viernes, 31 de julio de 2015

Mejorar la experiencia de los supervivientes de cáncer en Catalunya






Por encargo de la Federació Catalana d’Entitats Contra el Càncer (FECEC) se realizó (2014) un estudio y elaboración de un plan de acción para la Mejora de la Experiencia de los Supervivientes de Cáncer en Catalunya (http://www.juntscontraelcancer.cat/wp-content/uploads/Pdf/Supervivientes_CAT.pdf )

El trabajo lo realizó Epirus Consultoria de Serveis Sanitaris. 
Equipo de consultores: Oriol Ramis, Marcel Cirera, Pau Farràs, Eulàlia Masachs i Dolores Ruiz-Muñoz.

Objetivo: Conocer el número de supervivientes de cáncer en Cataluña, sus vivencias e identificar propuestas de actuación.

Metodologia: Cálculo del número de supervivientes con un diagnóstico de cáncer en los cinco años anteriores (por edad, sexo, tipo de cáncer y territorio).

Siete grupos de exploración considerando edad, sexo, tipo de cáncer y situaciones personales y dos grupos de profesionales.

Dos jornadas de trabajo con las entidades de la FECEC para ajustar el diagnóstico e identificar propuestas de actuación.


Resultados: En Cataluña, el año 2012, 107.778 personas mayores de 14 años vivían con un diagnóstico de cáncer realizado durante los 5 años previos (60.606 hombres y 47.172 mujeres). El incremento anual desde 2007 es de un 1,7% en el caso de los hombres, y de un 1,6%, en las mujeres.


La finalización del tratamiento médico se percibe como abandono por la desvinculación con el sistema sanitario y por la acumulación de emociones a menudo poco elaboradas. La transición de "enfermo / a" a aceptarse como "persona superviviente" representa encajar la experiencia vivida y redefinir aspectos de la vida. Se detectan carencias relacionadas con las secuelas físicas, la reinserción laboral o la necesidad de reorganizar la vida.

Las asociaciones suplen carencias del sistema formal de atención a la salud pero con un rol diferente y áreas de actuación propias: relación social, orientación económica y fiscal, apoyo a la educación, apoyo a las relaciones familiares ya las tareas domésticas, atención a las secuelas y a la cronicidad y reintegración en el ámbito laboral.

Conclusiones: Los supervivientes de cáncer crecen año tras año. Deben pasar de un sistema de dependencia intensa, en la que están en manos de otros, a estar en manos de sí mismos. Las asociaciones pueden tener un papel relevante apoyando esta transformación y en la cobertura de otras necesidades no sanitarias.

jueves, 11 de junio de 2015

Conjeturas entre el malestar y el sentido
























La búsqueda de sentido y la emoción del conocimiento (en la vida, en los fenómenos, en las relaciones, etc.) son unos de los vínculos primarios del ser humano y motores de nuestra mente individual y grupal.

El impulso al conocimiento conlleva estar abierto a la curiosidad y paradójicamente tolerar o aceptar que nuestro conocimiento de la realidad será parcial o aproximativo, con todas las inquietudes que ello conlleva, ya que probablemente se nos hace difícil aprehenderla como algo definitivo o absoluto, pero este activo de búsqueda es el que nos pone en el camino del conocimiento de la verdad (también objetivo consustancial de toda ciencia).


Demasiado a menudo queremos resolver mágicamente la tensión entre la duda y la certeza, entre la pregunta y la respuesta, pretendiendo cargarnos de razones para evitar la frustración de la no-respuesta o de un conocimiento complejo. La explicación racional nos tranquiliza, parece que nos da certezas, pero de hecho la razón es esclava de la emoción y existe para racionalizar la experiencia emocional.

Hoy, en la sociedad líquida, parece ser un imperativo necesario tener la respuesta 
definitiva (sólo hay que ver la proliferación de recetas supuestamente eficaces, desde la llamada autoayuda, pasando por las claves del éxito que nos ofrece cualquier listillo investido de gurú, hasta la omnipotencia de la medicalización social), la respuesta rápida, la respuesta que cierra, elimina y desvanece toda duda, aunque después ésta pueda aparecer, otra vez, formulada de otra manera. El deseo de satisfacción inmediata y la poca tolerancia a la espera dificultan la emergencia del sentido.

Maurice Blanchot decía, “La réponse est le malheur de la question” , que podría traducirse como "La respuesta es la desgracia de la pregunta", es decir, la limitación o aniquilación de la curiosidad, pues la pregunta abre caminos y posibilidades que cuando se encarnan en una respuesta a menudo se eliminan las otras posibilidades.

