sábado, 19 de agosto de 2017

In Memoriam: La Rambla y el poeta García Lorca


La barbarie no entiende de tiempos ni lugares.
A lo largo de la historia parece que las emociones vinculantes positivas, empáticas y reparativas, no han predominado sobre las acciones y fantasías de las hordas grupales desbocadas y estas han señoreado intra-inter grupalmente sobre las comunidades.
El 17.8.17 la barbarie de los excluidos asesinó en Barcelona al grito de Allahu Akbar.
El 18.8.36 la barbarie franquista asesinó al poeta al grito de “Por Dios y por España”.  
A veces como rayos de esperanza los vínculos generan solidaridad, sentido y dignidad.
Valgan como ejemplo las acciones de múltiples y diversos ciudadanos en Barcelona (la fotografía de más abajo lo ilustra, 18.8.17) y el contrapunto del canto del poeta Lorca a las floristas de la Rambla de Barcelona.



La Rambla


Lorca y la actriz Margarita Xirgu decidieron dedicar como homenaje una función a las floristas de la Rambla (1935).

Lorca y Margarita Xirgu

Margarita Xirgu, que en diciembre de 1935 estrenó en Barcelona la obra de Federico García Lorca “Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores”, recibía cada día un ramo sin tarjeta y supo que se trataba de un obsequio de las floristas de la Rambla.

Alocución a las floristas de la Rambla de Barcelona:

Señoras y señores:
Esta noche, mi hija más pequeña y querida, Rosita la soltera, señorita Rosita, Doña Rosita, sobre el mármol y entre cipreses Doña Rosa, ha querido trabajar para las simpáticas floristas de la Rambla, y soy yo quien tiene el honor de dedicar la fiesta a estas mujeres de risa franca y manos mojadas, donde tiembla de cuando en cuando el diminuto rubí causado por la espina…
La rosa mudable, encerrada en la melancolía del Carmen granadino, ha querido agitarse en su rama al borde del estanque para que la vean las flores de la calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía que no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante de brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: Rambla de Barcelona.
Como una balanza, la Rambla tiene su fiel y su equilibrio en el mercado de las flores donde la ciudad acude para cantar bautizos y bodas sobre ramos frescos de esperanza y donde acude agitando lágrimas y cintas en las coronas para sus muertos.
Estos puestos de alegría entre los árboles ciudadanos son el regalo del ramblista y su recreo y aunque de noche aparezcan solos, casi como catafalcos de hierro, tienen un aire señor y delicado que parece decir al noctámbulo:
“Levántate mañana para vernos, nosotros somos el día.”
Nadie que visite Barcelona puede olvidar esta calle que las flores convierten en insospechado invernadero, ni dejarse de sorprender por la locura mozartiana de estos pájaros, que, si bien se vengan a veces del transeúnte de modo un poquito incorrecto, dan en cambio a la Rambla un aire acribillado de plata y hacen caer sobre sus amigos una lluvia adormecedora de invisibles lentejuelas que colman nuestro corazón.
Se dice, y es verdad, que ningún barcelonés puede dormir tranquilo si no ha paseado por la Rambla por lo menos una vez, y a mí me ocurre otro tanto estos días que vivo en vuestra hermosísima ciudad.
Toda la esencia de la gran Barcelona, de la perenne, la insobornable, está en esta calle que tiene un ala gótica donde se oyen fuentes romanas y laúdes del quince y otra a la abigarrada, cruel, increíble, donde se oyen los acordeones de todos los marineros del mundo y hay un vuelo nocturno de labios pintados y carcajadas al amanecer.
Yo también tengo que pasar todos los días por esta calle para aprender de ella cómo puede persistir el espíritu propio de una ciudad.
Amigas floristas, con el cariño con que os saludo bajo los árboles, como transeúnte desconocido, os saludo esta noche aquí como poeta, y os ofrezco, con franco ademán andaluz, esta rosa de pena y palabras: es la granadina Rosita la soltera.

Salud.  Federico García Lorca.


