martes, 6 de septiembre de 2016

La insoportable levedad de la evaluación Cualitativa en el trabajo con profesionales de la Salud y sus Organizaciones


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La insoportable levedad de la evaluación Cualitativa en el trabajo con profesionales de la Salud y sus Organizaciones

Dr. Oriol Ramis Juan (Epirus Consultoría)


viernes, 2 de septiembre de 2016

Conjeturas sobre la necesaria reparación del vínculo grupal


Mirar y poner el acento en los vínculos grupales afectivos es a mi entender una necesidad más que urgente hoy en día, una necesidad para todos, pues, con frecuencia prevalecen tendencias a la desvinculación con el otro, encerrándonos en un reducto individualizante, para así, supuestamente, evitar malestares diversos, la incertidumbre actual y la aceleración cotidiana. A su vez, esta desvinculación nos nubla la vista con una ensoñación de comodidades y capacidades ilimitadas al abasto de la mano con un solo clic.

Decir que las dinámicas sociales, de todo tipo, afectan a nuestro bienestar como sujetos es casi una obviedad y a la vez algo demasiado negligido, o esto es lo que parece, cuando observamos ciertos fenómenos sociales muy actuales, como por ejemplo el populismo creciente (versión Trump, etc.), la xenofobia rampante de muchos europeos, o las recientes y desgraciadas migraciones y deportaciones de las personas “sin nada”, espejos del miedo y del estupor ante la barbarie diplomática.


¿Qué tipo/s de sujeto/s sociales se están construyendo con estos marcos y contextos?





La negligencia de lo vincular es una negligencia del reconocimiento del otro, del diferente, (negligencia de la solidaridad), una negligencia en absoluto ingenua o fortuita sino interesada y promovida por los poderes e instituciones reinantes, por sus estrategias políticas y de dominio, para mantener e incrementar las dosis de codicia y vanidad insaciables al precio que sea, con tal de que continúe danzando la lógica maniaca y destructiva del más y más beneficio.
  
Con demasiada frecuencia estas actitudes son legitimadas desde diversas posiciones políticas, económicas, científicas (ej. la moda de la causalidad genética, etc.) y convenientemente amplificadas por el ansia de espectacularización (¡Todo por la audiencia!) de ciertos medios de “comunicación” (mejor dicho, medios de propaganda directa o sutil), tanto en sus parrillas “informativas” como en las de “entretenimiento”.

Para ello una de las “armas” más utilizadas es la imposición, difusión y propagación del miedo, de políticas del miedo que se fundan en: el terror directo o amenazante (poder armamentístico, deportaciones, exclusiones, etc.); la promoción de la sumisión complaciente (estrategias de seducción narcisista y omnipotente, etc.); la capilarizacion social del miedo a través de los más diversos ámbitos (miedos alimentarios, miedos en el cuidado de la salud, etc.); y en consecuencia con el desarrollo de determinadas prácticas para mantener, supuestamente, una “calidad de vida” que nos hará sentir triunfantes y felices.
 
Por otra parte, dicha negligencia de las emociones y sentimientos más vinculatorios (confianza, placer-alegría, curiosidad, conocimiento, etc.)  parece encarnarse con fuerza renovada en el seno de la sociedad actual, o en gran parte de ella, a través de conductas resignadas, sumisas o de asunción, consiente o no, del sentido de aquello que nos han dicho con tanta insistencia: “There is no alternative” (M. Thatcher se refería al neoliberalismo en un sentido global).

Ante este panorama, que es sistémico, cabe preguntarse por las actitudes y conductas de las gentes, de las poblaciones que sufren, conllevan o asumen unas formas de “convivencia” destructivas, o cuando menos generadoras de malestar, aunque a veces la negación y las propias defensas nos hagan fantasear con algo distinto. No por casualidad constatamos, en nuestros entornos, un aumento disparatado del consumo de psicofármacos, entre otros tipos de consumos “anestesiantes”.

Distinguiré al respecto, grosso modo, tres grandes actitudes y conductas sociales, no como compartimentos estancos pues con frecuencia se solapan y conviven.

Una parte de la población asume y se hace suyas dichas políticas destructivas (lo corrupto, como sabemos, no es cosa de unos cuantos), identificándose directamente con el agresor o integrándose en él, en un esquema relacional que podemos calificar de sado-masoquista.

Otra parte de la población protesta y se rebela activamente (ej. 15M, primaveras árabes, etc.), elabora y articula alternativas que, aunque provisionalmente derrotadas, pueden ser germen de esperanza, solidaridad y de unos vínculos más humanos.

Por último, una gran mayoría convive, conlleva y colusiona con la negligencia vinculatoria, con la desvinculación y la ignorancia del otro (ej. gran parte de las poblaciones otorgan sus votos a políticos convictos y confesos de corrupción o simplemente embaucadores), pues las bambalinas de la aparente confortabilidad, la adaptación a los miedos sociales y la evitación de los sentimientos de exclusión son mucho más atractivos (en el sentido motivacional) que las dosis de sufrimiento que comporta todo cambio y la necesaria tolerancia de una espera madurativa y reparadora de lo que aún no es posible.

El ataque a las emociones vinculatorias, la interiorización (individual y grupal) de la negligencia de unos vínculos maduros e integradores (solidarios) y del consecuente malestar cotidiano, más o menos consciente, tiene unas consecuencias evidentes, justo al lado, observables con solo levantar la vista o abrir el periódico del día.

