miércoles, 4 de marzo de 2015

El pensamiento positivo: un pensamiento sin pensador


" Todo se soporta en esta vida/ menos una sucesión de buenos días" (Goethe)

Un fantasma angelical recorre el mundo: el pensamiento positivo. Una pléyade de profetas (coaches, trainers y consultores variados) anuncia por doquier su poder salvífico.

Nacido hace ya bastante tiempo en la América profunda (USA), de la mano de unos predicadores e impregnado del puritanismo calvinista, hoy señorea a sus anchas por los más diversos confines de la tierra, profesiones y actividades diversas, con el objetivo de lubricar los males contemporáneos de las gentes y ofrecer caminos de éxito y felicidad.

¿Pensamiento positivo?, suena casi a oxímoron. Pero, vayamos por partes.

Recuerdo una conocida anécdota en la que Van Gaal, entrenador del Barça, dijo en una rueda de prensa, dirigiéndose a unos periodistas a los que recriminaba crear mal ambiente en el club: “tu interpretación siempre negativa, nunca positiva” (pronunciado al estilo neerlandés, la “v” suena como una “f”). Casi suficiente para entender lo malo y lo bueno. Si lo pensamos de nosotros mismos (¿soy positivo o negativo?), parece claro lo que tenderemos a responder.

Los sinónimos de “positivo” no dejan lugar a dudas: afirmativo, cierto, verdadero, inequívoco, bueno, optimista, efectivo, practico, pragmático, etc. El adjetivo “positivo”, sería como una metáfora “muerta” (los lingüistas me corregirán) que conceptualmente puede organizarse por metáforas orientacionales como por ej. arriba/abajo y derecha/ izquierda, con lo que lo “positivo” es “arriba” y lo “negativo” es “abajo”; lo “positivo” es “derecha” y lo “negativo” es “izquierda”.

Y más allá, asociativamente, podemos pensar que “lo positivo” es lo “feliz”, lo “bueno”, lo “racional”, la “virtud”, etc. El campo semántico de lo “positivo” está labrado hace tiempo.

El “pensamiento” es un proceso complejo en sus diversas dimensiones. El pensamiento como fenómeno mental probablemente supone la fluctuación y oscilación entre estados mentales de disgregación o dispersión y de integración (esta sería la matriz del pensar en la epistemología de Bion). Supone la ausencia o un “vacío” que es necesario tolerar y contener. En su origen el pensar, según él, tendría que ver con la capacidad del reverie materno para recibir y transformar la identificación proyectiva comunicativa del bebe. El desarrollo del pensamiento seria análogo al proceso “digestivo”, un proceso capaz de conjugar la expectativa de una satisfacción y la tolerancia a la frustración o ausencia de la misma, lo que daría paso a una emergencia del símbolo.

Esta visión sobre el pensamiento, parece claro que poco tiene que ver con lo que pregonan los apóstoles del pensamiento positivo, que más bien sería una papilla fácilmente digerible y excretable, como un mensaje a lo Prozac, mágico, bueno,  commodity ataráxico para  tiempos turbulentos.

Más allá de sus términos (“pensamiento” y “positivo”), veamos qué es lo que se enuncia y pretende transmitir con el concepto pensamiento positivo, pues a pesar de su notable extensión y aplicación en muy diferentes ámbitos (encontrar pareja, adelgazarse, enfrentarse con una enfermedad, maneras de hacerse rico, gestionar adecuadamente una empresa, ser un buen líder, etc.) podemos conjeturar unos significados y efectos comunes en el uso de dicho concepto.

Cuando se dice, “Hay que ser positivo”, y variantes de lo mismo, es una apelación a la idea de ser optimista y que siendo optimista, y por tanto positivo o pensando en positivo, tendrás resultados también positivos (sea en salud, éxito o prosperidad) y viceversa. Estos enunciados se repiten hasta la saciedad por parte de coaches y libros de autoayuda, de la misma manera que la repetición de dichos enunciados por parte de uno mismo es una de las prescripciones de los expertos, y si es necesario ayudándose de variadas técnicas de “relajación”. Una de las frases atribuidas a Dale Carnegie (clásico inspirador del pensamiento positivo y autor del, todavía hoy, superventas “Como ganar amigos e influir sobre las personas”) decía “Better and better every day”.

Sin duda, parece que esta manera de hacer es bienvenida y aceptada aunque sea un camino del “más de lo mismo”, si no triunfas o no consigues tu objetivo la respuesta es persistir o que no te has aplicado lo suficiente y debes seguir y seguir. Pero es que además el pensamiento positivo, en sus diversas y variadas expresiones, plantea la paradoja de ser optimista, ser feliz, o lo que sea, a través de una obligación en la cual uno está atrapado, con la consecuencia de que el no lograrlo comporta un sentimiento de culpa por no estar a la altura o no saber. En el fondo es una pedagogía con el tufillo del duro puritanismo (tu obligación tiene que agradarte), eso sí, bajo un manto cosmético que abona el simulacro.

¿Qué pasa si tengo pensamientos negativos? Pues las recetas, más o menos adornadas, consisten en reprimir y bloquear el malestar, negar los sentimientos. Ya sabemos que pasa cuando esto sucede, que vuelve a aparecer lo mismo bajo otra forma y no sería nada extraño que ese malestar negado se encarnara en el propio cuerpo.

