolerancia a la frustración y al disconfort.

Más allá de nuestra propia vulnerabilidad como seres humanos (que no es reparable por las vías de la omnipotencia ni la omnisciencia), el malestar en nuestra cultura, nuestros miedos, temores, incertidumbres e inquietudes, no solo se construyen a través de estrategias artificiales de gran calado (desde los yihadistas hasta los emigrantes “invasores”) sino también a través de procedimientos de menor calado, más etéreos o sutiles (desde el Ébola hasta la meteorología), ofreciéndonos a la vez una seguridad tan imposible como mentirosa.



Marcel Cirera                                                                                 Septiembre 2014

viernes, 22 de agosto de 2014

Un selfie de la Catalunya actual


Probablemente la pasión que despierta el selfie entre nosotros sea una muestra del estado de ánimo de los momentos actuales. No hay lugar, situación o momento que escape a esta gestual embobada, que parece que nos enaltezca más allá de su fugacidad hasta que a la vuelta de la esquina encontramos otro momento propicio para mostrarnos.

Pues, todo selfie es para mostrarse a los demás, con la creencia de que seremos vistos, acogidos, interesantes, es decir, que formaremos parte de los otros, aunque sea en la fantasía (quizás con algún un "Me gusta" en Facebook ). Este anhelo nos acompaña siempre, o mejor dicho nuestro self (ie) se constituye y se va construyendo con los otros, pues desde los primeros momentos, cuando aún no hemos visto la luz del exterior, ya formamos parte de las expectativas y proyectos de nuestros progenitores.

Pero, más allá del recurso técnico y de la envoltura de la ideología tecnocientífica, que le da sentido en nuestra liquidez consumista, es sin duda, un signo de los tiempos, que nos atrapa y nos conecta, efímero, lábil, cambiante, pero un signo los tiempos.

¿Si pudiéramos hacer un selfie colectivo de la Catalunya actual, que veríamos?


Imaginemos que percibimos un conjunto de imágenes efervescentes y abigarradas ("Tricentenarios", "miquelets", "estelades" "Pujolets", "constituciones", "Diades” masivas", "sumas y restas", "almogávares", "La Roca Village y algún que otro supermercado ", " un pesebre hecho añicos ", etc., etc.), que podríamos considerar  algo confusas, incluso ambiguas a nivel manifiesto, pero de hecho dependería de nuestra mirada ver el sentido de este todo, ver unas u otras, presentes o ausentes, pues como decía E. Gombrich "el acto de ver es fundamentalmente interpretativo".

Inesperadamente, la mayoría de internautas que contempla este selfie se da cuenta que, como efecto de conjunto, parece destacar la representación colectiva de la identidad actual y la representación de la pugna por la soberanía, con sus contrastes y contraposiciones, como una copa de Rubin o quizás como las imágenes ambiguas y siniestras de Jan Švankmajer.




Tanto la identidad actual como el anhelo de soberanía que podríamos ver en el selfie son representaciones de ilusiones colectivas (para algunos), expresiones de unos imaginarios y fantasías de un grupo humano, o de una parte del mismo, que construyen unas narraciones diversas que muchos, incluso multitudes, se las pueden hacer suyas.

Decía U. Eco. "Todo mundo de ficción se sustenta, como si fuese un parásito (yo diría simbiótico), en el mundo real, que el mundo de ficción utiliza como contexto".

Este selfie de la Catalunya actual se daría en un contexto sociocultural, que metonímicamente podríamos denominar como "Al mal tiempo, tiendas llenas", como titulaba en su portada el diario Ara (16.8.14), propio de las democracias occidentales de hegemonía neoliberal y consumista, que obviamente impregna la mirada (me he referido a ello en el artículo, "Las identidades y los Otros" 17.7.14).

Pero, de hecho me pregunto: ¿Cómo nos vemos y sentimos en este selfie colectivo? ¿Cómo vemos y sentimos la representación de la identidad y de la soberanía en el propio contexto de una "sociedad líquida", que tan magistralmente nos ha explicado Z. Bauman? 
A mi entender, hay dos grandes maneras de vernos y sentir este selfie de la Catalunya actual.
La primera, dominante y hegemónica en nuestra cultura, es la que ve el retrato de una manera estática, literal, la que dice "es lo que hay", la que carga con la huella de la "realpolitik" y entroniza la soberanía de la razón (nunca mejor dicho), ofreciéndonos a la vez, en bandeja de plata, las idealizaciones más diversas.

