lunes, 12 de diciembre de 2016

Tatuajes, fitness, mascotas,...y smartphone



Cada época[i] representa una determinada forma de ver, pensar o sentir el si-mismo, la relación con los otros y los fenómenos y objetos circundantes.
Toda época es una convención, temporal e histórica, que refiere a unas conformaciones mentales prevalentes (dicho sea de paso, nuestra mente la construimos cotidianamente con la ininterrumpida interiorización de nuestras interacciones) con las que construimos nuestra manera de ver el mundo o, dicho en palabras de Lakoff, cada época supone unos marcos[ii] mentales, como si se trataran de un lenguaje compartido que nos permite comunicarnos y dar sentido a cada situación.
Entender o pensar el contexto y estos marcos es condición para pensarnos como sujetos y como colectivo.
Y es que, como sujetos relacionales que somos formamos parte, a veces conscientemente, de diversos ámbitos grupales (una familia, un país, unos sistemas de pertenencia orientados por nuestra conducta, etc.). En dichos ámbitos cabe distinguir lo explicito, denotado o descriptivo de los mismos (ej. el relato de quien compone mi familia, como es, que hace, etc.) de lo que pueden ser los ámbitos grupales-en-la-mente, es decir, lo que representan emocional y simbólicamente para nosotros (por ej. la familia puede representar para unos un refugio o para otros una cárcel).
Así, D. Tuckett[iii] utiliza el término de “Groupfeel”, para describir, en su caso, a los grupos operantes en el seno de los mercados financieros, en el sentido de un grupo de personas (puede ser un grupo virtual) que orientan sus pensamientos y acciones entre si sobre la base de un deseo poderoso y no plenamente consciente de no ser diferente y sentir lo mismo que el resto del grupo.
Por otra parte, a toda conducta y a todo objeto que nos rodea le podemos atribuir un carácter de signo o señal y a través de él representarnos aspectos simbólicos y emocionales propios, tanto en el ámbito individual como social, de forma que tales significados pueden adquirir una dimensión colectiva, incluso mítica, y representar elementos parciales del “espíritu de nuestro tiempo” (Zeitgeist), en un determinado momento y contexto.
Por todo ello, y tomando prestado el término utilizado por Tuckett, creo que podemos identificar en los comportamientos sociales actuales unos determinados groupfeel que representan claramente, entre otros muchos, el espíritu colectivo de nuestras sociedades occidentales.
Me referiré a algunos fenómenos sociales notoriamente actuales, que pueden ser pensados como groufeel, es decir, como grupos sociales que expresan ideas, conductas y aspiraciones compartidas, en gran medida no conscientes. Por ejemplo: el Groupfeel-tatuaje, el Groupfeel-fitness, el Groupfeel-mascota el Groupfeel-smartphone.
Si bien cada uno de ellos posee unos rasgos específicos, también comparte con los otros, rasgos de sentido que son transversales, propios de unos marcos mentales hegemónicos en nuestra época presente.   
Intentaré delimitar brevemente cada uno de ellos.
El Groupfeel-tatuaje parece cohesionarse sobre lo que sería el auto-marcaje de uno mismo, quizás como en otros lares uno marca sus ovejas o sus vacas.
Pero, a diferencia de vacas u ovejas, este auto-marcaje es una acción voluntaria que  identifica al sujeto, que da un cierto/incierto sentido de pertenencia y que se luce como adorno, con orgullo de ser.
Ciertamente, el tatuaje se ha dado, y no es nuevo, en diferentes contextos históricos, de manera que la decoración del propio cuerpo es como una función primaria de la vestimenta. Así, hay poblaciones primitivas que no se visten, pero no hay pueblos que no se adornen el cuerpo.
Con el sentido del adorno ponemos énfasis en la propia imagen corporal sea como signo de un reclamo sexual, de agresividad, de prestigio, etc. 
Pero también, los tatuajes representan, en parte, una extensión del propio Yo-corporal para significarse actualmente como “marca personal”. Es como si los signos que se inscriben en la piel tuvieran que exteriorizarse, que concretarse, en lugar de pensarse, en este límite del si-mismo que representa la propia piel, es decir, al no contenerse y elaborarse mentalmente se desplazan o expulsan encarnándose.
Paradójicamente, en una sociedad con unos niveles de desarrollo tecnológico asombroso, en todos los ámbitos, parece que necesita también artefactos ancestrales para poder comunicarse y expresar su si-mismo.
En la sociedad del rendimiento individualista se estima que uno tiene que distinguirse y diferenciarse para triunfar y no quedar excluido del mercado, como si la condición fuera la un marcaje narcisista y exhibicionista centrado en el cuerpo, o mejor dicho en determinadas zonas del propio cuerpo (cada uno con su propio sentido), que supone unas notables gratificaciones internas, para uno mismo, y unas gratificaciones externas, visibles.
El Groupfeel-fitness orienta sus acciones y tiene su eje visible en la “propia fachada”, aunque probablemente estemos ante unas actitudes y comportamientos diversos entre los que cabría distinguir ciertos marcos mentales específicos (per ej. referidos a las dietas y productos utilizados para “retocar” el cuerpo, etc.), aspectos que escapan a mi intención en el presente artículo.
El Groupfeel-fitness expresa un deseo de enaltecer el propio cuerpo, convertido en la máxima expresión del si-mismo, centrando su interés en el aspecto externo, como aquel disfraz obligado para poder participar en el baile de máscaras al que uno se siente invitado so pena de quedar fuera de la carrera para el triunfo social. Y como toda convención social, requiere de unos rituales imprescindibles (indumentaria, controles de esfuerzo, comidas, etc.).
Este fuerte deseo e interés por el aspecto externo esconde un narcisismo solitario y unas notables rivalidades en el plano de la comparación y apariencia.
Como en el cuento de los hermanos Grimm, “Blancanieves y los siete enanitos”, el lema del Groupfeel-fitness sería:“espejo, espejito mágico, ¿cuál es la más bella del reino?”
Por su parte, el Groupfeel-mascota responde al de un grupo (virtual) de personas, creciente en los últimos años, con las que nos topamos (a veces pisamos su prolongación) a diario. Por lo general, la mascota suele ser un perro, y más secundariamente un gato, aunque existe una amplia y variopinta oferta de animales, que en ocasiones parecen actuar como auténticos fetiches.