Así por ejemplo, las polémicas “cazas” de “burquinis” desatadas en la Francia[1] laica pueden representar, entre otros aspectos, la exclusión de lo diferente, la disociación del miedo y del malestar proyectados en un colectivo frágil.

El reciente pánico en Platja D’Aro[2], en forma de estampida callejera, generado por la tropelía de unos turistas euforizados, es como una clara interiorización de unos miedos persecutorios, convenientemente inoculados.

Y, ¿Qué decir de los apasionados seguidores del profeta-Trump? Parece que amplios y diversos grupos comparten una actitud mental, encarnada en la fascinación por Trump,  basada en el ataque, la hostilidad y en todo un cortejo de emociones primarias (ira, asco, miedo, pánico) y sentimientos destructivos (envidia, odio, desprecio, etc.) hacia los considerados “malos”, operando bajo una supuesta lógica del “ojo por ojo”.



En un reciente artículo[3] sobre Donald J. Trump, G. Lakoff decía, “La gente está enojada y él habla a su ira” . Es decir, Trump se dirige a aquella gran mayoría (con especificidad USA) a la que me refería anteriormente y lo expresa diciendo: “Estos son los hombres y mujeres olvidados de nuestro país. La gente que trabaja duro pero que ya no tiene voz. YO SOY VUESTRA VOZ” (las mayúsculas estaban en la versión impresa del discurso distribuida por la campaña de Trump)[4].

Este desprecio y ataque directo a las relaciones vinculares lo podemos visualizar dramáticamente en el fenómeno de los refugiados y excluidos, que huyendo de la miseria y la destrucción se les condena a un gueto físico y mental, donde el sufrimiento tiene unas claras consecuencias no solo en la vida presente de multitud de personas sino también en la futuras generaciones.

Esta situación tan actual, dramática y triste como la que más, traumatiza terriblemente la vida de hombres y mujeres, de familias enteras y, lo más grave aún, traumatiza a miles de niños, quizás de por vida, al afectar los primeros vínculos, básicos para su desarrollo emocional y social.

Entre otros aspectos, dicho ataque pone de relieve, al menos, tres consecuencias graves para los sujetos sufrientes: la creación del caldo de cultivo para la emergencia de emociones y sentimientos desestructurantes (resentimiento, odio, envidia, ira, desconfianza, desesperanza, etc.); la dificultad para la elaboración del duelo y su reparación (espejo de la desmemoria reciente de las democracias liberales y también de su incapacidad, o la de no pocos colectivos, para elaborar sus propios traumas, como son los millones de muertos en los campos nazis, el genocidio y olvido pertinaz del franquismo y sus herederos, etc.); y por último, la pervivencia y transmisión intergeneracional de los traumas, aspecto éste cada vez más conocido[5].

Quiero insistir en la dimensión o visión grupal de todo lo anterior. Hoy sabemos bien que cada uno de nosotros, como sujetos individuales, nos construimos en un marco relacional, grupal, ambiental-cultural, es decir, los vínculos con los otros y el grupo son “locus nascendi del sujeto” (J. Moreno), son “matriz modeladora del psiquismo” (Foulkes). El grupo es instituyente del sujeto y a la vez éste es instituyente del grupo. El grupo o los grupos son instancias de mediación, articulación y vínculo entre lo social y el sujeto, espacios de construcción de necesidades, fantasías, tareas conscientes e inconscientes.

En este sentido, para que las estrategias destructivas de los mejores vínculos sociales aparezcan y se desarrollen como repetición, necesitan de un contexto favorable que, a mi modo de ver, J.L. Tizón caracteriza muy acertadamente como Organización social (psicopatológica) perversa.

Dice Tizón[6]: “la importancia del fetichismo, de las diversas formas exageradas de agresión intraespecífica, la defensa ideológica que se hace (con nuestros fondos) de esos ‘excelentes sistemas políticos’ y ‘formas de transición’, las capacidades de ‘entrar en la mente’ y (el cuerpo) del otro con placer o fruición en esa entrada no aceptada, la elección incluso como presidentes de los países más poderosos de la Tierra de dos espías o directivos de espías (Bush y Putin), ¿qué otra cosa pueden hacernos pensar sino en la organización perversa de la relación? Que es una defensa contra la psicosis, no lo olvidemos. Como las defensas obsesivas, desde luego. Pero una defensa bastante primitiva, parcial y peligrosa para el desarrollo del individuo y de la especie. El control perverso como defensa contra la persecución y el caos...”

Y continua diciendo: “Solo así puede explicarse la baja capacidad de reacción de las poblaciones europeas...el miedo está anidado profundamente en nuestras relaciones personales, sociales y, por supuesto, ha troquelado nuestro sistema nervioso, produciendo incluso límites biológicos para el uso de la libertad (que siempre significa afrontar el miedo). Todo ello no puede aguantarse si no es en un medio social muy dominado también por la perversión o el terror psicótico.”

Como decía anteriormente, la construcción del sujeto y sus vínculos se realiza a través del espacio grupal (desde los pequeños grupos, como la familia, a los grandes grupos, incluido los grandes colectivos sociales de todo tipo), en un sin fin de interacciones e introyecciones que nos constituyen como sujetos sociales y que conforman culturas y mentalidades grupales, de diferente nivel, naturaleza o tamaño. En dichas interacciones las dinámicas inconscientes suelen ser prevalentes, incluso cuando pueda parecer que están estructuradas con unas lógicas o discursos racionales (ej. un partido político, una institución, etc.). Otra cosa es la dificultad que tenemos de mirar desde una visión grupal o reconocernos como sujetos portadores de lo grupal (fantasías, ilusiones, etc.).