Marcel Cirera                                                                                                19.8.17



lunes, 7 de agosto de 2017

La irrupción de conflictos identitarios


El desarrollo de la globalización en nuestras sociedades liquidas (Bauman) y del rendimiento (Han) parece reforzar la emergencia de un tipo de conflicto social en el que uno de los rasgos más característicos es la exclusión de la diferencia, es decir, construye un tipo de sujeto social y grupos sociales, que en mayor o menor medida, de manera explícita o implícita, tiende a la exclusión del otro-diferente.


Dichos rasgos, acentuados por la reciente crisis y sus consecuencias, se evidencian desde las políticas de Trump (por ej. la intención de construir un muro que separe USA de Méjico) hasta las políticas de los poderes europeos respecto a los migrantes que sucumben en el Mediterráneo, secundadas ambas por gran parte de las poblaciones respectivas.


Campaña electoral de Trump con el lema “Make America great again !”


La otra cara de la exclusión son las dinámicas sociales de adhesión, aglutinación o fusión, y la afirmación de lo que se entiende como propio por parte de un colectivo determinado. Su expresión más clara son por una parte, las diversas variantes de nacionalismos (termino conflictivo en nuestros ámbitos culturales), de diferente calado e intensidad, que emergen en las culturas globalizadas del mundo actual (como vemos en USA, Francia, Escocia, el Brexit inglés, Catalunya/España, etc.)  y, por otra parte, los que se aferran a creencias mesiánico-religiosas, a menudo con formas violentas (ISIS, etc.).

Pero también podemos observar estas dinámicas en la adhesión a culturas específicas y comunidades de gozo compartido, reales (veganos, centros de fitness, etc.)  o virtuales (grupos de WhatsApp, Instagram, etc.), y en el anhelo de dignificación de identidades perdidas y negadas de índole muy diversa (p.ej. colectivos como los transgénero, los autistas, etc.)

Estos procesos sociales de exclusión/adhesión, a pesar de su diversidad manifiesta, comparten todos ellos las consecuencias globalizadas de la fragmentación social y de la dilución de los vínculos socio-afectivos, con lo que la gratificación del reconocimiento del otro es substituida por la gratificación del espejo de Narciso, en una incesante y agotadora carrera en pos de la autoafirmación y el beneficio individual.

Probablemente, dichos procesos sociales puedan entenderse, al menos en parte, como “un intento de compensar el vacío” (como señala Han[1]) generado en las sociedades globalizadas, rebosantes de hiperactividad, de aceleración de los procesos vitales y de histeria por la acumulación y el crecimiento.

En efecto, las sociedades de la modernidad tardía comportan unos vacíos socio-emocionales que todos tenemos que rellenar y compensar, de alguna forma o de otra, para protegernos del malestar.

Estos sentimientos de pérdida, de abandono, de frustración de las expectativas y de las necesidades se hacen intolerables y tanto los grupos sociales como los sujetos se retraen defensivamente para proteger, a veces ilusoriamente, lo que se entiende como legitimo o básico.

Estas dinámicas sociales pueden llegar a movilizar amplias masas de población y presentarse como grandes conflictos inter-grupales (entre “grupos-grandes”, a decir de V. Volkan).

Así, los sujetos y grupos sociales, para protegerse de dichos malestares, ponen en juego formas básicas de ataque/defensa, unas más disociadas o divididas y otras más integradas, que se reactivan y focalizan según la posición cultural dominante.

Por una parte, las actitudes socialmente más disociadas se focalizan sobre lo que representa el objeto portador del “mal”, el otro, que puede ser el diferente, el excluido, el migrante, el minorizado, etc. A su vez, los sujetos estigmatizados construirán toda suerte de relatos persecutorios y de resentimiento, con lo que se profundiza la ruptura de los vínculos sociales, imposibilitando la comprensión y el dialogo.

En las situaciones de ataque/defensa es cuando emergen y se reactualizan los conflictos grupales de exclusión/adhesión, donde los anhelos de afirmación y las identificaciones con el propio grupo se convierten imaginariamente en una necesidad de supervivencia y por tanto en una necesidad de excluir al diferente y/o adherirse de forma fusional al propio grupo en una unicidad (one-ness, lo denominó P. Turquet[2]). De aquí que gran parte de los conflictos actuales tengan un carácter de repliegue hacia la “nostridad” (la vivencia del nosotros).