El deseo de posesión de la mascota no es ajeno a la soledad individualizada de nuestra sociedad liquida. En la mascota se encarnan unas relaciones de afecto, apego y atracción, que establecemos en nuestra mente con  dicho "objeto", a veces incluso como un objeto idealizado, con el que uno puede imaginarse que satisface un deseo vinculatorio profundo.
No parecen ajenos a todo ello los cambios de hábitos de las condiciones de habitabilidad y convivencia, como ilustra el dato de que “200.000 personas viven solas en Barcelona”[iv]
El Groupfeel-smartphone, tiene realmente las connotaciones de un grupo grande, casi en el mismo sentido que podríamos considerar un país, un grupo ideológico, etc. Este inmenso grupo de personas, que abarca muy amplios y diversos sectores de la sociedad actual (el 96% de los españoles[v] tienen un teléfono móvil y el 33% navega por la red con su Smartphone), es quizás uno de sus colectivos más representativos de los marcos culturales dominantes.
Sin lugar a dudas, en estos momentos, el smartphone es el objeto-símbolo, de consumo masivo, más emblemático de la cultura liquida-digital.
Este grupo amplio al que me refiero, el Groupfeel-smartphone, orienta sus actitudes y acciones y plasma sus sentimientos a través de este objeto-símbolo protésico, mental y corporal, que deviene casi imprescindible, como una parte de nosotros mismos. No por casualidad la nomofobia, abreviación del anglicismo No Mobile-Phone Phobia (fobia a no tener el teléfono móvil), es una de las fobias más relevantes, sobre todo en las generaciones jóvenes.
De tal forma dicho grupo se cohesiona virtualmente a través de diferentes rasgos que lo identifican y van construyendo unas formas específicas de comunicación y relación, diferentes del face to face, entre los que prevalecen:
         -    Diferentes formatos de comunicación, de diferente calidad e intensidad, que proporcionan diferentes soluciones comunicativas, supuestamente, con diferentes objetivos. Pero, no olvidemos que el significado de las palabras es sólo una parte de lo que comunicamos y la otra parte lo aporta todo lo que envuelve esa comunicación, desde el tono, la mirada hasta el entorno, que deducimos por inferencia.
         -    La disponibilidad total y a discreción (juego o no juego, respondo cuando quiero, puedo simular la ausencia y excluir a mi interlocutor, etc.).
         -    El manejo al instante de una inmensa cantidad de información (permite substituir otros canales de búsqueda, etc.).
         -    Su fácil usabilidad como una prolongación corpórea.
         -    A su vez, el efecto pantalla puede actuar como barrera defensiva y conllevar la mixtificación de lo sentido (p.ej. emoji). Quizás uno de los rasgos que se estén construyendo sea una dualidad, a la carta, de lo virtual y lo real, de un Self-online y un Self-offline.
         -    La posible estimulación sin fin y su cada vez mayor gratificación sensorial.
         -    La ilusión de pertenencia y vinculación con otros; etc.
Por lo que vemos, nos encontramos ante unas dinámicas relacionales, las del Groupfeel-smartphone, complejas y diversas, cuyas experiencias y efectos son, en parte, todavía desconocidos o difíciles de apreciar por su propio dinamismo acelerado.
Pero sí podemos conjeturar algunas cuestiones sobre el Groupfeel-smartphone como grupo (virtual) de personas, en el que:
         -    La dinámica de la experiencia emocional entre lo real y lo virtual, y su significado, condición de nuestros tiempos digitales, pone de relieve un correlato de presencia/ausencia, con las implicaciones y efectos que pueden conllevar (En un artículo[vi] sobre los operadores de guerra con aviones no tripulados -drones-, S. Western llama la atención sobre los efectos postraumáticos que pueden padecer, a diferencia de su supuesta inocuidad; “su ausencia de la zona de guerra puede hacer el asesinato más presente en ellos”)
         -    El estar pendiente continuamente y pasar tiempo y tiempo con los ojos fijados en la pantalla parece señalar una notable dependencia balsámica, como un espacio de confort emocional, que se siente y anhela como muy propio.    
         -    Parece existir una prevalencia de lo sensorial versus su metalización (lo que pone en cuestión el tipo de vínculo empático).
         -    La vivencia de inmediatez de la satisfacción o la fantasía de la misma y, por tanto, no tan solo no da lugar al aburrimiento, sino que puede no dejar espacio mental para su “digestión”.
         -    Se pone en juego una fantasía de “tenerlo-todo-a-mano”, a veces de manera omnipotente.
         -    Existiría una cierta regresión y unos sentimientos de pertenencia, casi fusionales, no plenamente conscientes, que parecen oscilar entre un funcionamiento grupal de “ser-uno” como grupo (one-ness) y un funcionamiento grupal de “mi-solo o ensimismamiento” (me-ness).
         -    “El exceso de información es peor que la escasez”, dice Bauman[vii] al referirse al marco actual. Probablemente este exceso que vivimos tenga relación con aquello de la tristeza de la saciedad (como aquel bajón que uno puede sentir después de un buen atracón de deliciosos manjares) y la no realización del deseo.
         -    En el seno del Groupfeel-smartphone se construyen unas actitudes o “unos nuevos tipos o roles de consumidores, más volubles, lábiles, fluidos, ávidos de cosas nuevas, etc. hijos del hiperconsumo y de Internet” [viii]. Pues sí, a mi entender, uno de los aspectos que caracteriza al el Groupfeel-smartphone es la facilidad con que fluctúa y oscila el interés y la atención hacia los otros y hacia los objetos.
Hasta aquí he intentado señalar algunas características relevantes de cada  Groupfeel en relación a su objeto vinculatorio.
Cada Groupfeel conlleva unos aspectos específicos o parciales que lo definen (obviamente uno puede pertenecer a varios) y a la vez cada grupo social es parte de un todo más amplio que representa el espíritu de nuestro tiempo.
Espíritu y cultura que se nutren de unos significados transversales, entre cada Groupfeel, que se sustentan y emergen de los diferentes objetos-signo y son construidos a través de las experiencias y relaciones.
Probablemente, como un fractal, la microhistoria que construimos con estos objetos vinculatorios cotidianos aporta mucho sentido, o al menos otra manera de mirar, para pensar los grandes fenómenos sociales que vivimos hoy en día, a más o menos distancia, desde el auge de la intolerancia y la aversión al diferente hasta los felices parques temáticos que la era Trump nos promete. 