Así, en todo espacio grupal se conforma un estado mental homogéneo y compartido, generado a través de las identificaciones proyectivas mutuas, de donde emerge una adhesión inconsciente a las fantasías y mitos propios de cada grupo. De tal forma, en la vida de cada grupo existe una experiencia emocional, primaria, universal e inconsciente, que se contrapone o correlaciona con el objetivo o tarea que dicho grupo se propone llevar a término (estas diferentes dinámicas del grupo, Bion[7] las teorizó como “Grupo de Supuesto Básico”  y “Grupo de Trabajo”).

Todo ello hasta hace poco eran conjeturas, constructos o teorías psicológicas (no por ello menos científicas, si lo miramos desde la óptica de las teorías de los sistemas complejos y no lineales) basadas en la clínica y la experiencia, pero en los últimos años, desde la óptica de la experimentación neurocientifica, se constata también que por ej. los conflictos sociales pueden ser desencadenantes de traumas no solo mentales sino somáticos y que la simple interacción con lo externo modifica nuestra estructura y funcionalismo cerebral.

Me refiero, por ejemplo, a investigaciones que correlacionan las carencias y traumas sociales y determinadas afectaciones  de la corteza cerebral (Hubel, 1967); trabajos que evidencian que el desarrollo cortical es extremadamente sensible a los estímulos externos (MIT, 2002); o los estudios sobre la plasticidad neuronal y la memoria (Kandel, 2005).

En este sentido podemos pensar el amplio abasto que tienen y tendrán, sobre los sujetos, los vínculos y los grupos sociales respectivos,  la masacres y genocidio del pueblo sirio o la duradera catástrofe de los refugiados y deportados que deambulan por Europa, en cuanto a los efectos traumáticos (físicos y mentales) presentes y los transmitidos entre generaciones.

Probablemente, como sabemos por la experiencia de “nuestra Guerra Civil” u otras experiencias, entre los refugiados y deportados se instalara como grupo, o mejor dicho se instituirá, lo que V. Volkan denomina como “trauma escogido” ( y consecuentes duelos paranoides, negaciones, etc.), repetido generación tras generación, porque las ansiedades persecutorias habrán invadido la vida mental y la vida social (Tizón, 2013), si no somos (cuestión sistémica) capaces de elaborar y reparar este trauma y duelo colectivo.

Por último, a modo de conjeturación, entiendo que en las actuales sociedades tardocapitalistas, “liquidas” y consumistas, parecen existir, ostensiblemente, unas potentes dinámicas inconscientes grupales que oscilan entre unos comportamientos ensimismados y unos comportamientos fusionales (E. Hopper, 2003, hablaba de Incohesión/masificación), entre otros dinamismos ya señalados.

El comportamiento “ensimismado”, se trataría de un narcisismo social, aparentemente no-grupal, asociado a un complejo fantasioso y defensivo, que ante las ansiedades y turbulencias intolerables los sujetos se encapsularían en sí mismos. Pensemos por ejemplo en los muchos sujetos que deambulan por nuestras calles adheridos protésicamente a un smartphone, o mejor, la escena reconocible de una pareja sentados cara a cara embelesados con su respectiva “cosita”; situaciones de shopping en un centro comercial, como ocio de un sábado por la tarde; probablemente parte de los actos de consumo actuales y su voracidad implícita (intensas motivaciones de incorporación, posesión, etc.), también lo ilustren ( F. Dogana,1980, lo denominaba “perversión consumidora”); etc.
   
El comportamiento “fusional”, sería un estado mental de narcisismo fusional en el que fantasiosamente uno formaría parte, pasivamente, de un todo idealizado, omnipotente y carismático. Por ejemplo, hemos visto que Trump apelaba a los olvidados, mayoría silenciosa, diciendo “Yo soy vuestra voz”; esta dinámica “fusional” podemos verla también en el seguidismo ciego y mortífero de los yihadistas y paradójicamente en ciertos grupos (extremas y nuevas derechas europeas, etc.) que los combaten; podemos encontrar elementos de respuesta “fusional” en los automatismos movilizados por la introyección masiva del miedo; etc.

Ambas dinámicas tienen en común, en mayor o menor intensidad, la elusión del pensamiento y la merma de las capacidades elaborativas, junto a una regresión grupal y reacciones de negación, disociación y proyección. Así, ante las catástrofes sociales actuales y situaciones vividas como amenazantes y perturbadoras, ante la incertidumbre, desasosiego y aceleración cotidianas estas dinámicas mentales actúan como acomodación defensiva y negligente, oscilando de una a otra posición y vinculando a los sujetos y grupos a la repetición y no-cambio. Como ya he señalado, estos estados mentales grupales se intercalan con otros, que obvio comentar.

En las sociedades actuales es como si necesitáramos activar continuamente nuestros sistemas defensivos, individuales y grupales. En esta línea, Z. Bauman[8] señala que nuestra sociedad siendo la más segura de todos los tiempos (sistemas de seguridad de todo tipo, leyes, cárceles llenas, etc.) también es la más miedosa y U. Beck[9] la caracteriza como sociedad de los riesgos.