En consecuencia la negación y disociación de la experiencia emocional y la no tolerancia a la frustración imposibilita la emergencia del sentido, de ahí que el pensamiento positivo se funde en un tipo de pensar- sin- pensamiento, es decir, una especie de rigidez del mundo representativo o una puesta en acto de lo perceptivo sin proceso de mentalización. Este es el sentido del pensamiento positivo como oxímoron.

En diferentes eventos, grupos de autoayuda o conferencias de gurús del pensamiento positivo, en su éxtasis se llega a afirmar que “hay que evitar a las personas negativas” y obviamente relacionarse con las que son como tú deberías ser, positivas.

“Evitar a las personas negativas” es como decir “El infierno son los otros” (acto final de la obra teatral de J.P. Sartre, “A puerta cerrada”), bonito colofón sobre como el pensamiento positivo entiende la empatía y a la vez un claro ejemplo de pensamiento esquizoide.

Podríamos seguir con la infinidad de recetas propias de esta manera de entender las cosas, pero todas repiten y dan vueltas sobre lo dicho, como una especie de pensamiento “zombi” (seres sin alma, cuyo destino es tragar y tragar).

En definitiva, el pensamiento positivo apelando a una cosmetización de las experiencias, al simulacro y al imperativo del más y más deviene una buena pócima, unas veces mágica y otras arropadas en cierto cientifismo, para soportar aparentemente los ritmos trepidantes, acelerados y voraces del consumismo líquido.

Sería bueno para nuestro goce y salud mental despertarnos de este sueño terrorífico que es el pensamiento positivo.


Marcel Cirera                                                                                             Febrero 2015


lunes, 1 de septiembre de 2014

Desde el Ébola hasta la meteorología


Probablemente, en unos días o semanas, el virus del Ébola ya no será cabecera de las portadas de los periódicos o noticia de los prime time televisivos. Aunque quizás algunos profetas de los miedos tengan la ocurrencia de relacionarlo con las “pateras invasoras”, con las que los murciélagos (se supone que vehículos transmisores del Ébola) encarnados -vampíricos- perturbarán la “pax” y placidez europea (por no hablar de otras latitudes), para así engrosar nuestras listas interminables de inquietudes y ansiedades cotidianas.

Ciertamente, existe la amenaza la epidémica del Ébola. Desde el punto de vista epidemiológico parece claro que sus índices de morbilidad y mortalidad, a pesar de la ausencia de un tratamiento efectivo, quedan muy por debajo de la incidencia social de otras epidemias (accidentes de tráfico, desnutrición, malaria, iatrogenia psiquiátrica, etc.) menos mediáticas y más cronificadas en nuestra sociedad.

No olvidemos que no hace demasiado tiempo estábamos todos alertados por la gripe aviar, las “vacas locas”, etc.

Pero la cuestión a la que quiero referirme tiene que ver con otros significados que podemos encontrar en el fenómeno del Ébola (como bien señala P. Vaamonde en su artículo “El miedo al Ébola”), como por ejemplo su tratamiento mediático consecuencia de la “cultura del miedo” (actitudes, rituales, consumos, etc. que están orientados por los miedos y temores que vivimos actualmente) que impregna nuestro vivir cotidiano.

Los miedos y temores de todo tipo (la primacía desbordante de la naturaleza, la fragilidad del ser humano, la debilidad de los vínculos sociales) son tan antiguos como el hombre y bien sabemos que las estrategias del poder (político, religioso, etc.), en gran medida, se han asentado sobre ellos, sobre la vulnerabilidad y la incertidumbre del ser humano, generando todo tipo de liderazgos desde los más macabros hasta los más sutiles, como por ejemplo en forma de héroes salvadores con los que nos podamos identificar.

Pero dicha “cultura del miedo”, propia de nuestro mundo actual, se hace explicita cuando se sitúa en primer plano el dilema seguridad/inseguridad, con la promesa por parte de los poderes públicos y privados de ofrecer seguridades de todo tipo, como nuevas fuentes de su propia legitimación, y para ello es necesario construir artificialmente situaciones y fenómenos, globales y locales, que inspiren más y más miedo, incertidumbre y vulnerabilidad.

La difusión y capilarización de los temores globales (terrorismo, fenómenos migratorios, etc.) se han reforzado con la reciente “crisis”, o cambio de modelo dominante, como ilustra acertadamente Pierre Salvadori con su obra “En un patio de París”.

A este respecto dice, con toda razón, P. Salvadori: “La gente se da cuenta de que las cosas están cambiando y tiene miedo. En Francia, y supongo que en Europa entera, hay mucho miedo y el miedo paraliza y anestesia. El miedo nos ciega y nos paraliza, nos insensibiliza.”





Pero es a nivel local, o a nivel de nuestra cotidianeidad, donde con frecuencia integramos más fácilmente y son más desapercibidos estos temores y miedos, a veces como leves incertidumbres o inquietudes.

Convivimos con ellos y desarrollamos diariamente estrategias evitativas, adaptativas o impuestas en aras de nuestra seguridad como por ej. todo tipo de hipocondrías sociales, que en parte son la base de los denominados productos funcionales; el cuerpo como centro de operaciones: la ortorexia y la vigorexia; las cámaras de video vigilancia por doquier; etc.