    Marcel Cirera                                                                            Diciembre, 2016



[i] Época, en el sentido de un periodo de tiempo histórico, que puede incluir el presente, delimitado por unos acontecimientos que nos son significativos (culturales, tecnológicos, ambientales, etc.)
[ii] Lakoff, G. No Pienses en un Elefante, Madrid, 2007: Editorial Complutense.
[iii] Tuckett, D. Minding the markets, 2011, Palgrave Macmillan
[iv] http://www.ara.cat/data/viure-sol-barcelona_0_1677432435.html
[v] Estudio realizado por el Centro de Estudios Especializados en Trastornos de la Ansiedad
[vi] https://leadershipandcoachingpolemic.com/2015/07/03/drone-warfare-reveals-psychological-tensions-of-living-in-the-digital-age/
[vii] Z. Bauman, 2012, Entrevista

martes, 6 de septiembre de 2016

La insoportable levedad de la evaluación Cualitativa en el trabajo con profesionales de la Salud y sus Organizaciones


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La insoportable levedad de la evaluación Cualitativa en el trabajo con profesionales de la Salud y sus Organizaciones

Dr. Oriol Ramis Juan (Epirus Consultoría)


viernes, 2 de septiembre de 2016

Conjeturas sobre la necesaria reparación del vínculo grupal


Mirar y poner el acento en los vínculos grupales afectivos es a mi entender una necesidad más que urgente hoy en día, una necesidad para todos, pues, con frecuencia prevalecen tendencias a la desvinculación con el otro, encerrándonos en un reducto individualizante, para así, supuestamente, evitar malestares diversos, la incertidumbre actual y la aceleración cotidiana. A su vez, esta desvinculación nos nubla la vista con una ensoñación de comodidades y capacidades ilimitadas al abasto de la mano con un solo clic.

Decir que las dinámicas sociales, de todo tipo, afectan a nuestro bienestar como sujetos es casi una obviedad y a la vez algo demasiado negligido, o esto es lo que parece, cuando observamos ciertos fenómenos sociales muy actuales, como por ejemplo el populismo creciente (versión Trump, etc.), la xenofobia rampante de muchos europeos, o las recientes y desgraciadas migraciones y deportaciones de las personas “sin nada”, espejos del miedo y del estupor ante la barbarie diplomática.


¿Qué tipo/s de sujeto/s sociales se están construyendo con estos marcos y contextos?





La negligencia de lo vincular es una negligencia del reconocimiento del otro, del diferente, (negligencia de la solidaridad), una negligencia en absoluto ingenua o fortuita sino interesada y promovida por los poderes e instituciones reinantes, por sus estrategias políticas y de dominio, para mantener e incrementar las dosis de codicia y vanidad insaciables al precio que sea, con tal de que continúe danzando la lógica maniaca y destructiva del más y más beneficio.
  
Con demasiada frecuencia estas actitudes son legitimadas desde diversas posiciones políticas, económicas, científicas (ej. la moda de la causalidad genética, etc.) y convenientemente amplificadas por el ansia de espectacularización (¡Todo por la audiencia!) de ciertos medios de “comunicación” (mejor dicho, medios de propaganda directa o sutil), tanto en sus parrillas “informativas” como en las de “entretenimiento”.

Para ello una de las “armas” más utilizadas es la imposición, difusión y propagación del miedo, de políticas del miedo que se fundan en: el terror directo o amenazante (poder armamentístico, deportaciones, exclusiones, etc.); la promoción de la sumisión complaciente (estrategias de seducción narcisista y omnipotente, etc.); la capilarizacion social del miedo a través de los más diversos ámbitos (miedos alimentarios, miedos en el cuidado de la salud, etc.); y en consecuencia con el desarrollo de determinadas prácticas para mantener, supuestamente, una “calidad de vida” que nos hará sentir triunfantes y felices.
 
Por otra parte, dicha negligencia de las emociones y sentimientos más vinculatorios (confianza, placer-alegría, curiosidad, conocimiento, etc.)  parece encarnarse con fuerza renovada en el seno de la sociedad actual, o en gran parte de ella, a través de conductas resignadas, sumisas o de asunción, consiente o no, del sentido de aquello que nos han dicho con tanta insistencia: “There is no alternative” (M. Thatcher se refería al neoliberalismo en un sentido global).

Ante este panorama, que es sistémico, cabe preguntarse por las actitudes y conductas de las gentes, de las poblaciones que sufren, conllevan o asumen unas formas de “convivencia” destructivas, o cuando menos generadoras de malestar, aunque a veces la negación y las propias defensas nos hagan fantasear con algo distinto. No por casualidad constatamos, en nuestros entornos, un aumento disparatado del consumo de psicofármacos, entre otros tipos de consumos “anestesiantes”.

Distinguiré al respecto, grosso modo, tres grandes actitudes y conductas sociales, no como compartimentos estancos pues con frecuencia se solapan y conviven.