En fin, si el sistema de vida actual (creación colectiva y sistémica, ¡no lo olvidemos!) ataca, cuando no destruye, los vínculos afectivos básicos y otros vínculos de carácter positivo, imponiendo a su vez su poder, sus crisis, sus guerras y malestares de todo tipo, queda por ver, sobre todo en lo vincular-grupal, hasta dónde puede llegar nuestra capacidad de resistencia y compromiso con el pensamiento, la reparación emocional y la solidaridad.

   
Marcel Cirera                                                                              Agosto, 2016   




[1] El día 26.8.18 la justicia francesa suspende la prohibición del burkini, http://www.lavanguardia.com/internacional/20160826/404209624500/justicia-francesa-suspende-prohibicion-burkini.html , pero ciertos municipios y parte de la sociedad francesa desoyen la prohibición.
[5] Me he referido a ello en el artículo “Memoria y transmisión intergeneracional del trauma”, http://insightsneuromarketing.blogspot.com.es/2016/08/memoria-y-transmision-intergeneracional.html
[6] J.L. Tizón, La insoportable venalidad del mal. Temas de psicoanálisis, Núm. 6 Julio 2013 y “Psicopatología del poder”, Herder Editorial, 2015
[7] Bion, W.R. “Experiencias en grupos”, Paidós 1980
[8] Bauman, Z. “Miedo liquido”, Paidós, 2007
[9] Beck, U. “La sociedad del riesgo”, Paidós 1998



miércoles, 9 de diciembre de 2015

Mirar más allá del más acá

Conocimiento y autoridad del investigador hoy



Otear el horizonte, mirar más allá de nuestras propias narices, es una necesidad de la propia especie. Creo que fue Tierno Galván que en una ocasión se refería a esta cuestión hablando de los comportamientos de las gallinas. Decía Tierno, unas, las de granja avícola, al estar sometidas a unas determinadas condiciones de temperatura, luz y alimentación picotean sin parar con la cabeza gacha; Otras, las campestres o de hábitats rurales (pocas deben quedar), picotean el maíz y levantan la cabeza.

Actualmente ante la celeridad y vorágine de la vida cotidiana, este levantar la cabeza, a pesar de que pueda resultar incómodo o incluso un incordio, no solo continúa siendo necesario sino que se ha hecho imprescindible para vivir dignamente frente a la anomia y a los torbellinos de confusión e incertidumbre que impregnan nuestras sociedades.

Por descontado, en el ámbito profesional deberíamos levantar la cabeza con más frecuencia, sobre todo los que nos dedicamos al estudio de los comportamientos sociales, para los que la reflexión sobre las propias prácticas y la responsividad autorreflexiva es, a mi entender, una condición. Por razones más o menos obvias, o quizás no tan obvias, en el ámbito del marketing y de la investigación de mercados sería bueno que tomáramos en consideración, más a menudo, aquel ejemplo de Tierno Galván.

Pues bien, en este sentido me propongo centrar la mirada sobre la función del investigador, sobre la influencia de su posición y rol, sus conocimientos y enfoques, asumidos o no, en sus prácticas concretas y en los resultados de su tarea. En concreto me referiré a la función del investigador de mercados, al investigador que estudia los comportamientos y relaciones de consumo en las sociedades actuales, más o menos desarrolladas, y más específicamente al investigador cualitativo.

En todo proceso de investigación, sea del tipo que sea, creo que podemos afirmar que el desempeño y la labor del investigador es un elemento básico en la tarea de conocer y entender. Esta labor y posición del investigador es considerada de maneras muy diversas, incluso contrapuestas, según el enfoque y visión que se tenga del propio investigador y del sistema en el que está inmerso.

La diversidad de enfoques conlleva a su vez unas elecciones también diversas: sobre la propia tarea, sobre la utilización de las técnicas de estudio, sobre la relación con el objeto-sujeto estudiado y en definitiva sobre la mirada y la forma de entender un fenómeno determinado.

Dicha diversidad de enfoques se expresa, sobre todo en el ámbito académico y teórico, a través de una notable variedad de escuelas de pensamiento o adscripciones teórico –metodológicas.  Así en el ámbito cualitativo nos encontramos con: la Teoría Fundamentada, el Interaccionismo Simbólico, el modelo Genético-Estructural, el Fenomenológico, el Etnometodológico, el modelo Etnográfico -naturalista, el modelo Motivacional, el Socioanálisis, entre otros. En el enfoque cuantitativo dominan los métodos más propios del modelo Racionalista-Científico. Más o menos complementarios o contrapuestos cada enfoque ha resaltado su significado o se ha estructurado en base a una forma específica de entender el acto investigativo.

Esta variedad de enfoques y prácticas se puede relacionar con diferentes momentos históricos, aunque se superponen y operan simultáneamente en el presente con sus tensiones y contradicciones. Esta pluralidad teórico -metodológica se ha categorizado de diferentes formas, por ej.: desde un punto de vista histórico (Vidichi y Lyman, Denzin y Lincoln, etc.), por sus atributos y características (Taylor, Ibáñez, etc.), que no dejan de ser construcciones a partir de unos enfoques o paradigmas específicos.