Por otra parte, las actitudes socialmente más integradas, que suponen asumir procesos de duelo, si son mentalizadas y elaboradas de forma rigurosa poseen un enorme potencial y pueden contribuir a la comprensión, a la tolerancia y al reconocimiento del otro-diferente.

No se trata de negar la “nostridad”, lo que se siente como propio y se comparte como grupo de pertenencia, es decir, la propia identidad grupal, sino reconocerla como interdependiente de otras identidades también reconocidas como tal, pues es a partir de la tolerancia con la diferencia que podemos empatizar y crecer afectivamente, unos y otros.
   
Dice el refrán que es más fácil ver la paja en el ojo del vecino que la viga en el propio. Comprender el malestar social que nos interpela no siempre es fácil, pues con frecuencia se aplica aquello, tan habitual en la política al uso, de que el malo o el equivocado es el otro, utilizando el recurso del estereotipo para así justificar las peores hazañas. Otra forma elusiva del conflicto social consiste en reducirlo a una cuestión individual (véase lo que se dice de la corrupción) evitando así una mirada sistémica que implica también a quien lo mira.

Pensar los fenómenos sociales desde nuestra dimensión grupal como sujetos requiere estar atentos a unos procesos sociales que actualmente, como he referido más arriba, hacen emerger y reactualizan conflictos grupales de diversa índole y en especial conflictos entre los grandes grupos, en los que se ponen en juego las propias identidades grupales como respuesta básica y primaria. Somos desde el inicio animales grupales.

Poner en juego las identidades grupales es hablar de los marcos mentales, de los imaginarios de los grupos sociales, de sus sentimientos, afectos, identificaciones, etc.. ¡Y esto duele! Las resistencias a lo identitario son fuertes, es obvio y entendible, incluso entre las posiciones críticas e ilustradas que hacen del racionalismo y del cientifismo social su paradigma, para aferrarse y cosificarse en los grandes metarrelatos del s.XIX.

Enfocar y confrontarse con los malestares actuales y las identidades son tareas arduo complejas, pues requieren de sistemas institucionales, liderazgos y espacios comunitarios capaces contener y dialogar con el otro, con el diferente, en lugar de recurrir a formas primarias de hostilidad y violencia.


Marcel Cirera                                                                                       Agosto 2017




[1] Byung-Chul Han, Topología de la violencia. Herder, 2016
[2] P. Turquet define “one-ness” como aquel estado mental en el que los miembros de un grupo buscan juntarse, pasivamente y de forma anónima, en una poderosa unión, de fuerza omnipotente, para la obtención del bienestar y si esta unión esta personificada, ser una parte de una inclusión salvadora. Se trata de un narcisismo de tipo fusional con un determinado hecho socio-cultural.  P.Turquet citado por R. Morgan-Jones en The body of the organisation and its health. Karnac, 2010

jueves, 3 de agosto de 2017

Algunos pensamientos sobre identidad y grupos-grandes


Plantear la cuestión de lo grupal y más en concreto de los grupos numerosos (grupos grandes[1]), suscita diferentes interrogantes, desde los más escépticos que pueden cuestionar su misma existencia y utilidad hasta aspectos como la perspectiva de su abordaje y sobre todo cuestiones de fronteras o límites del propio espacio grupal, como el papel del individuo y el grupo, la persona y el rol, lo público y lo íntimo, los grupos pequeños y los grupos numerosos, etc.

Por otra parte, los desarrollos tecnológicos recientes y en concreto las redes digitales parecen plantear una dilución de los limites relacionales y comunicacionales, cambios en las formas de interacción, percepción y vivencias de los sujetos entre lo virtual y lo real. Pero en todo caso, parecen re-emerger fenómenos grupales diversos, a diferentes niveles, como pueden ser el caso del papel desempeñado por los medios digitales en las “Primaveras árabes” o  las actitudes y usos cotidianos de los grupos de WhatsApp.