Recientemente Google publicó unos datos sobre el interés de búsqueda de sus usuarios sobre diferentes temas (el tiempo meteorológico, Gaza, Irak, Ébola i Ucrania). La gráfica correspondiente al tiempo meteorológico era con mucho la más destacada, de forma más o menos estable, y a bastante distancia aparecía el Ébola, con algunos picos de búsquedas.





De siempre, el interés y la expectativa sobre el tiempo ha formado parte de la gran mayoría de las civilizaciones pues los diversos quehaceres dependen de él, en mayor o menor medida, sobre todo en las sociedades agrícolas donde la dependencia era muy directa, pero también en nuestra sociedad actual.

En la lucha contra la naturaleza, y en este caso la lucha frente a los más graves desastres naturales (tsunamis, inundaciones, etc.), hemos casi aceptado la supremacía de la misma naturaleza sobre las capacidades humanas (otra cosa seria la gestión de las condiciones y consecuencias de dichos desastres), como fuente de lo que podemos considerar como temores más primitivos.

A partir de la gráfica de Google podemos conjeturar algunos otros sentidos.

En primer lugar, parece que el tiempo meteorológico lo sentimos como una afectación más directa (corpórea, sensorial,...) que otros fenómenos que podemos considerar más lejanos (Ej. los conflictos de Gaza, Ucrania, etc.). ¿Podremos tomar el sol en vacaciones o nos las estropeará la lluvia? O sin ir más lejos, el tiempo es también un recurso para el lenguaje fático (como la típica conversación del ascensor).

Observando el tratamiento de lo meteorológico en los medios podemos darnos cuenta del incremento de su relevancia, así por ejemplo, en unas noticias televisivas podemos ver que el espacio del Tiempo pasa a ocupar, en ocasiones, la parte central de la emisión como llamada de atención; o que frecuentemente, los contenidos están impregnados de ciertas catástrofes más o menos espectaculares; o que de la anécdota (una granizada en una pequeña zona) deviene categoría central en el discurso; o que, en ciertos casos, los “hombres del tiempo” devienen verdaderas vedettes mediáticas, eso sí, adornados con un lenguaje en el que abundan, de una manera o de otra, las llamadas a las alertas y sus consecuentes consejos de seguridad; etc.

Así pues, además del valor comunicativo de los servicios meteorológicos, podemos pensar que actúan como objeto de desplazamiento de los miedos y temores, reforzando sutilmente ciertos sentimientos de inquietud e incertidumbre junto a las consabidas recetas de que procuremos por nuestra seguridad. Y ello, por lo visto, incide en una carencia y demanda que deseamos satisfacer, fruto en gran medida de la habituación a la baja tolerancia a la frustración y al disconfort.

Más allá de nuestra propia vulnerabilidad como seres humanos (que no es reparable por las vías de la omnipotencia ni la omnisciencia), el malestar en nuestra cultura, nuestros miedos, temores, incertidumbres e inquietudes, no solo se construyen a través de estrategias artificiales de gran calado (desde los yihadistas hasta los emigrantes “invasores”) sino también a través de procedimientos de menor calado, más etéreos o sutiles (desde el Ébola hasta la meteorología), ofreciéndonos a la vez una seguridad tan imposible como mentirosa.



Marcel Cirera                                                                                 Septiembre 2014

viernes, 22 de agosto de 2014

Un selfie de la Catalunya actual


Probablemente la pasión que despierta el selfie entre nosotros sea una muestra del estado de ánimo de los momentos actuales. No hay lugar, situación o momento que escape a esta gestual embobada, que parece que nos enaltezca más allá de su fugacidad hasta que a la vuelta de la esquina encontramos otro momento propicio para mostrarnos.

Pues, todo selfie es para mostrarse a los demás, con la creencia de que seremos vistos, acogidos, interesantes, es decir, que formaremos parte de los otros, aunque sea en la fantasía (quizás con algún un "Me gusta" en Facebook ). Este anhelo nos acompaña siempre, o mejor dicho nuestro self (ie) se constituye y se va construyendo con los otros, pues desde los primeros momentos, cuando aún no hemos visto la luz del exterior, ya formamos parte de las expectativas y proyectos de nuestros progenitores.

Pero, más allá del recurso técnico y de la envoltura de la ideología tecnocientífica, que le da sentido en nuestra liquidez consumista, es sin duda, un signo de los tiempos, que nos atrapa y nos conecta, efímero, lábil, cambiante, pero un signo los tiempos.

¿Si pudiéramos hacer un selfie colectivo de la Catalunya actual, que veríamos?


Imaginemos que percibimos un conjunto de imágenes efervescentes y abigarradas ("Tricentenarios", "miquelets", "estelades" "Pujolets", "constituciones", "Diades” masivas", "sumas y restas", "almogávares", "La Roca Village y algún que otro supermercado ", " un pesebre hecho añicos ", etc., etc.), que podríamos considerar  algo confusas, incluso ambiguas a nivel manifiesto, pero de hecho dependería de nuestra mirada ver el sentido de este todo, ver unas u otras, presentes o ausentes, pues como decía E. Gombrich "el acto de ver es fundamentalmente interpretativo".