Asumiendo el riesgo de simplificar  podemos decir que desde una óptica epistemológica nos encontramos con dos grandes enfoques, que se corresponden con la polaridad de dos grandes paradigmas (con todas sus variantes): el paradigma positivista (cuya base esta en los métodos de las ciencias naturales)  y el paradigma hermenéutico (teoría y práctica de la interpretación y del sentido a partir de la experiencia simbólica e histórica), entre los cuales también existen diferentes visiones sobre la posición del investigador y el mismo proceso de investigación.

En las rutinas y celeridades cotidianas de cualquier estudio de mercado todo acto de investigación se quiera o no, se sepa o no, y aunque se suponga estar al margen de dichas conceptualizaciones, no podemos evitar que nuestras prácticas como investigadores no estén exentas de algún pre-supuesto teórico o conceptual, sea el que sea. La ingenuidad, una supuesta neutralidad o la negligencia de lo anterior, no nos eximen de estar impregnados de unas formas específicas de entender e interaccionar en el proceso de investigación.

El investigador participa de una cultura y unos paradigmas dominantes, de unas creencias y de unos valores, que legitiman o sancionan unos conocimientos, ideas y verdades en un contexto determinado.

Desde el inicio de la revolución científica en el s.XVII hasta la actualidad, en la cultura occidental ha predominado una visión del mundo y una compresión del propio sujeto basada en el racionalismo, el objetivismo y cientifismo.

Cierto es que durante todo este tiempo, en el mundo de las ideas, han habido visiones discrepantes y contraposiciones ante esta visión dominante, pero desde hace unas décadas hasta hoy parece existir un cierto renacimiento del cientifismo a través de algunas versiones neurocientificas (por no citar las caricaturas de algunos apóstoles del neuromarketing), que ahondan en el reduccionismo y pugnan en aras de una sola forma de legitimación del conocimiento, la científico- experimental, en parte quizás, por la aparición en su momento de un pensamiento “postmoderno” que lo cuestionaba.

Con todo ello, si la mejor denominación para el tipo de conocimiento generado por un investigador social es la de ciencia, ciencia social o hermenéutica es, a mi entender, mucho menos importante que poder apreciar la naturaleza de este conocimiento, su legitimidad y autoridad.

Debido a una complejidad de factores, en los últimos tiempos (en paralelo a la hegemonía de las políticas neoliberales), hemos visto como en el ámbito de la investigación de mercados  se ha impuesto de forma progresiva, capilar y sutil una visión racionalista y objetivista, considerada como la forma “normal de hacer investigación”, con unas prácticas descriptivas e impregnadas de literalidad, a lo sumo con alguna guinda cognitiva, donde el ser humano, que requiere de sistemas de significados, de historia y motivación para construir el mundo, es reducido al dato y al cliché.

Ello apela directamente al rol del propio investigador que se convierte en un “registrador” de “hechos”, ya que los “datos” se “recolectan” y “cazan” o se “fotografían” de lo “dicho” por los “informantes” (más adelante volveré sobre ello). Así, no es de extrañar que los gestores de marketing y los clientes demandantes de estudios ocupen con interés las llamadas salas de visionado, ya que es a ellos a quien se está desplazando el acto interpretativo y el conferir sentido, que deben acoger por su responsabilidad como gestores, a parte de otras consideraciones.

Si bien, como decía más arriba, todo lo anterior no es nuevo, la pérdida y empobrecimiento del rol del investigador se ve reforzada en estos tiempos de autoridades[1] deslegitimadas y gestión cínica de los cuidados. Actualmente prácticamente todas las autoridades han sido atacadas y cuestionadas y por tanto lo que era normativo y adaptativo en otros tiempos no lo es ahora, es decir, en un contexto de ataque a la autoridad cambia la relación con esta. La autoridad del rol del investigador, que es cambiante y contextual, se ve afectada por ello.

Más allá del más acá de estas visiones dominantes y de las barricadas del objetivismo ficticio coexisten actitudes y posiciones capaces de tolerar la incertidumbre actual, entusiasmarse con la curiosidad ante lo desconocido y explorar en la diversidad teórico -metodológica complementariedades interpretativas que superen la idea de la única verdad objetiva.

Y todo ello tanto en el ámbito de la propia investigación como fuera de dicha comunidad, también en las más diversas áreas del conocimiento (desde pensadores sociales como Z. Bauman, pasando por neurocientificos como J. Panksepp, M. Solms, E. Kandel hasta psicoanalistas de los grandes grupos como V. Volkan), que nutren nuestras elecciones y labor como investigadores sociales y de mercado.

Ante esta situación, ¿Que puede enriquecer (en el sentido de augere[2]) el rol del investigador actual?, ¿Que puede significar hoy su conocimiento y autoridad?

Sin ánimo de ofrecer ninguna receta, o norma a seguir para el éxito, paso a conjeturar algunos aspectos que, a mi entender, pueden resignificar dicho rol, con la intención de estar más disponibles y abiertos en la co-construcción de sentido con los otros elementos implicados (demandantes, clientes, sujetos sociales o consumidores).

-  Como cuestión preliminar, al pensar sobre la función del investigador creo que es interesante pensar en términos de rol, o persona en rol, en el sentido de la idea en la mente que vamos construyendo para gestionar lo que hacemos en relación a los requisitos de la situación y sistema en el que uno se encuentra.

Así en el campo de la investigación interactuamos en la construcción de sentido a través de una triada: el sistema o “mente del mercado” (sector o lo que sea), el sistema cliente (con sus complejidades, subsistemas, expectativas e intereses) y el investigador en rol (perteneciente o no a una institución), con sus stakeholders (proveedores de campo, etc.).