Una parte de la población asume y se hace suyas dichas políticas destructivas (lo corrupto, como sabemos, no es cosa de unos cuantos), identificándose directamente con el agresor o integrándose en él, en un esquema relacional que podemos calificar de sado-masoquista.

Otra parte de la población protesta y se rebela activamente (ej. 15M, primaveras árabes, etc.), elabora y articula alternativas que, aunque provisionalmente derrotadas, pueden ser germen de esperanza, solidaridad y de unos vínculos más humanos.

Por último, una gran mayoría convive, conlleva y colusiona con la negligencia vinculatoria, con la desvinculación y la ignorancia del otro (ej. gran parte de las poblaciones otorgan sus votos a políticos convictos y confesos de corrupción o simplemente embaucadores), pues las bambalinas de la aparente confortabilidad, la adaptación a los miedos sociales y la evitación de los sentimientos de exclusión son mucho más atractivos (en el sentido motivacional) que las dosis de sufrimiento que comporta todo cambio y la necesaria tolerancia de una espera madurativa y reparadora de lo que aún no es posible.

El ataque a las emociones vinculatorias, la interiorización (individual y grupal) de la negligencia de unos vínculos maduros e integradores (solidarios) y del consecuente malestar cotidiano, más o menos consciente, tiene unas consecuencias evidentes, justo al lado, observables con solo levantar la vista o abrir el periódico del día.

Así por ejemplo, las polémicas “cazas” de “burquinis” desatadas en la Francia[1] laica pueden representar, entre otros aspectos, la exclusión de lo diferente, la disociación del miedo y del malestar proyectados en un colectivo frágil.

El reciente pánico en Platja D’Aro[2], en forma de estampida callejera, generado por la tropelía de unos turistas euforizados, es como una clara interiorización de unos miedos persecutorios, convenientemente inoculados.

Y, ¿Qué decir de los apasionados seguidores del profeta-Trump? Parece que amplios y diversos grupos comparten una actitud mental, encarnada en la fascinación por Trump,  basada en el ataque, la hostilidad y en todo un cortejo de emociones primarias (ira, asco, miedo, pánico) y sentimientos destructivos (envidia, odio, desprecio, etc.) hacia los considerados “malos”, operando bajo una supuesta lógica del “ojo por ojo”.



En un reciente artículo[3] sobre Donald J. Trump, G. Lakoff decía, “La gente está enojada y él habla a su ira” . Es decir, Trump se dirige a aquella gran mayoría (con especificidad USA) a la que me refería anteriormente y lo expresa diciendo: “Estos son los hombres y mujeres olvidados de nuestro país. La gente que trabaja duro pero que ya no tiene voz. YO SOY VUESTRA VOZ” (las mayúsculas estaban en la versión impresa del discurso distribuida por la campaña de Trump)[4].

Este desprecio y ataque directo a las relaciones vinculares lo podemos visualizar dramáticamente en el fenómeno de los refugiados y excluidos, que huyendo de la miseria y la destrucción se les condena a un gueto físico y mental, donde el sufrimiento tiene unas claras consecuencias no solo en la vida presente de multitud de personas sino también en la futuras generaciones.

Esta situación tan actual, dramática y triste como la que más, traumatiza terriblemente la vida de hombres y mujeres, de familias enteras y, lo más grave aún, traumatiza a miles de niños, quizás de por vida, al afectar los primeros vínculos, básicos para su desarrollo emocional y social.

Entre otros aspectos, dicho ataque pone de relieve, al menos, tres consecuencias graves para los sujetos sufrientes: la creación del caldo de cultivo para la emergencia de emociones y sentimientos desestructurantes (resentimiento, odio, envidia, ira, desconfianza, desesperanza, etc.); la dificultad para la elaboración del duelo y su reparación (espejo de la desmemoria reciente de las democracias liberales y también de su incapacidad, o la de no pocos colectivos, para elaborar sus propios traumas, como son los millones de muertos en los campos nazis, el genocidio y olvido pertinaz del franquismo y sus herederos, etc.); y por último, la pervivencia y transmisión intergeneracional de los traumas, aspecto éste cada vez más conocido[5].

Quiero insistir en la dimensión o visión grupal de todo lo anterior. Hoy sabemos bien que cada uno de nosotros, como sujetos individuales, nos construimos en un marco relacional, grupal, ambiental-cultural, es decir, los vínculos con los otros y el grupo son “locus nascendi del sujeto” (J. Moreno), son “matriz modeladora del psiquismo” (Foulkes). El grupo es instituyente del sujeto y a la vez éste es instituyente del grupo. El grupo o los grupos son instancias de mediación, articulación y vínculo entre lo social y el sujeto, espacios de construcción de necesidades, fantasías, tareas conscientes e inconscientes.

En este sentido, para que las estrategias destructivas de los mejores vínculos sociales aparezcan y se desarrollen como repetición, necesitan de un contexto favorable que, a mi modo de ver, J.L. Tizón caracteriza muy acertadamente como Organización social (psicopatológica) perversa.

Dice Tizón[6]: “la importancia del fetichismo, de las diversas formas exageradas de agresión intraespecífica, la defensa ideológica que se hace (con nuestros fondos) de esos ‘excelentes sistemas políticos’ y ‘formas de transición’, las capacidades de ‘entrar en la mente’ y (el cuerpo) del otro con placer o fruición en esa entrada no aceptada, la elección incluso como presidentes de los países más poderosos de la Tierra de dos espías o directivos de espías (Bush y Putin), ¿qué otra cosa pueden hacernos pensar sino en la organización perversa de la relación? Que es una defensa contra la psicosis, no lo olvidemos. Como las defensas obsesivas, desde luego. Pero una defensa bastante primitiva, parcial y peligrosa para el desarrollo del individuo y de la especie. El control perverso como defensa contra la persecución y el caos...”