Inesperadamente, la mayoría de internautas que contempla este selfie se da cuenta que, como efecto de conjunto, parece destacar la representación colectiva de la identidad actual y la representación de la pugna por la soberanía, con sus contrastes y contraposiciones, como una copa de Rubin o quizás como las imágenes ambiguas y siniestras de Jan Švankmajer.




Tanto la identidad actual como el anhelo de soberanía que podríamos ver en el selfie son representaciones de ilusiones colectivas (para algunos), expresiones de unos imaginarios y fantasías de un grupo humano, o de una parte del mismo, que construyen unas narraciones diversas que muchos, incluso multitudes, se las pueden hacer suyas.

Decía U. Eco. "Todo mundo de ficción se sustenta, como si fuese un parásito (yo diría simbiótico), en el mundo real, que el mundo de ficción utiliza como contexto".

Este selfie de la Catalunya actual se daría en un contexto sociocultural, que metonímicamente podríamos denominar como "Al mal tiempo, tiendas llenas", como titulaba en su portada el diario Ara (16.8.14), propio de las democracias occidentales de hegemonía neoliberal y consumista, que obviamente impregna la mirada (me he referido a ello en el artículo, "Las identidades y los Otros" 17.7.14).

Pero, de hecho me pregunto: ¿Cómo nos vemos y sentimos en este selfie colectivo? ¿Cómo vemos y sentimos la representación de la identidad y de la soberanía en el propio contexto de una "sociedad líquida", que tan magistralmente nos ha explicado Z. Bauman? 
A mi entender, hay dos grandes maneras de vernos y sentir este selfie de la Catalunya actual.
La primera, dominante y hegemónica en nuestra cultura, es la que ve el retrato de una manera estática, literal, la que dice "es lo que hay", la que carga con la huella de la "realpolitik" y entroniza la soberanía de la razón (nunca mejor dicho), ofreciéndonos a la vez, en bandeja de plata, las idealizaciones más diversas.

Es la manera de ver que entiende que la memoria histórica es algo inalterable, lo que siempre ha sido y es, al margen de quien lo piensa y del momento en que se piensa, como por ejemplo la escena representada por los entrañables "miquelets" haciendo guardia en torno al Presidente Mas, en la conmemoración del tricentenario de la última batalla ganada en Talamanca.

Redescubrimos el castillo de Cardona, la "Ruta de 1714", la catalanidad de Colón (quiero decir Colom), las montañas de Montserrat en el cuadro de la Gioconda, etc. y un día nos despertamos con la noticia de que un padre de la patria nos la ha jodido. Pujol, aunque pueda parecerlo no es un Bárcenas cualquiera, entre otras cosas porque ha sido un objeto idealizado, lo que explica los sentimientos de "pena y desengaño" que, como muchos, declara haber sentido Eduardo Reyes, presidente de Súmate.

De repente hay prisa, (¡mala consejera!), para vestir, para reencarnar, o incluso resucitar el propio panteón histórico-mitológico, a fin de llenar el vacío de una orfandad que la “sociedad líquida” parece que no termina cubrir, pues ante la vivencia de amenaza, que actualiza este vacío, se reactivan los recuerdos de los "traumas escogidos", como dice Volkan, que desvelan los sentimientos de pertenencia y los vínculos colectivos, pero también los prejuicios y estereotipos.

Este modo de ver es también una manera de evadir los conflictos, quizá fruto del convencimiento de las virtudes de la "realpolitik" y que se expresa, a través de insignes prohombres del espectro político, tertulianos y periodistas orgánicos, diciendo, más o menos: "el debate central es una cuestión de soberanía y no de identidad, pues de identidad cada uno tiene la suya".


Pero en su corta mirada no ven (no pueden o no quieren ver) que la soberanía, como capacidad de decisión, corre paralela y depende de la maduración identitaria, individual o colectiva. Es decir, la maduración e integración de los procesos de identificación y de investimento en el grupo, que constituyen la "mentalidad" del grupo humano en condiciones habituales (pues en condiciones de amenaza se despiertan los prejuicios estereotipados), contribuyen a decisiones más autónomas y menos contradependientes.

Pensar la identidad de un grupo humano, pues a esto nos referimos, no es una cuestión fácil, cierto, pero evitar planteárselo o negarlo, no deja de ser un flaco favor a las aspiraciones de un soberanista, pues no es posible construir o transformar lo que se mantiene ausente.

¿Qué son, sino signos de identidad las banderas con las barras y las estrellas ondeando en infinidad de casas estadounidenses, país donde mejor se expresa la falacia del llamado patriotismo constitucional? o ¿De qué hablamos cuando menudo se hace mención de las dos almas del PSC? o ¿Cuando M.V. Montalbán decía que el Barça era como el ejército desarmado de Catalunya?, etc.
 
Otro ejemplo de "realpolitik", propio de esta manera de ver el selfie, lo podemos encontrar en la reducción "científica" de los fenómenos sociales a cálculos y   cifras y a determinadas interpretaciones de las mismas. Así por ejemplo, en un artículo titulado "La victoria en cifras", S. Cardús, basándose en el Barómetro del CEO (1a ola de 2014), deduce que: "La segunda conclusión clara a que permiten llegar los datos disponibles es que el no a la independencia tiene una base mucho más identitaria, emocional, que no el sí, que es fundamentalmente político y pragmático. " Esta es una clara y conocida visión reduccionista que pretende explicar los comportamientos y las dinámicas emocionales a través de lo literal y declarado (una cosa es lo que decimos  y otra lo que sentimos, sobre todo en temas digamos delicados) y en la que el autor, a la vez, presupone un criterio de certeza y de valor a la respuesta racionalizada de los "datos disponibles", es decir, como si lo "político y pragmático" fueran las partes elevadas y lo identitario y emocional fueran las partes bajas (podemos hacer fáciles analogías).