Este constructo entiendo que nos puede permitir gestionar mejor nuestra tarea y sobre todo las propias fronteras (de rol, de tarea, etc.), sin las cuales no es posible el ejercicio de la autoridad como investigadores.

-  El investigador es un observador que interactúa (sea en un grupo, una entrevista, etc.), un observador que modifica el objeto observado, se quiera o no, y por tanto afecta y es afectado (¡alguna psicopatología tendría si no lo fuera!) por los sujetos investigados. Reconocer esto es básico para la interpretación y el análisis.

Por tanto, la dimensión subjetiva no solo no debe evitarse, sino que es una condición del conocimiento social, que realizamos cognitivamente y principalmente con nuestros sentimientos, emociones y experiencias vividas.

Nosotros solo podemos conocer, no al otro, sino la relación con el otro. La moderna física cuántica (Heinseberg y el principio de indeterminación, etc.), la filosofía de la ciencia (Kuhn, etc.) y otras disciplinas nos permiten decir que el conocimiento es un proceso dinámico con el otro, resultado de la relación entre el observador-investigador, lo observado y el contexto de observación.

-  “El mapa no es el territorio”, “Ni los números, ni las palabras son los hechos o la cosa”. En el campo de los estudios de mercado no estudiamos cosas (productos, servicios), registrables como datos, sino que estudiamos las relaciones de los sujetos con los objetos (su interiorización, sus identificaciones, sus elecciones y decisiones, etc.) a través de un proceso que a la vez es interactivo e intersubjetivo.

-  De aquí que el conocimiento, como acción que es, es un proceso constructivo de sentido. Decía Epicteto “No son las cosas las que turban a los hombres, sino la idea que se hacen de ellas”. En el mismo sentido Nietzsche argumentaba “No hay hechos, solo interpretaciones”. Al respecto F. Borgogno[3]  considera que “la observación no puede ser considerada como un mero registro de estímulos externos, sino como una verdadera creación, nacida del encuentro entre quien observa y su objeto de estudio”.

El material con el que el investigador está trabajando puede que nunca sea más que la construcción que el investigador hace de la construcción que hace el sujeto/s estudiado de su propio punto de vista.

Desde esta visión entiendo que el proceso constructivo de sentido, en el ámbito de los estudios de mercado, se realiza o mejor dicho debería realizarse tomando en consideración la interacción triangular citada más arriba (investigador-mercado-cliente) a partir del respeto a las fronteras de tarea y rol y a la autoridad de cada cual. La condición de experto del investigador se basa en su comprensión del proceso, lo que ocurre cuando una persona (o grupo) empieza a expresar la propia experiencia y a reflexionar sobre ella en presencia de un oyente entrenado, en un contexto o encuadre altamente estructurado.

- El proceso interpretativo y de co-construcción de sentido se hace a partir de los propios pre-supuestos. Aquí podrimos decir aquello de que si tu no decides decidirá otro por ti. Es decir, todos hemos realizado un determinado aprendizaje, hemos interiorizado unas maneras de comportarnos, y más o menos nos identificamos, consciente o inconscientemente, con unos determinados paradigmas, visiones, y valores y estamos vinculados a la cultura existente.

Es con todo ello, con la mochila lo mejor colocada posible, que emprendemos el viaje de la interpretación. Así pues, podemos decir que todas nuestras formas de comprensión se apoyan en perspectivas.

Puede servir quizá de ejemplo el variado uso que hacemos de los pre-supuestos o perspectivas si vemos la diversidad de denominaciones con las que apelamos al investigador en su acción técnica en un grupo: monitor (“nos guía”), moderador (¡ojo al gallinero!), facilitador, preceptor (J. Ibáñez), prescriptor, dinamizador, conductor, animador, entrevistador de grupo, etc.

-  Por último, volviendo al rol del investigador, en su acción técnica puede actuar de manera empática, contenedora, con sostenimiento o más intencionalmente neutral, actitudes que en todo caso habrá que regular según el momento y la situación, pero siempre actúa participando.

El objetivo no es eludir la influencia, sino continuamente deconstruir o reflexionar sobre ella, con franqueza y autenticidad (aug-, en su sentido más etimológico[4]), a través de la autorreflexión sobre la transferencia y la contratransferencia, fundamentales en el proceso analítico-interpretativo.


Como continuidad a estas reflexiones generales sobre los marcos y posiciones del investigador entiendo que sería conveniente desarrollarlas también (lo dejo para otro momento) sobre el rol del investigador en relación a las prácticas investigativas concretas (Observación, grupos, entrevistas, etc.), para intentar salir de rutinas y estereotipos, para repensar y redefinir la naturaleza de su conocimiento y autoridad hoy.

En definitiva, estas breves consideraciones aforísticas, sentidas y basadas en la experiencia, no pretenden cerrar o estandarizar una posición, sino que las planteo como posibles caminos a explorar en el marco profesional y en nuestra práctica diaria, necesariamente autorreflexiva, pues en cada momento nos estamos confrontando con ellas, tanto en nuestras tareas concretas como en relación a lo cambiante del contexto.

Investigar supone elegir en la incertidumbre. Es obvio que existen tentativas de rodearnos de certezas, de lo que debemos hacer, de teorías o prácticas interiorizadas como normas a seguir, pero ello es un flaco favor a la comprensión de un acto interactivo y cambiante como es todo proceso de investigación.