Entender esta limitación, aceptarla, poder observar desde otros vértices, nos puede abrir a la emergencia de nuevos sentidos. Cuando Heisenberg, a través de su investigación científica afirmaba que era imposible calcular la trayectoria de un electrón porque no existe tal trayectoria, afirmaba también que es imposible hacer una observación científica si se ignora la interacción entre el observador y lo observado, y así buscando una verdad científica descubrió también la posibilidad de la incertidumbre (Heisenberg postula el Principio de Incertidumbre).

Los procesos de elección y decisión, como por ej. el acto de compra, en la línea de lo que comentaba anteriormente, los podemos entender como el cambio entre unas, más o menos, amplias posibilidades potenciales de satisfacción (p. ej: una determinada cantidad de dinero) y la opción o respuesta de una satisfacción concreta (por ej.: un producto). Aquí radican las incertidumbres y las ansiedades propias de una elección determinada (decidir y luego hacer una buena elección). La elección y la decisión serian como lo que se nos explica en la Biblia de lo que hizo Esau, que cambió el derecho de primogenitura por un plato de lentejas.

El Esau-consumidor de hoy se encuentra inmerso en un torbellino de vértigo, con los sentidos abrumados, a menudo saturados y embutidos de informaciones, o mejor dicho de mensajes, constantes y continuamente cambiantes, y a cada uno le corresponde decidir y elegir en la medida de su contexto.

Pero este contexto, en nuestros días, está impregnado de malestar o al menos de ciertos aspectos (corrupciones varias, miedos, desconfianza, etc.) que enturbian esa elección y toma de decisiones, es decir, los comportamientos sociales están íntimamente afectados por estos estados de ánimo colectivo, que quizá preferimos no conocer, pero que como investigadores, o simplemente como sujetos movidos por la curiosidad, nos corresponde entender o preguntarnos qué significan.

No hay que confundir la realidad con los fenómenos observables, pues cualquier individuo, aunque a simple vista nos puede parecer un sujeto aislado, es portador de una visión grupal, es un ser grupal, y por lo tanto para entender aquel malestar o las actitudes y comportamientos sociales, hay que hacerlo desde los contextos, o desde los grupos, que lo han conformado como individuo.

Ante las dificultades para entender este sujeto-consumidor de la sociedad líquida, poco fiel, voluble, hiperconectado, etc. hay que pensarlo desde una óptica grupal-contextual y en consecuencia hay que enfatizar que para observar, estudiar y analizar estas dinámicas sociales, necesitamos  herramientas grupales, necesitamos los grupos de estudio o de exploración, pues aquellas dificultades no son un problema de orden tecnológico o del funcionamiento cerebral, son esencialmente una cuestión que apela a los vínculos sociales.

Desde la curiosidad de la pregunta y desde una visión grupal quisiera conjeturar brevemente sobre dos aspectos de la realidad social de hoy, fuente de estados de ánimo de profundo malestar: la corrupción y la "cultura del rendimiento".

En mi opinión, tanto en la corrupción como en la "cultura del rendimiento", se ponen de relieve los dos elementos que he comentado anteriormente, por una parte aquel aforismo de Blanchot (“La réponse est le malheur de la question”) y por otra, que lo individual es social y lo social también se hace individual, aunque dependiendo del enfoque vemos más el uno o el otro. Asumo que estos dos elementos son parciales e incompletos y no saturan o explican por sí mismos, obviamente, la complejidad de la realidades sociales de la corrupción como de la "cultura del rendimiento".

La introyección de estas dinámicas sociales, pautas de corrupción y "cultura del rendimiento", conlleva varios tipos de consecuencias, y de diferente orden (ético, vital, emocional, etc.), no siendo menos importantes las restricciones de las capacidades de pensar y elaborar.

Corrupción y "cultura del rendimiento" son dos maneras de hacer, dos maneras de comportarse, íntimamente arraigadas en nuestras sociedades actuales, dos tipos de actitudes diversas pero que tienen en común, cada una con su especificidad, generar respuestas sociales primarias y regresivas.

Más allá de las consideraciones éticas y políticas, pero necesariamente presentes, me centraré en algunos de los posibles significados y consecuencias en el ámbito de las relaciones sociales.

La corrupción supone algún tipo de alteración y desintegración que tiene como resultado la perversión de una cosa, de un sujeto o fenómeno. Hoy están a la orden del día los escándalos y corruptelas de todo tipo y a todos los niveles, la lista sería interminable y continuamente ampliada, llegando a límites vergonzantes, como por ej. el reciente descubrimiento de una organización italiana, de personajes de todo tipo, que traficaba y se lucraba con los centros de acogida de inmigrantes.