Y continua diciendo: “Solo así puede explicarse la baja capacidad de reacción de las poblaciones europeas...el miedo está anidado profundamente en nuestras relaciones personales, sociales y, por supuesto, ha troquelado nuestro sistema nervioso, produciendo incluso límites biológicos para el uso de la libertad (que siempre significa afrontar el miedo). Todo ello no puede aguantarse si no es en un medio social muy dominado también por la perversión o el terror psicótico.”

Como decía anteriormente, la construcción del sujeto y sus vínculos se realiza a través del espacio grupal (desde los pequeños grupos, como la familia, a los grandes grupos, incluido los grandes colectivos sociales de todo tipo), en un sin fin de interacciones e introyecciones que nos constituyen como sujetos sociales y que conforman culturas y mentalidades grupales, de diferente nivel, naturaleza o tamaño. En dichas interacciones las dinámicas inconscientes suelen ser prevalentes, incluso cuando pueda parecer que están estructuradas con unas lógicas o discursos racionales (ej. un partido político, una institución, etc.). Otra cosa es la dificultad que tenemos de mirar desde una visión grupal o reconocernos como sujetos portadores de lo grupal (fantasías, ilusiones, etc.).

Así, en todo espacio grupal se conforma un estado mental homogéneo y compartido, generado a través de las identificaciones proyectivas mutuas, de donde emerge una adhesión inconsciente a las fantasías y mitos propios de cada grupo. De tal forma, en la vida de cada grupo existe una experiencia emocional, primaria, universal e inconsciente, que se contrapone o correlaciona con el objetivo o tarea que dicho grupo se propone llevar a término (estas diferentes dinámicas del grupo, Bion[7] las teorizó como “Grupo de Supuesto Básico”  y “Grupo de Trabajo”).

Todo ello hasta hace poco eran conjeturas, constructos o teorías psicológicas (no por ello menos científicas, si lo miramos desde la óptica de las teorías de los sistemas complejos y no lineales) basadas en la clínica y la experiencia, pero en los últimos años, desde la óptica de la experimentación neurocientifica, se constata también que por ej. los conflictos sociales pueden ser desencadenantes de traumas no solo mentales sino somáticos y que la simple interacción con lo externo modifica nuestra estructura y funcionalismo cerebral.

Me refiero, por ejemplo, a investigaciones que correlacionan las carencias y traumas sociales y determinadas afectaciones  de la corteza cerebral (Hubel, 1967); trabajos que evidencian que el desarrollo cortical es extremadamente sensible a los estímulos externos (MIT, 2002); o los estudios sobre la plasticidad neuronal y la memoria (Kandel, 2005).

En este sentido podemos pensar el amplio abasto que tienen y tendrán, sobre los sujetos, los vínculos y los grupos sociales respectivos,  la masacres y genocidio del pueblo sirio o la duradera catástrofe de los refugiados y deportados que deambulan por Europa, en cuanto a los efectos traumáticos (físicos y mentales) presentes y los transmitidos entre generaciones.

Probablemente, como sabemos por la experiencia de “nuestra Guerra Civil” u otras experiencias, entre los refugiados y deportados se instalara como grupo, o mejor dicho se instituirá, lo que V. Volkan denomina como “trauma escogido” ( y consecuentes duelos paranoides, negaciones, etc.), repetido generación tras generación, porque las ansiedades persecutorias habrán invadido la vida mental y la vida social (Tizón, 2013), si no somos (cuestión sistémica) capaces de elaborar y reparar este trauma y duelo colectivo.

Por último, a modo de conjeturación, entiendo que en las actuales sociedades tardocapitalistas, “liquidas” y consumistas, parecen existir, ostensiblemente, unas potentes dinámicas inconscientes grupales que oscilan entre unos comportamientos ensimismados y unos comportamientos fusionales (E. Hopper, 2003, hablaba de Incohesión/masificación), entre otros dinamismos ya señalados.

El comportamiento “ensimismado”, se trataría de un narcisismo social, aparentemente no-grupal, asociado a un complejo fantasioso y defensivo, que ante las ansiedades y turbulencias intolerables los sujetos se encapsularían en sí mismos. Pensemos por ejemplo en los muchos sujetos que deambulan por nuestras calles adheridos protésicamente a un smartphone, o mejor, la escena reconocible de una pareja sentados cara a cara embelesados con su respectiva “cosita”; situaciones de shopping en un centro comercial, como ocio de un sábado por la tarde; probablemente parte de los actos de consumo actuales y su voracidad implícita (intensas motivaciones de incorporación, posesión, etc.), también lo ilustren ( F. Dogana,1980, lo denominaba “perversión consumidora”); etc.
   
El comportamiento “fusional”, sería un estado mental de narcisismo fusional en el que fantasiosamente uno formaría parte, pasivamente, de un todo idealizado, omnipotente y carismático. Por ejemplo, hemos visto que Trump apelaba a los olvidados, mayoría silenciosa, diciendo “Yo soy vuestra voz”; esta dinámica “fusional” podemos verla también en el seguidismo ciego y mortífero de los yihadistas y paradójicamente en ciertos grupos (extremas y nuevas derechas europeas, etc.) que los combaten; podemos encontrar elementos de respuesta “fusional” en los automatismos movilizados por la introyección masiva del miedo; etc.

Ambas dinámicas tienen en común, en mayor o menor intensidad, la elusión del pensamiento y la merma de las capacidades elaborativas, junto a una regresión grupal y reacciones de negación, disociación y proyección. Así, ante las catástrofes sociales actuales y situaciones vividas como amenazantes y perturbadoras, ante la incertidumbre, desasosiego y aceleración cotidianas estas dinámicas mentales actúan como acomodación defensiva y negligente, oscilando de una a otra posición y vinculando a los sujetos y grupos a la repetición y no-cambio. Como ya he señalado, estos estados mentales grupales se intercalan con otros, que obvio comentar.