Parto del supuesto de la existencia de lo grupal como fenómeno primario, psicobiológico y social, pues creo que hay sobradas evidencias de ello. Lo grupal puede ser visto desde diferentes perspectivas, desde lo estrictamente observacional, como objeto de conocimiento de una dinámica social, hasta una forma de operar, accionar y transformar. Como decía Pat de Maré[2] “el propósito declarado del grupo grande es permitir a la gente aprender a hablar con los demás; aprender a dialogar.”

Uno de los interrogantes, a los que me refería más arriba, es la cuestión compleja y polémica de la identidad grupal. Sabemos de la identidad individual, pero ¿podemos hablar de identidad en los grupos grandes o numerosos?. Mi respuesta es claramente afirmativa, tanto desde mi posición reflexiva como desde mi experiencia profesional y relacional. Otra cosa es que la creciente complejidad del bosque nos dificulte ver los árboles, es decir, que en nuestra visión podamos distinguirnos como sujetos individuales y a la vez como sujetos grupales, lo que W.R. Bion denominaba como “visión binocular”.

La identidad individual depende de los vínculos entre lo personal y lo colectivo, y se desarrolla a través del grupo primario familiar que está en relación con determinados grupos grandes y las culturas que de ellos dimanan. Los grupos son estos vínculos.

Las identidades grupales de grupo-grande son constructos culturales e históricos que remiten al si-mismo, a la similitud y continuidad compartida entre los miembros de un grupo y a la relación con los otros (aquellos que tienen una diferente identidad de grupo-grande), son amplias comunidades de individuos que comparten los mismos sentimientos, afectos y pasiones (nacionales, religiosas, o ideológicas), son el resultado compartido de orígenes, mitos y continuidades históricas, realidades geográficas y otros aprendizajes realizados en la familia y en la propia comunidad. Las identidades grupales no son eternas, sino en constante evolución y redefinición con algunos elementos de invariancia[3] (ej. la lengua en una comunidad).

Las identidades de grupo-grande se modulan y manifiestan en forma de grupo o comunidad por ej. somos maoríes; somos alemanes; somos catalanes; somos judíos; somos comunistas. En este sentido parece difícil pensar nuestra identidad sin hacer referencia a los diversos grupos a los que pertenecemos.

La identidad grupal es una compleja estructura sistémica e intersistémica (pertenecemos a más de un grupo y a subgrupos), que se construye a través de vínculos de identificación (transpersonales e intergeneracionales) con el grupo de referencia y sus estructuras de liderazgo, estableciendo una relación de mismidad con el grupo y a la vez  diferenciándose de otros con identidad diferente. La identidad grupal es tan necesaria para los grupos humanos como el aire lo es para los pulmones y el sentido para la mente.

Pero la vivencia de identidad es algo que va con cada sujeto, es decir, no estamos continuamente pensando en ella, salvo cuando existe un contexto o un conflicto que favorece su emergencia porque alude o amenaza nuestra manera de sentir, decidir  y actuar. Volviendo al ejemplo anterior, nosotros no solemos pensar en la necesidad  de respirar  y solo lo hacemos cuando existe algún tipo de impedimento, real o imaginado, que nos dificulta dicha acción.

Probablemente los momentos actuales sean momentos de esta re-emergencia, en los que las identidades grupales cobran protagonismo en los más diversos ámbitos (sociales, culturales, políticos e ideológicos), un protagonismo que en no pocos casos adquiere un carácter de trauma social intergeneracional[4] (por ej. el conflicto con los refugiados), plagado de prejuicios hostiles y malignos.  


Marcel Cirera                                                                                       Julio 2017