Como por casualidad, es en plena crisis (o "estafa", como dicen algunos) cuando se pone en primer plano de todos los medios de información la divulgación incesante de grandes escándalos de corrupción, señalando sobre todo a los corruptos (no tanto a los corruptores, ni a sus sistemas) como una manera de expiar y proyectar el mal hacia fuera, individualizándolo.

Creo que no hace falta imaginar demasiado para pensar que la corrupción es una cuestión sistémica y en este sentido nos toca a todos, de una manera o de otra, a algunos directamente por identificación y a otros indirectamente, pues aunque sea en pequeña escala, podemos ser contribuidores, más o menos conscientes, de este estado de cosas, por más que las condenemos de forma declarativa. Ante la duda habría que preguntarnos por ej., ¿Cómo puede existir y sobresalir un sistema de estas características?; ¿Cuántas veces hemos contribuido a hacer crecer las audiencias de concursos y tertulias ostensiblemente perversas?

Siempre estamos en riesgo, pero hay momentos en la historia de la humanidad, y ahora es uno de ellos, que por determinadas circunstancias los vínculos sociales se debilitan y un Narciso omnipotente reina en las mentes colectivas, depreciando al diferente, al Otro. En su momento, M.L. King llamaba la atención de sus conciudadanos diciendo: "Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos".

En las circunstancias actuales la corrupción se incuba y encuentra un excelente caldo de cultivo en la "cultura del rendimiento", junto con las especificidades de cada lugar.

La "cultura del rendimiento" emerge de las actuales sociedades industrializadas, de poder neoliberal y "neocon", que son cada vez más sociedades del rendimiento, tal como las definen determinados autores (entre ellos, Byung-Chul Han, al que me referí en un anterior artículo[1]), caracterizadas por la creencia en una especie de capacidades sin límites, donde el sujeto, convertido en "marca personal", parece comportarse como un Sísifo empapado de positividad y eficiencia, aparentemente infatigable, en lucha por más y más, con la fantasía de conseguirlo todo y ahora (a la inversa de lo que decía F. Pessoa: "vence sólo quien nunca consigue"), fragmentario y de vínculos efímeros, que pregona paradójicamente, en lo colectivo, el anhelo del "Yes, we can".

Las sociedades o los grupos sociales presididos por la "cultura del rendimiento" tienen por enseña la eficiencia y esta es una forma elemental de negación. El lucro incesante, conseguir el máximo con el mínimo coste, es el bottom line de la "cultura del rendimiento" y por ello se hace necesaria la máxima eficiencia, donde las consideraciones éticas y compasivas son un estorbo. En la entrevista que Gitta Sereny[2] realizó al comandante del campo de Treblinka, Franz Stangl, éste defiende su "tarea" (el exterminio de miles de personas) en base a la más estricta eficiencia. La "cultura del rendimiento" difiere en la escala, pero no en el concepto.

La "cultura del rendimiento" deja al sujeto sin espacios vacíos, saturado de tareas y reuniones, siempre estresado (claro, me refiero a los que pueden estarlo), permanentemente hiperconectado y ávido de sensaciones, difícilmente transformables en pensamiento, pues para ello dispone de un smartphone eficientemente conectado a través de sus canales sensoriales, como vía de sustitución y compensación.

La avidez sensorial, que se manifiesta en todas partes y en diferentes ámbitos, tiene un carácter bulímico que no permite la emoción del conocimiento, ni la transformación en emociones y pensamientos. Así pues, ¿dónde está el espacio para la creatividad?

En uno de los libros Apócrifos del Antiguo Testamento, podemos leer que "la sabiduría llega al hombre docto por ocio"; En un sentido similar, se dice que Arquímedes de Siracusa pudo salir desnudo por las calles, gritando ¡Eureka!, después de haberse relajado plácidamente en su bañera.

Parece como si el sujeto de la "cultura del rendimiento" necesite también la eficiencia en su tiempo libre, real o metafórico, que es lo mismo que decir que no se permite, o no puede permitirse, tener un espacio mental con el que  confrontarse. Bien podría ser el caso de aquel científico eficiente, inteligente y excelente en la búsqueda de las emociones inscritas en las cadenas del ADN, pero que es incapaz de pensar emocionalmente.

Si la creatividad no nace con fórceps y las comadronas son una especie en extinción, ¿cómo nos lo haremos?