En las sociedades actuales es como si necesitáramos activar continuamente nuestros sistemas defensivos, individuales y grupales. En esta línea, Z. Bauman[8] señala que nuestra sociedad siendo la más segura de todos los tiempos (sistemas de seguridad de todo tipo, leyes, cárceles llenas, etc.) también es la más miedosa y U. Beck[9] la caracteriza como sociedad de los riesgos.

En fin, si el sistema de vida actual (creación colectiva y sistémica, ¡no lo olvidemos!) ataca, cuando no destruye, los vínculos afectivos básicos y otros vínculos de carácter positivo, imponiendo a su vez su poder, sus crisis, sus guerras y malestares de todo tipo, queda por ver, sobre todo en lo vincular-grupal, hasta dónde puede llegar nuestra capacidad de resistencia y compromiso con el pensamiento, la reparación emocional y la solidaridad.

   
Marcel Cirera                                                                              Agosto, 2016   




[1] El día 26.8.18 la justicia francesa suspende la prohibición del burkini, http://www.lavanguardia.com/internacional/20160826/404209624500/justicia-francesa-suspende-prohibicion-burkini.html , pero ciertos municipios y parte de la sociedad francesa desoyen la prohibición.
[5] Me he referido a ello en el artículo “Memoria y transmisión intergeneracional del trauma”, http://insightsneuromarketing.blogspot.com.es/2016/08/memoria-y-transmision-intergeneracional.html
[6] J.L. Tizón, La insoportable venalidad del mal. Temas de psicoanálisis, Núm. 6 Julio 2013 y “Psicopatología del poder”, Herder Editorial, 2015
[7] Bion, W.R. “Experiencias en grupos”, Paidós 1980
[8] Bauman, Z. “Miedo liquido”, Paidós, 2007
[9] Beck, U. “La sociedad del riesgo”, Paidós 1998



miércoles, 9 de diciembre de 2015

Mirar más allá del más acá

Conocimiento y autoridad del investigador hoy



Otear el horizonte, mirar más allá de nuestras propias narices, es una necesidad de la propia especie. Creo que fue Tierno Galván que en una ocasión se refería a esta cuestión hablando de los comportamientos de las gallinas. Decía Tierno, unas, las de granja avícola, al estar sometidas a unas determinadas condiciones de temperatura, luz y alimentación picotean sin parar con la cabeza gacha; Otras, las campestres o de hábitats rurales (pocas deben quedar), picotean el maíz y levantan la cabeza.

Actualmente ante la celeridad y vorágine de la vida cotidiana, este levantar la cabeza, a pesar de que pueda resultar incómodo o incluso un incordio, no solo continúa siendo necesario sino que se ha hecho imprescindible para vivir dignamente frente a la anomia y a los torbellinos de confusión e incertidumbre que impregnan nuestras sociedades.

Por descontado, en el ámbito profesional deberíamos levantar la cabeza con más frecuencia, sobre todo los que nos dedicamos al estudio de los comportamientos sociales, para los que la reflexión sobre las propias prácticas y la responsividad autorreflexiva es, a mi entender, una condición. Por razones más o menos obvias, o quizás no tan obvias, en el ámbito del marketing y de la investigación de mercados sería bueno que tomáramos en consideración, más a menudo, aquel ejemplo de Tierno Galván.

Pues bien, en este sentido me propongo centrar la mirada sobre la función del investigador, sobre la influencia de su posición y rol, sus conocimientos y enfoques, asumidos o no, en sus prácticas concretas y en los resultados de su tarea. En concreto me referiré a la función del investigador de mercados, al investigador que estudia los comportamientos y relaciones de consumo en las sociedades actuales, más o menos desarrolladas, y más específicamente al investigador cualitativo.

En todo proceso de investigación, sea del tipo que sea, creo que podemos afirmar que el desempeño y la labor del investigador es un elemento básico en la tarea de conocer y entender. Esta labor y posición del investigador es considerada de maneras muy diversas, incluso contrapuestas, según el enfoque y visión que se tenga del propio investigador y del sistema en el que está inmerso.

La diversidad de enfoques conlleva a su vez unas elecciones también diversas: sobre la propia tarea, sobre la utilización de las técnicas de estudio, sobre la relación con el objeto-sujeto estudiado y en definitiva sobre la mirada y la forma de entender un fenómeno determinado.

Dicha diversidad de enfoques se expresa, sobre todo en el ámbito académico y teórico, a través de una notable variedad de escuelas de pensamiento o adscripciones teórico –metodológicas.  Así en el ámbito cualitativo nos encontramos con: la Teoría Fundamentada, el Interaccionismo Simbólico, el modelo Genético-Estructural, el Fenomenológico, el Etnometodológico, el modelo Etnográfico -naturalista, el modelo Motivacional, el Socioanálisis, entre otros. En el enfoque cuantitativo dominan los métodos más propios del modelo Racionalista-Científico. Más o menos complementarios o contrapuestos cada enfoque ha resaltado su significado o se ha estructurado en base a una forma específica de entender el acto investigativo.

Esta variedad de enfoques y prácticas se puede relacionar con diferentes momentos históricos, aunque se superponen y operan simultáneamente en el presente con sus tensiones y contradicciones. Esta pluralidad teórico -metodológica se ha categorizado de diferentes formas, por ej.: desde un punto de vista histórico (Vidichi y Lyman, Denzin y Lincoln, etc.), por sus atributos y características (Taylor, Ibáñez, etc.), que no dejan de ser construcciones a partir de unos enfoques o paradigmas específicos.

Asumiendo el riesgo de simplificar  podemos decir que desde una óptica epistemológica nos encontramos con dos grandes enfoques, que se corresponden con la polaridad de dos grandes paradigmas (con todas sus variantes): el paradigma positivista (cuya base esta en los métodos de las ciencias naturales)  y el paradigma hermenéutico (teoría y práctica de la interpretación y del sentido a partir de la experiencia simbólica e histórica), entre los cuales también existen diferentes visiones sobre la posición del investigador y el mismo proceso de investigación.