Esta primera manera de ver refleja, en mi opinión, unas determinadas  ideas y paradigmas dominantes (la fe en el "progreso" y la razón, la veneración del discurso tecnocientífico que intenta borrar la subjetividad, etc.) de ciertas élites gobernantes (o castas, como dicen algunos) y de sus pregoneros, que día tras día se disputan los espacios de los circos mediáticos con la suficiente opacidad para poder seguir disfrutando del pastel, con la complicidad (consciente o inconsciente) de los que quedan enganchados en el embeleso de este selfie.

Hay, sin embargo, otra manera de ver y sentir este selfie, que sería una especie de "meta-self (ie)", es decir, una mirada que partiendo del presente nos permite conjeturar sobre el pasado, que entiende que la memoria , personal y colectiva, es la influencia constante del pasado en la organización de cualquier situación del presente. ¡La historia objetiva no existe, al margen de los relatores y de sus instrumentos!

Una manera de ver y de sentir que pone en el centro del pensamiento la subjetividad de los grupos humanos, sus vivencias y aspiraciones, más allá de la mortecina visión tecnocientífica de los fenómenos sociales.

Así podríamos ver que la identidad de un grupo humano, en este caso Catalunya, es un proceso dinámico y complejo, que se construye progresivamente, que hoy se da en un contexto sociocultural psico-degradable ("consumismo líquido"), donde las identidades se adquieren y se desechan i las identificaciones se encarnan de repente para volverse a reencarnar en otro fenómeno u objeto diverso, y que tiene como consecuencia la emergencia de identidades lábiles y fragmentarias, que nada tienen que ver con la vieja trilogía Estado- Nación- Territorio.

Actualmente, quizás como nunca en la historia, la identidad y la soberanía tienen que ver con el diferente y sobre todo, tanto una como la otra, necesitamos pensarlas desde la experiencia de los sujetos que conforman el grupo/s, con sus anhelos y esperanzas, con sus ideas, conscientes e inconscientes.

Hoy sabemos, desde diferentes ópticas, que el poder de decidir es limitado, pero sobre todo es un proceso que opera lejos del "cálculo racional eficiente" de las opciones, pues opera a partir de las emociones y sentimientos en juego.

Conceptos como identidad y soberanía, necesitan ser repensados. Estamos viviendo un momento de cambios profundos en la historia de la humanidad, en el que ciertas formas de organización social se nos están volviendo inservibles, y quizás todo esto sucede a una velocidad que hace difícil pensarlas, pero esta es nuestra opción.

Las sociedades son cada vez más complejas y plurales en su interior y existen núcleos resistentes a la uniformización que reclaman su diferencia (Catalunya es un buen ejemplo, pero también los conflictos identitarios en la Francia jacobina o el reciente conflicto en Missouri), a la vez el entorno de interdependencias hace inservible el concepto de soberanía entendido como ámbito exclusivo de decisión, y así por doquier las aspiraciones soberanas de los pueblos y de los grupos humanos se hacen persistentes.

Por todo ello, lejos de posiciones enrocadas e impositivas, necesitamos articular las diferencias, que son diferencias en la manera de vivir, sentir y ver la relación con los demás (y que aunque no salgan en nuestro selfie, están), tanto dentro de la misma comunidad, en este caso Catalunya, como desde los "estados-nación" (Estado Español) respecto a su propia diversidad, a través del reconocimiento de ésta y de la renuncia a posiciones dominantes y coactivas.
  
La identidad y soberanía que podemos conjeturar con esta otra mirada de nuestro selfie debe ser diversa, plural, de diferentes colores, respetuosa, tolerante con los sujetos y sus aspiraciones.

En nuestras sociedades complejas probablemente no hay otra opción, más allá de la barbarie, sino el acuerdo con el diferente, huyendo de la subordinación y la imposición, como vía para construir la convivencia.


Marcel Cirera                                                                                 Agosto 2014

lunes, 18 de agosto de 2014

domingo, 20 de julio de 2014

Las identidades y los Otros


Todo el que se ha alejado de su origen,
añora el instante de la unión.

Yalal ad-Din Muhammad Rumí


Hace ya algún tiempo, recuerdo que leí una entrevista a Amin Maalouf donde se refería a sí mismo como portador de pertenencias múltiples, decía que se sentía libanés, francés, cristiano, y creo que alguna otra pertenencia más que ahora no consigo rememorar.

En el libro "León el Africano", Maalouf glosa, en mi opinión en una extraordinaria prosa poética, la vida de Hasan al Wazzani, hijo de Oriente y de Occidente a caballo entre el s. XV y el s. XVI, desde del abandono de Granada, por la pérdida de la misma a manos de las tropas cristianas, (o reconquista según el punto de vista) hasta su periplo por diferentes países y culturas.