La corrupción y el ansia por la codicia, de un más y más inagotable (nunca termina siendo del todo satisfactorio), impregnan nuestras sociedades actuales (junto con otros factores que intencionadamente obvio) generando unos altos niveles de incertidumbre, con sus consiguientes ansiedades, que afectan los comportamientos sociales de los diferentes colectivos e instituciones, con niveles de malestar y sufrimiento diversos.

Aquellas lógicas sociales (la corrupción y la codicia de la "cultura del" rendimiento "), maníacas y omnipotentes, se construyen sobre unas narrativas (fantasías inconscientes) que las justifican y sirven para encontrar fáciles escapatorias ante los fracasos (los enemigos son culpables ), es decir, la confrontación de los sujetos con las complejidades de las situaciones grupales provoca en ellos fenómenos regresivos, respuestas primitivas y ansiedades, propias de cada grupo y circunstancia, reactivando unos mecanismos defensivos[3] (negación, disociación, etc.) que supuestamente evitan el malestar.

Pero si ante las incertidumbres, individuales o grupales, somos capaces de construir fantasías narrativas ligadas a la realidad, y no a la omnipotencia, o si ante los fracasos de estas podemos asumirlos, tolerarlos y elaborarlos, ello nos permitirá conectar con la realidad y convertirlo en oportunidad para obtener algún tipo de beneficio.

Confrontarnos con el malestar, o con el cambio social, es una tarea difícil, pero como nos recuerda V. Frankl[4], en su experiencia en los campos de exterminio, "únicamente los hombres que permitían que se debilitara su interno sostenimiento moral y espiritual caían víctimas de las influencias degradantes del campo." "... muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente difícil la que da al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. "

Sin embargo, parece como si en medio de tanta incertidumbre y malestar exista una pugna naciente, en determinados colectivos, por la búsqueda de sentido, por un pensamiento más integrador y unas actitudes más vinculadas con el reconocimiento de la necesidad del Otro, con más atención y cuidado hacia el sufrimiento humano, con más capacidades de reparación, compasión y gratitud.

¡Así sea!


Marcel Cirera                                                                                             Junio 2015





[1] Cambio político y resistencias al cambio. M. Cirera,  marcelcirera.blogspot.com.es/  8.4.15
[2] Gitta Sereny, Into That Darkness. Nueva York, Random House/Vintage, 1983
[3] El conjunto de ansiedades, fantasías y mecanismos defensivos puestos en juego están en el centro de lo que Bion denominó Supuestos Básicos. En este sentido hay un interesante trabajo (realizado a partir de entrevistas en profundidad), de D. Tuckett, sobre el comportamiento de los mercados financieros, que ilustra estas dinámicas y  funcionamientos inconscientes. “Minding the markets”. David Tuckett, 2011 Palgrave Macmillan
[4] “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frankl. Ed. Herder, 2003


miércoles, 8 de abril de 2015

Cambio político y resistencias al cambio

Jan Švankmajer. Posibilidades de diálogo, 1982


La pugna entre lo viejo y lo nuevo, y las crisis consecuentes, están ligadas al devenir del sujeto y de las comunidades de las que forma parte.

Hay momentos históricos donde este conflicto se hace evidente y resuena por doquier, como sucede en el momento presente con lo político. Desde diferentes ámbitos existe un amplio cuestionamiento de las formas de hacer política, desde los movimientos sociales (primavera árabe, 15 M, el movimiento soberanista catalán, etc.), a la crisis de los modelos representativos tradicionales hasta nuevas formas de expresión y vinculación con lo político, lo que sus protagonistas denominan o teorizan, de un modo o de otro, como la vieja política vs. la nueva política.

A decir de A. Gramsci, en Quaderni del Carcere, citado nuevamente al calor de algunos de estos movimientos, "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados"[1].

En efecto, las turbulencias y morbosidades están al orden del día desde la misma política convertida en espectáculo, incluso en una tertulia cualquiera en prime time televisivo, hasta sus manifestaciones más primarias como son las corrupciones más variopintas. Y es que el “morbo” es rentable.

Pero entender, o mejor sentir, la política de tal modo tiene consecuencias en la conformación mental de una comunidad respecto del hacer político, de sus preferencias y acciones.

La mente humana, la mente del sujeto individual, está en resonancia con la mente de los grupos o comunidades de pertenencia, y viceversa, de aquí que utilicemos los fenómenos del mundo externo (un personaje, partido político o  un hecho social) para dramatizar nuestro mundo interno (nuestros conflictos o aspiraciones y deseos), es decir, actuamos y transferimos inconscientemente “cosas” entre ellos. Por tanto, ¡ojo! con las visiones restrictivas de lo político.