En las rutinas y celeridades cotidianas de cualquier estudio de mercado todo acto de investigación se quiera o no, se sepa o no, y aunque se suponga estar al margen de dichas conceptualizaciones, no podemos evitar que nuestras prácticas como investigadores no estén exentas de algún pre-supuesto teórico o conceptual, sea el que sea. La ingenuidad, una supuesta neutralidad o la negligencia de lo anterior, no nos eximen de estar impregnados de unas formas específicas de entender e interaccionar en el proceso de investigación.

El investigador participa de una cultura y unos paradigmas dominantes, de unas creencias y de unos valores, que legitiman o sancionan unos conocimientos, ideas y verdades en un contexto determinado.

Desde el inicio de la revolución científica en el s.XVII hasta la actualidad, en la cultura occidental ha predominado una visión del mundo y una compresión del propio sujeto basada en el racionalismo, el objetivismo y cientifismo.

Cierto es que durante todo este tiempo, en el mundo de las ideas, han habido visiones discrepantes y contraposiciones ante esta visión dominante, pero desde hace unas décadas hasta hoy parece existir un cierto renacimiento del cientifismo a través de algunas versiones neurocientificas (por no citar las caricaturas de algunos apóstoles del neuromarketing), que ahondan en el reduccionismo y pugnan en aras de una sola forma de legitimación del conocimiento, la científico- experimental, en parte quizás, por la aparición en su momento de un pensamiento “postmoderno” que lo cuestionaba.

Con todo ello, si la mejor denominación para el tipo de conocimiento generado por un investigador social es la de ciencia, ciencia social o hermenéutica es, a mi entender, mucho menos importante que poder apreciar la naturaleza de este conocimiento, su legitimidad y autoridad.

Debido a una complejidad de factores, en los últimos tiempos (en paralelo a la hegemonía de las políticas neoliberales), hemos visto como en el ámbito de la investigación de mercados  se ha impuesto de forma progresiva, capilar y sutil una visión racionalista y objetivista, considerada como la forma “normal de hacer investigación”, con unas prácticas descriptivas e impregnadas de literalidad, a lo sumo con alguna guinda cognitiva, donde el ser humano, que requiere de sistemas de significados, de historia y motivación para construir el mundo, es reducido al dato y al cliché.

Ello apela directamente al rol del propio investigador que se convierte en un “registrador” de “hechos”, ya que los “datos” se “recolectan” y “cazan” o se “fotografían” de lo “dicho” por los “informantes” (más adelante volveré sobre ello). Así, no es de extrañar que los gestores de marketing y los clientes demandantes de estudios ocupen con interés las llamadas salas de visionado, ya que es a ellos a quien se está desplazando el acto interpretativo y el conferir sentido, que deben acoger por su responsabilidad como gestores, a parte de otras consideraciones.

Si bien, como decía más arriba, todo lo anterior no es nuevo, la pérdida y empobrecimiento del rol del investigador se ve reforzada en estos tiempos de autoridades[1] deslegitimadas y gestión cínica de los cuidados. Actualmente prácticamente todas las autoridades han sido atacadas y cuestionadas y por tanto lo que era normativo y adaptativo en otros tiempos no lo es ahora, es decir, en un contexto de ataque a la autoridad cambia la relación con esta. La autoridad del rol del investigador, que es cambiante y contextual, se ve afectada por ello.

Más allá del más acá de estas visiones dominantes y de las barricadas del objetivismo ficticio coexisten actitudes y posiciones capaces de tolerar la incertidumbre actual, entusiasmarse con la curiosidad ante lo desconocido y explorar en la diversidad teórico -metodológica complementariedades interpretativas que superen la idea de la única verdad objetiva.

Y todo ello tanto en el ámbito de la propia investigación como fuera de dicha comunidad, también en las más diversas áreas del conocimiento (desde pensadores sociales como Z. Bauman, pasando por neurocientificos como J. Panksepp, M. Solms, E. Kandel hasta psicoanalistas de los grandes grupos como V. Volkan), que nutren nuestras elecciones y labor como investigadores sociales y de mercado.

Ante esta situación, ¿Que puede enriquecer (en el sentido de augere[2]) el rol del investigador actual?, ¿Que puede significar hoy su conocimiento y autoridad?

Sin ánimo de ofrecer ninguna receta, o norma a seguir para el éxito, paso a conjeturar algunos aspectos que, a mi entender, pueden resignificar dicho rol, con la intención de estar más disponibles y abiertos en la co-construcción de sentido con los otros elementos implicados (demandantes, clientes, sujetos sociales o consumidores).

-  Como cuestión preliminar, al pensar sobre la función del investigador creo que es interesante pensar en términos de rol, o persona en rol, en el sentido de la idea en la mente que vamos construyendo para gestionar lo que hacemos en relación a los requisitos de la situación y sistema en el que uno se encuentra.

Así en el campo de la investigación interactuamos en la construcción de sentido a través de una triada: el sistema o “mente del mercado” (sector o lo que sea), el sistema cliente (con sus complejidades, subsistemas, expectativas e intereses) y el investigador en rol (perteneciente o no a una institución), con sus stakeholders (proveedores de campo, etc.).

Este constructo entiendo que nos puede permitir gestionar mejor nuestra tarea y sobre todo las propias fronteras (de rol, de tarea, etc.), sin las cuales no es posible el ejercicio de la autoridad como investigadores.

-  El investigador es un observador que interactúa (sea en un grupo, una entrevista, etc.), un observador que modifica el objeto observado, se quiera o no, y por tanto afecta y es afectado (¡alguna psicopatología tendría si no lo fuera!) por los sujetos investigados. Reconocer esto es básico para la interpretación y el análisis.

Por tanto, la dimensión subjetiva no solo no debe evitarse, sino que es una condición del conocimiento social, que realizamos cognitivamente y principalmente con nuestros sentimientos, emociones y experiencias vividas.