Dice Maalouf en boca de Hassan: "Soy hijo del camino, mi patria es la caravana y mi vida, la travesía más inesperada". Y añade más adelante: "Y, bien mirado, ¿no es algo que hago yo?: ¿Qué he ganado, qué he perdido, qué le puedo decir al Acreedor supremo? Me prestó cuarenta años, que yo he esparcido al hilo de los viajes: mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en El Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada aún vive mi inocencia".

El libro me evocó sentimientos de pérdida, de cambio y los duelos necesarios tanto en un caso como en el otro y sobre todo unas reflexiones que, en mi opinión, se ciernen a lo largo de todo el libro como un relato intenso, firme y sin complejos sobre la identidad, la suya, la de Hassan, el Granadino, el Fesi, el Zay-yati, según nos dice, el que tiene por patria la caravana.

La identidad de Hassan, hecha de múltiples pertenencias, hoy probablemente se nos hace presente en muchos ámbitos y niveles, desde la llamada identidad europea, pasando por el conflicto entre chiíes y suníes de Irak, hasta las trepidantes "caravanas" de Facebook, la de la "marca personal" (que pregonan los traders del marketing), la de las personas, la de los grupos humanos, etc. Pero, vayamos por partes.

Desde hace ya algún tiempo la cuestión de las identidades está en el centro de muchos debates y confrontaciones, directa o indirectamente, de hecho me atrevería a decir que, tanto a nivel del sujeto individual como en lo colectivo, o aquel "Yo-nosotros" (Trevarthen, 2009), son tan antiguos como la cultura, si entendemos el núcleo de la identidad como aquella respuesta a la pregunta de “¿quién soy yo?” y la credibilidad continuada de la misma. Como animales sociales que somos, esta pregunta solo tiene sentido en base a las relaciones que conectan nuestro Yo con los otros en un determinado contexto histórico, tanto si lo miramos desde nuestra individualidad como desde nuestras pertenencias colectivas.

Los escritos de Maalouf pueden ser un buen acompañante para repensar las identidades en el mundo actual.

El concepto de identidad, a pesar de ser relativamente nuevo en el discurso social (patente sobre todo en el s. XIX para referirse al nacionalismo y a las identidades de los grandes grupos humanos), ha estado presente a lo largo de la historia del pensamiento, de una manera o de otra, sea sobre el sentido básico del ser de uno mismo y su permanencia o sobre las diversas pertenencias sociales. Pero, es a principios del siglo pasado cuando desde las ciencias sociales se empieza a hablar y a investigar sobre la identidad social y grupal, aspecto éste menos reconocido y más ambivalente.

La identidad es un todo heterogéneo, no se puede compartimentar en trocitos, ni viene dada como un estigma, ni está inscrita en nuestros genes, sino al contrario remite a diversos procesos de investimento de diferentes tipos de pertenencia, que vinculan lo individual con los grandes grupos. Esto es lo que podemos observar por ejemplo en el mundo que rodea al niño (la familia inmediata, con sus valores, estereotipos, etc.) respecto a los cambios que se producen en la adolescencia, donde entran en juego situaciones nuevas que serán investidas (grupo de amigos) y donde se modifican aquellos investimentos tempranos. Es en este período que se consolidan ciertas identificaciones y en el que determinadas pertenencias (comunidad religiosa, política, étnica, hábitos alimenticios, etc.) se sienten y se empiezan a pensar como propias. Las intifadas palestinas son un buen ejemplo.

Las pertenencias que nutren la identidad tienen que ver con el aprendizaje que hemos mamado (la lengua materna es un elemento básico, los antepasados, las tradiciones de nuestro pueblo, etc.) y con lo que es propio de nuestro tiempo, con los marcos culturales de nuestra época.

Habitualmente en nuestra vida cotidiana, como señalan Bauman, Volkan y el mismo Maalouf entre otros, no somos demasiado conscientes de nuestra identidad de grupo grande, que emerge y se hace más o menos explícita ante los ataques, amenazas o cuando se siente que están en peligro determinadas pertenencias o sentimientos de pertenencia. Es decir, con la identidad pasa como con la electricidad, que cuando hay un corte o nos quedamos sin corriente es cuando pensamos en ella o valoramos su importancia.

Cada vez hay más voces que caracterizan las sociedades actuales como de "crisis de civilización", es decir, que de seguir con los niveles de producción y consumo dominantes (la vía del crecimiento continuo y del agotamiento de los recursos del Planeta) nos acercamos aceleradamente a un colapso civilizatorio, similar al que representó la revolución neolítica o la revolución industrial, tanto en Oriente y Occidente como en el Norte y el Sur.

Pues bien, en este escenario que se ha ido configurando claramente en las últimas décadas, las cuestiones y fenómenos que de una manera u otra, directa o indirectamente, hacen referencia a los procesos y conflictos identitarios cada vez son más notables, para bien o para mal, lo queramos o no.

Para entender la vida de las personas y de los grupos humanos en las sociedades de hoy es necesario plantearnos estos procesos que ponen de relieve las identidades, lo que pensamos que somos y lo que pretendemos ser, ciertamente no como causa única sino como emergente resultante de nuestro desarrollo social, político y cultural, porque esta "crisis de civilización", no lo olvidemos, tiene una cara humana, la de los sufrimientos y esperanzas de todos.