Por otra parte, “lo nuevo no puede nacer” porque la transformación de un estado de cosas a otro, no es ni fácil, ni sencillo, sino que moviliza las resistencias a los cambios de todo tipo, desde las propias del poder instituido socialmente hasta las que todos tenemos, porque en ellos ganamos pero también perdemos, tanto en lo colectivo como en lo individual. En efecto, podemos resistirnos al cambio porque obtenemos beneficios en el no cambio (cuidado, atención, autoestima, etc.) o porque sentimos no ser merecedores del mismo o simplemente para evitar el dolor que supone cambiar. Otra vez más, el reduccionismo político es un mal consejero.

Y no olvidemos que ciertos líderes salvíficos (en la derecha, en la izquierda y también entre los que se reclaman de la superación de dichas categorías) lo son en tanto que apelan a una determinada mentalidad grupal[2], unánime y común, que expresa una fantasía inconsciente, compartida y omnipotente, sobre la manera como el grupo o comunidad conseguirá sus objetivos y satisfará ilusoriamente, a la vez, el deseo de sus miembros. Este liderazgo y esta mentalidad grupal son formas defensivas primarias de oponerse al cambio.

El malestar en la cultura actual, que ha llegado a límites insoportables de sufrimiento, incertidumbre y exclusión por parte de muchos con la reciente “crisis”, es la base sobre la que se han ido edificando las diferentes voces y movimientos en pos de nuevas maneras de hacer y pensar la política, de búsqueda de lo nuevo y del cambio que conlleva.

Pero no nos engañemos, confrontarse con este malestar existente, no consiste solamente en un cambio de políticos y políticas al uso, no es un maquillaje arropado de una nueva retórica aprendida en una lectura de manual del trabajo de G. Lakoff[3] (lectura obligada para nuevos políticos y tertulianos), como si del Libro Rojo se tratara, ni tan solo un supuesto combate ideológico frente a la hegemonía del discurso dominante, como si con el simple abrazo de un nuevo discurso y unas nuevas ideas bondadosas, más o menos ilustradas, comportara una respuesta automática o pauloviana en aras del cambio.

La connivencia y conformación con los modos de hacer del actual capitalismo líquido de consumo, no es simplemente una cuestión ideológica o de adhesión racional a sus narrativas o a sus proclamas descarnadas y ficticias (¿Quién no conoce las estratagemas y juegos palaciegos del PP-PSOE? ¿Quién no está más o menos informado sobre los devaneos de las vestales de IU? ¿Quién no ha oído hablar de la locura maníaca de los “mercados”?, etc.).

 Dicha connivencia con el sistema es básicamente la asunción e interiorización, en gran medida inconsciente, de la mercantilización de las relaciones y de los procesos, donde los vínculos con los otros son mediados a través del mercado. Esta es la resistencia de fondo, ciertamente no la única, que dificulta que “lo nuevo no pueda nacer”. Es, en todo caso, la cuestión de donde depositamos los afectos e identificaciones, que es a la vez, como decía más arriba, un fenómeno individual y colectivo de transferencia y proyección.

La lógica del consumo se infiltra hasta el tuétano, invade más y más las relaciones sociales, somos a través de los objetos, de manera cada vez más acelerada e intercambiable y construimos verdaderas dependencias de sus significados emocionales y simbólicos, socialmente construidos. Cuánta razón tenía Marx cuando hablaba del fetichismo de la mercancía, en unos momentos en que la sociedad de consumo solo podía ser un futurible, con su sutil combinación de placer y decepción.

Nuestra sociedad espectacularizada construye unos sistemas de códigos y señales que lo convierten todo, o casi todo, en una mercancía, incluso lo más terrorífico (ejemplos cotidianos los podemos ver a diario en los informativos televisivos), donde es difícil, a veces, apreciar los límites entre la información y la obscenidad.

Ciertamente, el cómo y el que, ambos, son importantes en lo comunicado. Pero cuando en el torbellino del mercado informativo el mensaje político, para ser escuchado y destacar sobre el resto, se construye como un simple entretenimiento banal (incluso ofensivo) y se convierte en puro espectáculo (sea en una tertulia televisiva o en un debate parlamentario) para ganar algunas cuotas de audiencia (o votos huérfanos), algo nos está diciendo de quien lo dice, la búsqueda del puro dominio al servicio del rendimiento, es decir, el uso de lo emocional al servicio de estrategias omnipotentes, donde la ficción representacional prevalece sobre la experiencia vivida al servicio de lo espectacular, como señalaba G. Debord.