[1] Con el concepto “grupo-grande”  me refiero a una idea de grupo, ya definida por varios autores desde diversas ópticas (Foulkes, Maré, Volkan, etc.), compuesto por gran cantidad de personas, que pueden ser miles o millones, que interaccionan de diversas maneras, como un todo,  en base a unos supuestos compartidos.  Es un constructo conceptual que permite observar un gran número de fenómenos sociales y políticos como la xenofobia, el racismo, los liderazgos sociales, lo nacional y diversos movimientos y comunidades sociales.
[2] De Maré, P.(1982) Koinonia. The International Journal of Therapeutic Communities, Vol. 3(2)
[3] Por invariancia entiendo, aquellos elementos del sistema anterior, que en un proceso de cambio, pueden ser reconocidos en el nuevo aunque no con un sentido de permanencia sino de transformación.
[4] Ver artículo: “Memoria y transmisión intergeneracional del trauma”. http://insightsneuromarketing.blogspot.com.es

sábado, 22 de julio de 2017

domingo, 30 de abril de 2017

Malos tiempos para la lírica


En estos tiempos convulsos es difícil evitar los vientos crispados que por doquier azotan las relaciones humanas y sociales. Son “Malos tiempos para la lírica”, como decía en su poema el poeta y dramaturgo alemán Bertold Brecht.

Son malos tiempos para la compasión y la tolerancia con el otro, con demasiada frecuencia vemos que brillan por su ausencia en todo tipo de ágoras sean políticas, sociales o mediáticas. Claro que cuando aludimos a unas relaciones fragmentadas, carenciadas y colmadas de incertidumbres estamos aludiendo también al sujeto en si-mismo, a cada uno de nosotros como contenedores de estos malestares.

Obviamente lo que acabo de decir va por barrios, unos sacudidos y otros aquietados, unos trémulos y otros impávidos, unos afectados y otros no en su vida cotidiana, por la desazón y la esperanza muchas veces perdida, en pos de un bienestar que permita una vida más confortable, honesta y lírica como la que refería Brecht. Los hay que lo sufren directamente en sus carnes, más o menos conscientemente, otros impregnados de un optimismo consumista y negador, muy al uso, sienten que no va con ellos y después están los que viven en su mundo feliz, que no son pocos, cuya moral se asemeja a la moral de la selva, la de los ganadores del sálvese quien pueda.

En los diversos países, sobre todo del mundo occidental dominante, parece como si reinaran unas sociedades desnortadas y miedosas en las que, en gran medida, suele prevalecer el desprecio, la ignorancia o la negligencia de las emociones y sentimientos más vinculatorios (generosidad, confianza, tolerancia, conocimiento, etc.), básicos para una buena convivencia democrática. En ellas domina la codicia (con sus diferentes variantes de corrupción política, etc.), el lucro a cualquier precio y el todo vale (en el atentado contra el equipo de futbol del Borussia Dortmund, las últimas investigaciones policiales indican que el fin del mismo era hacer bajar la cotización en bolsa de dicho equipo de futbol), actitudes basadas en el ataque y la hostilidad al diferente (el drama en el Mediterráneo es solo un ejemplo) y todo un conjunto de emociones primarias (ira, pánico) y sentimientos destructivos (envidia, odio, desprecio, etc.).

Y todo ello aderezado por unas determinadas políticas mediáticas cuyo único fin es el espectáculo (así se incrementan las audiencias) y ciertas retoricas falaces como la tan cacareada “post-verdad”, que no es más que la excrecencia de todo lo anterior.

En nuestras sociedades desintegradas y frágiles, ciertamente, existen movimientos de indignación y cambio (Occupy Wall Street ,15-M, la Nuit Debout, etc.), que intentan contrarrestar este estado de cosas y, de una forma o de otra, pueden representar la dignificación y esperanza de algo diferente a lo que parece ser hegemónico actualmente (Trump, “Brexit”, la Turquía de Erdogan, el voto desesperado a M. Le Pen, el auge de los movimientos de extrema derecha en Europa, etc.).

Pero de fondo en dichas sociedades, más allá de las situaciones fácticas (procesos de precarización social, crisis del Estado del Bienestar, etc.), parecen existir unos vacíos, unas pérdidas y una desorientación identitaria, tanto en lo individual como en los diversos colectivos sociales (instituciones como por ej. la CEE; partidos políticos históricos como en el caso francés; colectivos nacionales o países como los mismos USA), debido a las dificultades de construir identificaciones vinculatorias positivas o a lo sumo, como mal menor, mantener ciertas rutinas de antaño.