Nosotros solo podemos conocer, no al otro, sino la relación con el otro. La moderna física cuántica (Heinseberg y el principio de indeterminación, etc.), la filosofía de la ciencia (Kuhn, etc.) y otras disciplinas nos permiten decir que el conocimiento es un proceso dinámico con el otro, resultado de la relación entre el observador-investigador, lo observado y el contexto de observación.

-  “El mapa no es el territorio”, “Ni los números, ni las palabras son los hechos o la cosa”. En el campo de los estudios de mercado no estudiamos cosas (productos, servicios), registrables como datos, sino que estudiamos las relaciones de los sujetos con los objetos (su interiorización, sus identificaciones, sus elecciones y decisiones, etc.) a través de un proceso que a la vez es interactivo e intersubjetivo.

-  De aquí que el conocimiento, como acción que es, es un proceso constructivo de sentido. Decía Epicteto “No son las cosas las que turban a los hombres, sino la idea que se hacen de ellas”. En el mismo sentido Nietzsche argumentaba “No hay hechos, solo interpretaciones”. Al respecto F. Borgogno[3]  considera que “la observación no puede ser considerada como un mero registro de estímulos externos, sino como una verdadera creación, nacida del encuentro entre quien observa y su objeto de estudio”.

El material con el que el investigador está trabajando puede que nunca sea más que la construcción que el investigador hace de la construcción que hace el sujeto/s estudiado de su propio punto de vista.

Desde esta visión entiendo que el proceso constructivo de sentido, en el ámbito de los estudios de mercado, se realiza o mejor dicho debería realizarse tomando en consideración la interacción triangular citada más arriba (investigador-mercado-cliente) a partir del respeto a las fronteras de tarea y rol y a la autoridad de cada cual. La condición de experto del investigador se basa en su comprensión del proceso, lo que ocurre cuando una persona (o grupo) empieza a expresar la propia experiencia y a reflexionar sobre ella en presencia de un oyente entrenado, en un contexto o encuadre altamente estructurado.

- El proceso interpretativo y de co-construcción de sentido se hace a partir de los propios pre-supuestos. Aquí podrimos decir aquello de que si tu no decides decidirá otro por ti. Es decir, todos hemos realizado un determinado aprendizaje, hemos interiorizado unas maneras de comportarnos, y más o menos nos identificamos, consciente o inconscientemente, con unos determinados paradigmas, visiones, y valores y estamos vinculados a la cultura existente.

Es con todo ello, con la mochila lo mejor colocada posible, que emprendemos el viaje de la interpretación. Así pues, podemos decir que todas nuestras formas de comprensión se apoyan en perspectivas.

Puede servir quizá de ejemplo el variado uso que hacemos de los pre-supuestos o perspectivas si vemos la diversidad de denominaciones con las que apelamos al investigador en su acción técnica en un grupo: monitor (“nos guía”), moderador (¡ojo al gallinero!), facilitador, preceptor (J. Ibáñez), prescriptor, dinamizador, conductor, animador, entrevistador de grupo, etc.

-  Por último, volviendo al rol del investigador, en su acción técnica puede actuar de manera empática, contenedora, con sostenimiento o más intencionalmente neutral, actitudes que en todo caso habrá que regular según el momento y la situación, pero siempre actúa participando.

El objetivo no es eludir la influencia, sino continuamente deconstruir o reflexionar sobre ella, con franqueza y autenticidad (aug-, en su sentido más etimológico[4]), a través de la autorreflexión sobre la transferencia y la contratransferencia, fundamentales en el proceso analítico-interpretativo.


Como continuidad a estas reflexiones generales sobre los marcos y posiciones del investigador entiendo que sería conveniente desarrollarlas también (lo dejo para otro momento) sobre el rol del investigador en relación a las prácticas investigativas concretas (Observación, grupos, entrevistas, etc.), para intentar salir de rutinas y estereotipos, para repensar y redefinir la naturaleza de su conocimiento y autoridad hoy.

En definitiva, estas breves consideraciones aforísticas, sentidas y basadas en la experiencia, no pretenden cerrar o estandarizar una posición, sino que las planteo como posibles caminos a explorar en el marco profesional y en nuestra práctica diaria, necesariamente autorreflexiva, pues en cada momento nos estamos confrontando con ellas, tanto en nuestras tareas concretas como en relación a lo cambiante del contexto.

Investigar supone elegir en la incertidumbre. Es obvio que existen tentativas de rodearnos de certezas, de lo que debemos hacer, de teorías o prácticas interiorizadas como normas a seguir, pero ello es un flaco favor a la comprensión de un acto interactivo y cambiante como es todo proceso de investigación.

Los pre-supuestos que todos tenemos no los podemos ignorar como si no existieran, no los podemos negar, de nada sirve la supuesta neutralidad del investigador, sino todo lo contrario, conviene utilizarlos como aspectos que forman parte del proceso y del acto del investigar.

Asumir que desde el inicio hasta el final, desde la elección del objeto de estudio hasta el acto interpretativo y la devolución, estamos decidiendo sobre el proceso de construcción de sentido es una condición ineludible, es más, la decisión la tomamos como sujetos con toda nuestra experiencia y conocimientos saturados de significados culturales.




Marcel Cirera                                                                                    Diciembre 2015
Director

METAFORO                                                                        
Action Research




[1] Me refiero a la autoridad en el sentido de “rol de agente”, con capacidad generativa y de originación, con derecho a crear, que se corresponde y abre la posibilidad a la capacidad de empoderamiento. En su sentido etimológico derivado de la raíz latina aug y augere, que significa expandir, incrementar, que con el tiempo dieron derivados como autor, autorizar y autoridad. También autenticidad (“el que tiene autoridad”). J. Corominas, Diccionario etimológico de la lengua castellana. Gredos.
[2] Ver referencia 1
[3] Franco Borgogno, L’illusione di osservare, Laterza, Roma-Bari 2005
[4] Ver referencia 1