Soy consciente que plantear y confrontarse con la cuestión de las identidades genera recelos y suspicacias de todo tipo, incluso en aquellos que se cuestionan y luchan contra el estado de cosas existente. Más adelante volveré sobre ello.

Nos podemos preguntar: ¿Porque las cuestiones identitarias están en las entrañas de muchos de los conflictos y aspiraciones actuales, que se dan en este marco de la llamada "crisis de civilización"? Insisto, no me estoy refiriendo a la identidad como un concepto ahistórico, o a las identidades florecientes del siglo XIX, sino a unas ideas complejas y diversas que viven hoy en el corazón de las personas.

Plantearnos este porque, quiere decir planteárnoslo en sus diferentes expresiones, tanto las que nos conducen por ejemplo al fundamentalismo religioso, al fundamentalismo étnico o al fundamentalismo consumista (decía G. Bush tras el 11 de septiembre, "Ahora, ya podéis volver a comprar", como bálsamo para la sociedad americana después del trauma), así como las expresiones aspiracionales de los escoceses y catalanes, o las de la construcción de una identidad europea, o las que, en otro nivel, expresan sentimientos de pertenencia a través de los tatuajes, como señala M. Maffesoli.

Estas diferentes expresiones pueden ser entendidas, unas veces como manifestaciones de unos prejuicios compartidos, incluso hostiles, de un grupo hacia otro, y otras como manifestaciones tolerantes y respetuosas de unas pertenencias. Parece que destruir al adversario o dialogar con él y convertirlo en aliado sigue siendo el eterno dilema, en especial de las élites y líderes políticos, aunque, como decía hace dos mil años el filósofo chino Sun Tzu "ganar sin luchar es lo mejor" (de su libro "El arte de la guerra").

En mi opinión algunos de estos porque tienen que ver en primer lugar, entre otros fenómenos, con el carácter y tipo de hegemonía que la "sociedad de consumo" ha ido construyendo, que se infiltra hasta la médula de nuestras conductas y aspiraciones, y que casi todos, de una manera o de otra, asumimos sus rutinas e inercias como base de nuestro modo de vida, tanto en las sociedades que la viven de pleno como en las sociedades que están en camino o la tienen como modelo. Hoy los medios nos dicen continuamente que ya volvemos a "crecer" y nos muestran las carreras para ser los primeros en las colas de las rebajas.

El consumo se convierte consumismo, es decir, un patrón de conducta y una actitud mental que abarca todas las relaciones con los bienes y con muchos aspectos de nuestra vida (sexualidad, etc.). Los fenómenos de consumo y compra no pueden explicarse sólo por el desarrollo tecnológico y económico, pues el placer suscitado por el consumo está asociado a la erosión de determinadas fuentes de identidad (fragmentación social, pérdida de vínculos, "vacíos" emocionales, etc.) que se intentan compensar (al menos en el corto plazo) a través de la compra, posesión y consumo de "objetos".

El sujeto-consumidor se concibe y pugna por la autorrealización a través de los innumerables bienes -objetos- para la consecución del disfrute, gratificación, recompensa y se construye a través de estas relaciones objetualizadas. Los objetos son "investidos" (o "híper-investidos") pasando a formar parte de nosotros mismos.

Y así, la identidad personal (y la de determinados grupos) depende cada vez más de los objetos que poseemos, que no sólo son sustituibles, sino que "deben" ser sustituidos (efecto moda, etc.), pues simbólicamente "consumimos" o incorporamos en nosotros a otras personas, ideas u objetos materiales como medio de supervivencia psíquica, y esto nos da una aparente y momentánea solidez, confianza y pertenencia confortable. Los símbolos, así construidos, refieren a una ausencia, que nos remite a nuestra identidad.

Este sujeto-consumidor aparece cada vez más como el imaginario de un protagonista solitario, confrontado con múltiples decisiones y elecciones sobre que es "lo mejor", y en este sentido siempre hay quien pretende orientar o facilitar el proceso. Así, por ejemplo, nos dice Caprabo en una de sus inserciones publicitarias: "Hola libre-comprador. Por ti llegaremos al fin del mundo y hasta el último rincón para traerte lo mejor de nuestra tierra "-con las cuatro barras de la bandera incluidas-.

La emergencia del anhelo identitario es también consecuencia de la pérdida de referentes, de la crisis de los grandes metarrelatos, que han sustentado la modernidad en el mundo occidental (el mito del progreso, determinadas ideologías y religiosidades, etc.), junto con la crisis o desmantelamiento progresivo de las sociedades "protectoras" nacidas después de la 2 ª Gran Guerra (Welfare State, etc.).

Otro aspecto que revela actualmente la importancia de la cuestión identitaria son los grandes fenómenos migratorios, que ponen de relieve la confrontación con el diferente, con el extraño, con el Otro y que en determinadas circunstancias hace que los miedos y las inseguridades se conviertan exaltación enfurecida de lo propio y más primitivo (por ej. los movimientos xenófobos y racistas en la Europa de hoy, etc.). Seguro que hoy para algunos, como lo muestran las recientes elecciones europeas, sería un anatema lo que decía el imán Qushairi (s.IX), "sin conocer nunca a un extranjero, nunca descubriremos quiénes somos".