Es la manera de ver que entiende que la memoria histórica es algo inalterable, lo que siempre ha sido y es, al margen de quien lo piensa y del momento en que se piensa, como por ejemplo la escena representada por los entrañables "miquelets" haciendo guardia en torno al Presidente Mas, en la conmemoración del tricentenario de la última batalla ganada en Talamanca.

Redescubrimos el castillo de Cardona, la "Ruta de 1714", la catalanidad de Colón (quiero decir Colom), las montañas de Montserrat en el cuadro de la Gioconda, etc. y un día nos despertamos con la noticia de que un padre de la patria nos la ha jodido. Pujol, aunque pueda parecerlo no es un Bárcenas cualquiera, entre otras cosas porque ha sido un objeto idealizado, lo que explica los sentimientos de "pena y desengaño" que, como muchos, declara haber sentido Eduardo Reyes, presidente de Súmate.

De repente hay prisa, (¡mala consejera!), para vestir, para reencarnar, o incluso resucitar el propio panteón histórico-mitológico, a fin de llenar el vacío de una orfandad que la “sociedad líquida” parece que no termina cubrir, pues ante la vivencia de amenaza, que actualiza este vacío, se reactivan los recuerdos de los "traumas escogidos", como dice Volkan, que desvelan los sentimientos de pertenencia y los vínculos colectivos, pero también los prejuicios y estereotipos.

Este modo de ver es también una manera de evadir los conflictos, quizá fruto del convencimiento de las virtudes de la "realpolitik" y que se expresa, a través de insignes prohombres del espectro político, tertulianos y periodistas orgánicos, diciendo, más o menos: "el debate central es una cuestión de soberanía y no de identidad, pues de identidad cada uno tiene la suya".


Pero en su corta mirada no ven (no pueden o no quieren ver) que la soberanía, como capacidad de decisión, corre paralela y depende de la maduración identitaria, individual o colectiva. Es decir, la maduración e integración de los procesos de identificación y de investimento en el grupo, que constituyen la "mentalidad" del grupo humano en condiciones habituales (pues en condiciones de amenaza se despiertan los prejuicios estereotipados), contribuyen a decisiones más autónomas y menos contradependientes.

Pensar la identidad de un grupo humano, pues a esto nos referimos, no es una cuestión fácil, cierto, pero evitar planteárselo o negarlo, no deja de ser un flaco favor a las aspiraciones de un soberanista, pues no es posible construir o transformar lo que se mantiene ausente.

¿Qué son, sino signos de identidad las banderas con las barras y las estrellas ondeando en infinidad de casas estadounidenses, país donde mejor se expresa la falacia del llamado patriotismo constitucional? o ¿De qué hablamos cuando menudo se hace mención de las dos almas del PSC? o ¿Cuando M.V. Montalbán decía que el Barça era como el ejército desarmado de Catalunya?, etc.
 
Otro ejemplo de "realpolitik", propio de esta manera de ver el selfie, lo podemos encontrar en la reducción "científica" de los fenómenos sociales a cálculos y   cifras y a determinadas interpretaciones de las mismas. Así por ejemplo, en un artículo titulado "La victoria en cifras", S. Cardús, basándose en el Barómetro del CEO (1a ola de 2014), deduce que: "La segunda conclusión clara a que permiten llegar los datos disponibles es que el no a la independencia tiene una base mucho más identitaria, emocional, que no el sí, que es fundamentalmente político y pragmático. " Esta es una clara y conocida visión reduccionista que pretende explicar los comportamientos y las dinámicas emocionales a través de lo literal y declarado (una cosa es lo que decimos  y otra lo que sentimos, sobre todo en temas digamos delicados) y en la que el autor, a la vez, presupone un criterio de certeza y de valor a la respuesta racionalizada de los "datos disponibles", es decir, como si lo "político y pragmático" fueran las partes elevadas y lo identitario y emocional fueran las partes bajas (podemos hacer fáciles analogías).