Así, los políticos al uso son consumidos y evacuados como cualquier objeto de consumo, son efímeros y puro simulacro, por eso deben apelar al “relato” (storytelling político), cuya clave es el emocionar, y construir historias para, supuestamente, seducir a la audiencia. De tal modo la resultante, paradójicamente, es una mayor pérdida de la credibilidad y confianza hacia el sistema político dominante.

Cuando se habla de “personal branding” (de hecho, consumo de relaciones) o cuando se mimetizan estrategias políticas como simples estrategias de marketing cabe preguntarse: ¿Dónde están los límites? , ¿Es que asumimos que la acción política, o la política misma (y la supuesta ética consecuente), es un objeto más del gran mercado de la sociedad liquida?

Quizás no le falte sentido a la afirmación de Byung-Chul Han[4] cuando dice: “El sujeto del rendimiento, que se pretende libre, es en realidad un esclavo”... “Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona.”... “No es la multitude cooperante que Antonio Negri eleva a sucesora posmarxista del proletariado, sino la solitude del empresario aislado, enfrentado consigo mismo, explotador voluntario de sí mismo, la que constituye el modo de producción presente”.

Para Han, el régimen neoliberal transforma la explotación ajena en autoexplotación, al revolucionario en un sujeto depresivo y al ciudadano en consumidor, y como tal, dice Han, sin un interés real por la política, en un espectador pasivo en una “democracia de espectadores”, en la que la revolución ya no es posible.

Ante esta reflexión demoledora de Han, a modo de un bisturí casi-paralizante, Marina Garcés, en un artículo publicado en El País[5], contrapone una dura crítica hacia los que, como Han, denomina intelectuales “cierra-puertas”. Dice M. Garcés: “¿Es que las multitudes que madrugan para ir a trabajar cada mañana o que llenan las listas del paro de este país y de tantos otros son usuarios complacidos de un sistema en el que desean libremente ingresar? ... “Los movimientos sociales y los emprendimientos cooperativos que, en tantas partes del mundo hoy, autonomizan su capacidad de gestión y de creación de formas de vida, ¿qué hacen sino proponer y plantear concretamente formas de reapropiación colectiva de la vida?”. Finaliza el artículo diciendo: “Lo que ha cambiado no es la posibilidad de la revolución sino su forma y concepción histórica.”... “Más allá de la historia política de las revoluciones, hoy se impone la intempestividad de las revoluciones que ya están teniendo lugar. Si el poder no quiere verlas, nosotros sí.”

Comparto en gran medida la opinión de M. Garcés, pero ante lo que entiendo como cierto ejercicio de optimismo de la voluntad, por su parte, me parece necesaria, como contraste, la incisiva opinión de Han, que quizás nos ayude a mirar más hacia nosotros mismos sin dejarnos llevar por la idealización de lo externo, o ¿es que las multitudes que madrugan para ir a trabajar cada mañana no ejercen su capacidad de decisión y elección en las colas del Corte Ingles o en las Apple Store de cualquier ciudad?

El cambio político hacia lo nuevo-que-“no puede nacer” requiere de un cambio en mayúsculas, de amplias dimensiones, obviamente un cambio para destronar al sistema de los sátrapas, insaciables y hacedores de crisis, de los corruptos, insensibles con los débiles y excluidos, y de los mediocres, encumbrados en ciertos ámbitos de poder.

En el manifiesto “Ultima llamada”[6] (Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización”), publicado en verano del 2014 y firmado por un amplio abanico de personas, más o menos públicas, situadas en el ámbito de las izquierdas (si se me permite su ubicación en el eje de las abscisas cartesianas), se decía: “Los ciudadanos y ciudadanas europeos, en su gran mayoría, asumen la idea de que la sociedad de consumo actual puede “mejorar” hacia el futuro (y que debería hacerlo)”... La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta.”... Para ello van a ser necesarios cambios radicales en los modos de vida,...”... “Pero esta Gran Transformación se topa con dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados.”... “Hoy, en el Estado español, el despertar de dignidad y democracia que supuso el 15M (desde la primavera de 2011) está gestando un proceso constituyente que abre posibilidades para otras formas de organización social.”