He dicho antes que las cuestiones identitarias despiertan recelos, suspicacias e incluso hostilidades, tanto a nivel de debate teórico como a nivel político concreto, y a menudo se elude o evita la cuestión.

Los sentimientos de identidad y de pertenencia a un grupo grande (clanes, tribus, creyentes, fans de un grupo de rock, nacionalistas, socialistas, etc.) forman parte de la propia existencia como seres sociales, y a la vez que proporcionan diversas gratificaciones a los individuos (autoestima, evitar la soledad, alegría, etc.) también conllevan a menudo prejuicios hostiles contra los miembros de otro grupo grande, que se pueden expresar en  su vertiente más maligna (racismo, antisemitismo, islamofobia, etc.).

Cuando estas expresiones de prejuicios hostiles se han manifestado socialmente muchas veces lo han hecho o lo hacen en nombre de la identidad propia, y este es uno de los aspectos que hace que, de manera simplista, se asocie la idea de identidad con el prejuicio expresado.

Desde el ámbito político y también desde el discurso social impera la concepción de la valoración racional y del cálculo realista de las acciones, es decir, es predominante lo que podríamos llamar como forma racional de actuar ("realpolitik"), que presupone que los individuos y los actores sociales (partidos, líderes, gobiernos, etc.) toman las decisiones a partir del cálculo racional de lo que es más ventajoso en un momento determinado y esta actitud de fondo condiciona en gran medida su comportamiento.

Sea por interés, por ignorancia o porque simplemente no se puede / quiere entender, el resultado es que se pregona y defiende, a menudo de forma vehemente, una supuesta racionalidad como criterio de verdad, aunque si prestamos atención a los conflictos sociales de todo tipo vemos que los aspectos afectivos, emocionales y simbólicos están en el centro de las más diversas decisiones y acciones, pero la "realpolitik" pone en el baúl de los trastos inútiles los sentimientos y las emociones.

En un reciente debate parlamentario la diputada Rosa Díez (UPD) intervenía "acaloradamente" desde la tribuna, creo que en respuesta a Marta Rovira de ERC y a su vez defendiendo un determinado "nacionalismo español constitucionalista", diciendo (cito de memoria), que la política no tenía nada que ver con los sentimientos, la identidad y los sueños (¿acaso no conocía aquel famoso discurso de M. Luther King?). Como se suele decir, la escena "hablaba por sí sola", así como el plano de la cámara de TV enfocando a Rubalcaba y su lenguaje no verbal.

Sin embargo, si hemos de hacer caso a determinados medios, parece que a veces algunos toman en consideración ciertos planteamientos de tipo psicosocial (como por ej. los que propone D. Kahneman su libro "Pensar rápido, pensar despacio") para explicar las dificultades, de lo "defectuoso" o los sesgos en la toma de decisiones.

En el campo de las ciencias sociales, y también dentro de algunos de los diversos matices o colores de la izquierda, existe una tradición vigente aún hoy, que tiene mucho que ver con aquella afirmación que hacía Pierre Bourdieu ("El oficio de sociólogo", 1967) cuando decía que la maldición del sociólogo era que tenía que trabajar con objetos que hablaban. Es decir, una desconfianza en la vivencia de la subjetividad y con todo lo que tiene que ver con lo afectivo, en resonancia con la “realpolitik”, objetivante y muy cientifista.

En una interesante entrevista (Público, 25/06/14), el profesor de antropología religiosa de la UB, Manuel Delgado ponía un contrapunto a estas cuestiones:

  "... Los grandes líderes revolucionarios han sido nacionalistas... ¡Patria o muerte, venceremos!", "... Después del congreso de Bakú, la Internacional Comunista añadió a su conocido lema: "Proletarios del mundo uníos", el de "Proletarios y pueblos oprimidos del mundo uníos". "... Cuando Dolores Ibarruri llamaba por los altavoces de las calles de Madrid al enfrentamiento contra las tropas sublevadas, lo hacía evocando el 2 de Mayo,... se planteaba la guerra como una guerra patriótica."

La resultante de ciertas suspicacias (honestas) hacia las cuestiones identitarias conduce a un callejón sin salida, donde se elude la complejidad de los fenómenos sociales de la "modernidad líquida", y así, no se llegan a captar las relaciones íntimas del ser del hombre y el ser de la sociedad, que se manifiestan a través de los grupos grandes (antes referidos).

En mi opinión se soslaya también esta complejidad cuando, por ejemplo en Catalunya, partidarios de la independencia consideran que el conflicto tiene que ver más con el soberanismo que con las identidades, pues consideran que "identidad, todo el mundo tiene la suya" y así creen liquidar un debate difícil, con muchos malos entendidos, pero que tarde o temprano vuelve o volverá a emerger (este tema me lo dejo para otro artículo).

Necesitamos hacer como A. Maalouf, ser valientes, desacomplejados y empáticos para abordar las identificaciones y pertenencias diversas que conducen hacia identidades cada vez más complejas, cambiantes y lábiles, alejándonos de las omnipotencias tan actuales, con la humildad de reconocer nuestras propias limitaciones y si conviene poder ser capaces de aceptar, como decía Rumí, el gran poeta sufí del s. XIII, que "Todo el que se ha alejado de su origen, añora el instante de la unión".

                                              
Marcel Cirera                                                                     Julio de 2014