Esta labilidad social perturbadora, que afecta de manera transversal a los diversos agentes sociales, a conservadores y progresistas, genera inquietudes diversas y conductas, que van desde el desinterés por lo público-social hasta la rabia, el odio y el ataque más o menos violento, en las que prevalecen las actitudes maniacas, omnipotentes, con alarmantes déficits de empatía.

No deja de ser curioso, por decir algo, que las cuestiones políticas y sociales no hayan sido, ni sean todavía, objeto de estudio habitual desde el punto de vista de la mente humana y de desde lo relacional-grupal. En efecto, incluso desde las misma posiciones más críticas se siguen ignorando las dimensiones míticas y emocionales de lo político, dejando dichas visiones en el baúl de los trastos inútiles y centrando los debates en la supuesta practicidad de tal o cual medida política, legal, o acción  de poder.

Las conceptualizaciones que hacemos cotidianamente de una determinada acción o práctica, sea la que sea,  depende de nuestros sistemas conceptuales, de nuestros marcos mentales que responden a imaginarios diversos, sean o no dominantes (la corrupción en las filas del PP es pensada y sentida de manera totalmente diferente por sus políticos y votantes que, pongamos por caso, los políticos y votantes de Podemos).

G. Lakoff, uno de los pocos que ha dedicado numerosos trabajos, desde una óptica cognitiva, al estudio de dichos fenómenos en la política USA, considera a este respecto que “la política tiene que ver con la familia y con la moral, con el mito, con la metáfora y con la identificación emocional” . Y en este sentido razona que mientras se sigan ignorando dichas dimensiones no se entenderá “la naturaleza del proceso transformador que se ha adueñado de este país (USA), y no podrán, por tanto, revertirlo” [1]

Desde esta óptica, podemos considerar que las cuestiones identitarias son un eje central para entender las dinámicas sociales actuales.

En diversos ámbitos existen unos procesos, más o menos explícitos, de búsqueda identitaria o de lo que se supone son identidades perdidas, en lo individual y en lo colectivo, desde expresiones y fenómenos cotidianos como la identidad de género, la proliferación de la cultura del tatuaje, los marcajes psicopatológicos (TDAH, etc.), pasando por lo que representan las identificaciones con las marcas de objetos de consumo, hasta las apelaciones patrióticas de Trump, Putin, el Brexit, Escocia, el proceso soberanista catalán o la búsqueda del sujeto revolucionario por parte de los nuevos indignados. Claro que una cosa es el análisis y caracterización de dichos fenómenos identitarios y otra su valor ético. 

La identidad y los procesos identitarios, individuales o colectivos, no son algo secundario, ni irrelevante, ni una cuestión tan solo mística, como alguno puede pensar, son una cuestión de vida y existencia, una cuestión central para el individuo y los grupos humanos, pues en definitiva es como pensamos y sentimos el si-mismo.

El valor de la identidad tiene que ver con lo que de verdad, y en ultimo termino, nos puede sostener emocionalmente como personas, nuestro sentido y el quiénes somos. Tiene que ver con la dignidad (aquello que los campos de exterminio intentaron destruir) y con lo moral.

La identidad va íntimamente conectada con el sentido, con el sentido de uno o de un colectivo al que nos sentimos vinculados e identificados.

“Únicamente los hombre que permitían que se debilitara su interno sostén moral y espiritual caían víctimas de las influencias degenerantes del campo”, dice V. Frankl[2] cuando reflexiona sobre sus experiencias de vida en el campo de concentración de Theresienstadt.

A mi modo de ver, re-pensar la identidad hoy es una cuestión urgente, no es una cuestión solipsista es esencialmente una acción relacional, ya que la identidad de cada uno como sujeto y como grupo la construimos con los otros y a través de los otros (desde nuestra familia, en la infancia, hasta nuestras pertenencias posteriores), para poder edificar nuestras diferencias, lo más empáticas, compasivas y generosas posibles.

Otra cosa es que los tiempos actuales nos permitan, y nos permitamos, espacios para la lírica.


Marcel Cirera                                                                                   Abril 2017



[1] Lakoff, G. Política moral. Capitán Swing Libros, SL  2016
[2] Frankl, V. El hombre en busca de sentido. Herder, 2003