Los obstáculos titánicos a esta Transformación, además de lo citado, no solo están fuera de nosotros, también están más o menos instalados en nuestras mentes, individuales y colectivas, en forma de resistencias cotidianas inconscientes, como supuesto remedio ante la creciente incertidumbre, inseguridad y desprotección que impregnan las existencias. Estas resistencias, de una forma u de otra, se han manifestado a lo largo de la historia, y se manifiestan hoy por doquier a través del espectro del espejismo consumista, pues como decía, la conformación y aquiescencia con las entrañas del sistema, generadas por diversos miedos, no se cambia simplemente con la voluntad y la racionalidad política e ideológica, tan apreciada por lo voceros de la “casta” y a veces, tengo la impresión, por ciertos militantes “anti-casta”.

A mi entender, dicha Transformación debe conllevar un cambio en la forma de organizar nuestras experiencias vividas, un cambio en las formas del pensar las cosas y los hechos, un cambio en el vínculo, emocional y afectivo, con los otros, es decir, un cambio de los sujetos en comunidad, sin lo cual este cambio en mayúsculas “no puede nacer”, porque es un todo inextricable.

Hemos podido aprender que esta Transformación poco tiene que ver con las tomas de los Palacios de Inverno y que las nuevas ideas tienen una gran fuerza disruptiva cuando son expresadas e implican atravesar diferentes situaciones de crisis y por ello suponen necesariamente momentos de desorganización, dolor y frustración, nada que ver con la fantasías omnipotentes del llamado pensamiento positivo[7], tan funcional al propio sistema.




Marcel Cirera                                                                                             Febrero 2015




[1] A. Gramsci. Quaderni del carcere. Volume primo Quaderni 1-5, Giulio Einaudi editore, 1977.
[2] Bion denomino esta “mentalidad grupal” como “supuesto básico”, impulsos emocionales inconscientes         subyacentes en un grupo.
[3] G. Lakoff. No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político. UCM. Ed. Complutense, 2007.
[4] Byung-Chul Han, Psicopolitica. Ed. Herder, 2014
[5] Marina Garcés, La revolución de lo posible. El País, 26.12.14
[7] El pensamiento positivo: un pensamiento sin pensador. Marcel Cirera. 2.15. http://blog.metaforo.es/2015/03/el-pensamiento-positivo-un-pensamiento.html

miércoles, 4 de marzo de 2015

El pensamiento positivo: un pensamiento sin pensador


" Todo se soporta en esta vida/ menos una sucesión de buenos días" (Goethe)

Un fantasma angelical recorre el mundo: el pensamiento positivo. Una pléyade de profetas (coaches, trainers y consultores variados) anuncia por doquier su poder salvífico.

Nacido hace ya bastante tiempo en la América profunda (USA), de la mano de unos predicadores e impregnado del puritanismo calvinista, hoy señorea a sus anchas por los más diversos confines de la tierra, profesiones y actividades diversas, con el objetivo de lubricar los males contemporáneos de las gentes y ofrecer caminos de éxito y felicidad.

¿Pensamiento positivo?, suena casi a oxímoron. Pero, vayamos por partes.

Recuerdo una conocida anécdota en la que Van Gaal, entrenador del Barça, dijo en una rueda de prensa, dirigiéndose a unos periodistas a los que recriminaba crear mal ambiente en el club: “tu interpretación siempre negativa, nunca positiva” (pronunciado al estilo neerlandés, la “v” suena como una “f”). Casi suficiente para entender lo malo y lo bueno. Si lo pensamos de nosotros mismos (¿soy positivo o negativo?), parece claro lo que tenderemos a responder.

Los sinónimos de “positivo” no dejan lugar a dudas: afirmativo, cierto, verdadero, inequívoco, bueno, optimista, efectivo, practico, pragmático, etc. El adjetivo “positivo”, sería como una metáfora “muerta” (los lingüistas me corregirán) que conceptualmente puede organizarse por metáforas orientacionales como por ej. arriba/abajo y derecha/ izquierda, con lo que lo “positivo” es “arriba” y lo “negativo” es “abajo”; lo “positivo” es “derecha” y lo “negativo” es “izquierda”.

Y más allá, asociativamente, podemos pensar que “lo positivo” es lo “feliz”, lo “bueno”, lo “racional”, la “virtud”, etc. El campo semántico de lo “positivo” está labrado hace tiempo.

El “pensamiento” es un proceso complejo en sus diversas dimensiones. El pensamiento como fenómeno mental probablemente supone la fluctuación y oscilación entre estados mentales de disgregación o dispersión y de integración (esta sería la matriz del pensar en la epistemología de Bion). Supone la ausencia o un “vacío” que es necesario tolerar y contener. En su origen el pensar, según él, tendría que ver con la capacidad del reverie materno para recibir y transformar la identificación proyectiva comunicativa del bebe. El desarrollo del pensamiento seria análogo al proceso “digestivo”, un proceso capaz de conjugar la expectativa de una satisfacción y la tolerancia a la frustración o ausencia de la misma, lo que daría paso a una emergencia del símbolo.