Los pre-supuestos que todos tenemos no los podemos ignorar como si no existieran, no los podemos negar, de nada sirve la supuesta neutralidad del investigador, sino todo lo contrario, conviene utilizarlos como aspectos que forman parte del proceso y del acto del investigar.

Asumir que desde el inicio hasta el final, desde la elección del objeto de estudio hasta el acto interpretativo y la devolución, estamos decidiendo sobre el proceso de construcción de sentido es una condición ineludible, es más, la decisión la tomamos como sujetos con toda nuestra experiencia y conocimientos saturados de significados culturales.




Marcel Cirera                                                                                    Diciembre 2015
Director

METAFORO                                                                        
Action Research




[1] Me refiero a la autoridad en el sentido de “rol de agente”, con capacidad generativa y de originación, con derecho a crear, que se corresponde y abre la posibilidad a la capacidad de empoderamiento. En su sentido etimológico derivado de la raíz latina aug y augere, que significa expandir, incrementar, que con el tiempo dieron derivados como autor, autorizar y autoridad. También autenticidad (“el que tiene autoridad”). J. Corominas, Diccionario etimológico de la lengua castellana. Gredos.
[2] Ver referencia 1
[3] Franco Borgogno, L’illusione di osservare, Laterza, Roma-Bari 2005
[4] Ver referencia 1

Político nuevo, político viejo. ¿Quién lava más blanco?





Gran parte de los mensajes construidos en las entrañas de la industria mediática y también por los interesados sitúan el panorama político español, y en concreto el 20D, como una especie de confrontación entre “lo viejo” y “lo nuevo” (políticos viejos vs. políticos nuevos; vieja política vs. nueva política, etc.), representada por el PP y PSOE por una parte y Ciudadanos y Podemos por otra.

Según se mire esta confrontación puede ser una ingenua obviedad, una evidencia centrada en un conflicto generacional, o entre los maculados frente a los sin macula por corrupción, o entre supuestos liderazgos horizontales frente a los liderazgos verticales de siempre.

Pero esta mirada de oposición entre “lo viejo” y “lo nuevo” conlleva el problema de convertirse en un claro reduccionismo eufemístico o en una simple figura retórica según el marco en el que es pensado.

Los discursos actuales sobre “lo viejo” y “lo nuevo” los podemos mirar desde otros ámbitos de significado, que a mi modo de ver influyen en el público receptor de los mismos: el de los valores, el publicitario y el propiamente político, los tres íntimamente relacionados.

El primero, el de los valores, asociado a unos niveles primarios de significación, “lo nuevo” representa lo que está por nacer o está naciendo, la vida misma, que en los momentos actuales actúa como valor frente a todo lo que pueda considerarse viejo, que en este sentido remite a lo caduco, a la muerte. Es más, hoy vemos como lo viejo tiende a evitarse, en una sociedad en la que reina la obsolescencia programada, en la que lo nuevo nunca puede madurar y su lógica es la de embellecer y negar la muerte (lo vemos en la mayoría de productos de consumo, en especial los tecnológicos).

Pero quizás, actualmente, lo más preocupante de este enaltecimiento de “lo nuevo” es que suele conllevar la no elaboración de la perdida y del duelo por la cosa que en un momento fue tenida como propia.

Por otra parte, y es de sobra conocido en los ámbitos del marketing, el uso ya de años del término “Nuevo”. Su fuerza está en la promesa de un reabastecimiento de nuestras identidades (en relación a la fuerza emocional del objeto investido), es decir, el nuevo Iphone7 nos devolverá un reflejo prístino de un Yo transformado, inmaculado, dispuesto a embarcarse en una nueva vida efímera (una especie de autoidealización perecedera).

Así mismo, los discursos nuevo/viejo, en nuestro marco político, apelan asociativamente a la necesidad de “hacer limpio” frente a la “suciedad” (corrupción, el Régimen del 78 -para unos, no para otros-) o lo que es lo mismo el orden (lo limpio) frente al caos (lo sucio).

No olvidemos que las dos fuerzas emergentes, Podemos y Ciudadanos, que en cuanto a lo que simbolizan se parecen como un huevo y una gallina y en lo simbolizado pueden homologarse, por algunas de sus prácticas mediáticas o ciertos actitudes de sus líderes, ambas son, o casi son, vírgenes e inmaculadas en el ejercicio del poder.

Ellos representan lo limpio (Katharós) y enarbolan, de una forma o de otra, la legitima kátharsis. Pero, tomemos nota de lo que le paso en su momento a Giorgos Papandreu, portavoz de la kátharsis en Grecia, en la que actualmente el PASOK es nada menos que residual.

Por último, sobre todo en nuestras coordenadas sociopolíticas, podemos ver que la arena política se configura como una especie de escenario donde rigen las leyes del simulacro, donde votar o adherirse a una opinión política es como comprar un objeto de consumo y un determinado relato, más o menos efímeros.

De aquí que los estrategas de las formaciones políticas (enfundados en el rol de “politólogos”, que suena muy científico) busquen denodadamente a lo que aspira cualquier producto para posicionarse adecuadamente en la mente de los consumidores, captar la atención, despertar interés, ser creíble y “enganchar” motivacionalmente para mantener su fidelidad.