Esta primera manera de ver refleja, en mi opinión, unas determinadas  ideas y paradigmas dominantes (la fe en el "progreso" y la razón, la veneración del discurso tecnocientífico que intenta borrar la subjetividad, etc.) de ciertas élites gobernantes (o castas, como dicen algunos) y de sus pregoneros, que día tras día se disputan los espacios de los circos mediáticos con la suficiente opacidad para poder seguir disfrutando del pastel, con la complicidad (consciente o inconsciente) de los que quedan enganchados en el embeleso de este selfie.

Hay, sin embargo, otra manera de ver y sentir este selfie, que sería una especie de "meta-self (ie)", es decir, una mirada que partiendo del presente nos permite conjeturar sobre el pasado, que entiende que la memoria , personal y colectiva, es la influencia constante del pasado en la organización de cualquier situación del presente. ¡La historia objetiva no existe, al margen de los relatores y de sus instrumentos!

Una manera de ver y de sentir que pone en el centro del pensamiento la subjetividad de los grupos humanos, sus vivencias y aspiraciones, más allá de la mortecina visión tecnocientífica de los fenómenos sociales.

Así podríamos ver que la identidad de un grupo humano, en este caso Catalunya, es un proceso dinámico y complejo, que se construye progresivamente, que hoy se da en un contexto sociocultural psico-degradable ("consumismo líquido"), donde las identidades se adquieren y se desechan i las identificaciones se encarnan de repente para volverse a reencarnar en otro fenómeno u objeto diverso, y que tiene como consecuencia la emergencia de identidades lábiles y fragmentarias, que nada tienen que ver con la vieja trilogía Estado- Nación- Territorio.

Actualmente, quizás como nunca en la historia, la identidad y la soberanía tienen que ver con el diferente y sobre todo, tanto una como la otra, necesitamos pensarlas desde la experiencia de los sujetos que conforman el grupo/s, con sus anhelos y esperanzas, con sus ideas, conscientes e inconscientes.

Hoy sabemos, desde diferentes ópticas, que el poder de decidir es limitado, pero sobre todo es un proceso que opera lejos del "cálculo racional eficiente" de las opciones, pues opera a partir de las emociones y sentimientos en juego.

Conceptos como identidad y soberanía, necesitan ser repensados. Estamos viviendo un momento de cambios profundos en la historia de la humanidad, en el que ciertas formas de organización social se nos están volviendo inservibles, y quizás todo esto sucede a una velocidad que hace difícil pensarlas, pero esta es nuestra opción.

Las sociedades son cada vez más complejas y plurales en su interior y existen núcleos resistentes a la uniformización que reclaman su diferencia (Catalunya es un buen ejemplo, pero también los conflictos identitarios en la Francia jacobina o el reciente conflicto en Missouri), a la vez el entorno de interdependencias hace inservible el concepto de soberanía entendido como ámbito exclusivo de decisión, y así por doquier las aspiraciones soberanas de los pueblos y de los grupos humanos se hacen persistentes.

Por todo ello, lejos de posiciones enrocadas e impositivas, necesitamos articular las diferencias, que son diferencias en la manera de vivir, sentir y ver la relación con los demás (y que aunque no salgan en nuestro selfie, están), tanto dentro de la misma comunidad, en este caso Catalunya, como desde los "estados-nación" (Estado Español) respecto a su propia diversidad, a través del reconocimiento de ésta y de la renuncia a posiciones dominantes y coactivas.
  
La identidad y soberanía que podemos conjeturar con esta otra mirada de nuestro selfie debe ser diversa, plural, de diferentes colores, respetuosa, tolerante con los sujetos y sus aspiraciones.

En nuestras sociedades complejas probablemente no hay otra opción, más allá de la barbarie, sino el acuerdo con el diferente, huyendo de la subordinación y la imposición, como vía para construir la convivencia.


Marcel Cirera                                                                                 Agosto 2014

lunes, 18 de agosto de 2014