Esta visión sobre el pensamiento, parece claro que poco tiene que ver con lo que pregonan los apóstoles del pensamiento positivo, que más bien sería una papilla fácilmente digerible y excretable, como un mensaje a lo Prozac, mágico, bueno,  commodity ataráxico para  tiempos turbulentos.

Más allá de sus términos (“pensamiento” y “positivo”), veamos qué es lo que se enuncia y pretende transmitir con el concepto pensamiento positivo, pues a pesar de su notable extensión y aplicación en muy diferentes ámbitos (encontrar pareja, adelgazarse, enfrentarse con una enfermedad, maneras de hacerse rico, gestionar adecuadamente una empresa, ser un buen líder, etc.) podemos conjeturar unos significados y efectos comunes en el uso de dicho concepto.

Cuando se dice, “Hay que ser positivo”, y variantes de lo mismo, es una apelación a la idea de ser optimista y que siendo optimista, y por tanto positivo o pensando en positivo, tendrás resultados también positivos (sea en salud, éxito o prosperidad) y viceversa. Estos enunciados se repiten hasta la saciedad por parte de coaches y libros de autoayuda, de la misma manera que la repetición de dichos enunciados por parte de uno mismo es una de las prescripciones de los expertos, y si es necesario ayudándose de variadas técnicas de “relajación”. Una de las frases atribuidas a Dale Carnegie (clásico inspirador del pensamiento positivo y autor del, todavía hoy, superventas “Como ganar amigos e influir sobre las personas”) decía “Better and better every day”.

Sin duda, parece que esta manera de hacer es bienvenida y aceptada aunque sea un camino del “más de lo mismo”, si no triunfas o no consigues tu objetivo la respuesta es persistir o que no te has aplicado lo suficiente y debes seguir y seguir. Pero es que además el pensamiento positivo, en sus diversas y variadas expresiones, plantea la paradoja de ser optimista, ser feliz, o lo que sea, a través de una obligación en la cual uno está atrapado, con la consecuencia de que el no lograrlo comporta un sentimiento de culpa por no estar a la altura o no saber. En el fondo es una pedagogía con el tufillo del duro puritanismo (tu obligación tiene que agradarte), eso sí, bajo un manto cosmético que abona el simulacro.

¿Qué pasa si tengo pensamientos negativos? Pues las recetas, más o menos adornadas, consisten en reprimir y bloquear el malestar, negar los sentimientos. Ya sabemos que pasa cuando esto sucede, que vuelve a aparecer lo mismo bajo otra forma y no sería nada extraño que ese malestar negado se encarnara en el propio cuerpo.

En consecuencia la negación y disociación de la experiencia emocional y la no tolerancia a la frustración imposibilita la emergencia del sentido, de ahí que el pensamiento positivo se funde en un tipo de pensar- sin- pensamiento, es decir, una especie de rigidez del mundo representativo o una puesta en acto de lo perceptivo sin proceso de mentalización. Este es el sentido del pensamiento positivo como oxímoron.

En diferentes eventos, grupos de autoayuda o conferencias de gurús del pensamiento positivo, en su éxtasis se llega a afirmar que “hay que evitar a las personas negativas” y obviamente relacionarse con las que son como tú deberías ser, positivas.

“Evitar a las personas negativas” es como decir “El infierno son los otros” (acto final de la obra teatral de J.P. Sartre, “A puerta cerrada”), bonito colofón sobre como el pensamiento positivo entiende la empatía y a la vez un claro ejemplo de pensamiento esquizoide.

Podríamos seguir con la infinidad de recetas propias de esta manera de entender las cosas, pero todas repiten y dan vueltas sobre lo dicho, como una especie de pensamiento “zombi” (seres sin alma, cuyo destino es tragar y tragar).

En definitiva, el pensamiento positivo apelando a una cosmetización de las experiencias, al simulacro y al imperativo del más y más deviene una buena pócima, unas veces mágica y otras arropadas en cierto cientifismo, para soportar aparentemente los ritmos trepidantes, acelerados y voraces del consumismo líquido.

Sería bueno para nuestro goce y salud mental despertarnos de este sueño terrorífico que es el pensamiento positivo.


Marcel Cirera                                                                                             Febrero 2015