En este sentido actúa también la lógica nuevo /viejo, “los nuevos”, la “nueva política” (de hecho nadie acepta ser “viejo”, ni el PP, ni el PSOE), donde los liderazgos políticos emergentes, con algunos matices y varias coincidencias, pugnan por aparecer como figuras estelares a la caza de su segmento de mercado, en resonancia con unos imaginarios colectivos que se van construyendo.

Por todo ello no es casualidad la percepción de cierto mesianismo con rasgos omnipotentes encarnada, asumida y/o proyectada, en los líderes políticos en los escenarios descritos, pero esta percepción brilla a un más en los que se proclaman como portadores de lo “nuevo”.

En los momentos de crisis y de grandes incertidumbres, como las actuales, buena parte de las gentes se refugian en las políticas de seguridad y en las promesas maniacas de líderes narcisistas. De ello tenemos ejemplos por doquier.

Salvando las distancias de contexto y trayectoria política el presidente Hollande que, antes de los atentados de 13N en Paris, tenía una imagen y unos índices de aceptación por los suelos, el estilo de liderazgo que pone en marcha después de la fecha, describiendo los atentados como un acto de guerra, le supone que el 74% de los franceses aprueben su gestión en dicha crisis y el 84% acepte subordinar determinadas libertades al imperio de la seguridad.

Hollande gano credibilidad, pero unas semanas más tarde podíamos ver como el Front National (extrema derecha francesa) ganaba la primera vuelta de las elecciones regionales francesas (6 regiones de 12 y aproximadamente un 30% de votos).

Apuntarse a las recetas simples, efímeras, de fácil digestión, no solo no garantiza la eficacia de las respectivas políticas sino que se aleja de una necesaria ética política, que propicie la madurez, la tolerancia y la capacidad de elaboración de las pérdidas que todo cambio conlleva, tan distante de posiciones omnipotentes, en especial para los que se dicen defensores de los de abajo.    
  

nctual, ians,    
Marcel Cirera                                                                                                         Diciembre 2015

martes, 15 de septiembre de 2015

Posibles imaginarios de un conflicto


El padre-estado, la madre-patria y los hermanos.



Entre tú y yo. Antony Gormley. Musée d'Art Moderne St Etienne, France, 2008. Foto. Y. Bresson



Los grupos grandes

Todos los grupos humanos, tanto los más o menos reducidos como los grandes grupos (incluso de millones de personas), o tanto los "naturales" - desarrollados socialmente (una familia, un grupo de amigos, etc.) como los creados de forma "artificial" (grupo terapéutico, grupo de formación, etc.), producen unos relatos o discursos que los caracterizan y diferencian como grupo con una determinada cultura.

Estos relatos son unas construcciones que tienen su base originaria en las fantasías e imaginarios inconscientes que estructuran los respectivos grupos, es decir, como formaciones de compromiso inconsciente propias, entre los deseos / temores o amenazas (ansiedades) y sus defensas. Son propios de la vida de los grupos y los encontramos más o menos permanentes en el tiempo y modificados parcialmente en relación al contexto histórico-social.

Dichos imaginarios los vemos emerger, o a veces estallar repentina y violentamente, a través de situaciones de confrontación de intereses, ideológica, etc. que se dan más o menos cotidianamente.

Pero es en situaciones de conflicto entre grandes grupos que esta confrontación puede adquirir unos niveles exponenciales de violencia, ya que en ellos prevalecen los elementos grupales más primitivos y disociados.

Con diferentes expresiones y formas esta confrontación violenta la podemos ver hoy, de manera dramática, en la peregrinación de los emigrantes que luchan por sobrevivir atravesando el Mediterráneo y Europa Central o esperando en Calais la entrada en el "paraíso".

También lo podemos ver cuando un determinado grupo humano se siente atacado o perseguido por otro, que considera a aquel como rebelde (por ej. El conflicto Ruso-Ucraniano); o cuando un grupo se siente portador de una misión o de una verdad que debe imponer a otro, a menudo de forma perversa (por ej. la actuación del Estado Islámico (EI) o la de Hitler); o cuando el primer caso desemboca en el segundo, como por ej. la actuación de Serbia en la guerra de los Balcanes o de la ex-Yugoslavia. Son ejemplos que podemos encontrar en cualquier parte, con determinada intensidad, en cada conflicto social y político.

Centrándonos en los grandes grupos que conforman países, podemos observar que estas dinámicas conflictivas se manifiestan de manera singular si se trata de grandes grupos o comunidades en conflicto dentro de un mismo estado, constituido en un territorio, que se identifica como Estado-nación, donde en una parte de éste hay, a la vez, un grupo humano que se identifica como una formación nacional (aunque pueda tener ciertas atribuciones administrativas o estatales como colectivo). Este es el caso de Catalunya / España; Reino Unido / Escocia; Israel / Palestina; etc., cada caso con sus especificidades.

Imaginarios de un conflicto

Desde la mirada sobre los grandes grupos intentaré conjeturar algunas ideas sobre el conflicto existente actualmente entre España y Catalunya, más allá de las visiones y debates políticos estrictos, o mejor dicho, sobre los imaginarios grupales en que éstas se sustentan.

Mi intención, en estas notas, es centrarme en la emergencia del actual conflicto entre imaginarios. Ni que decir, que es una forma de mirar, entre otras (histórica, política, etc.), demasiado a menudo arrinconada o colocada en el baúl de los trastos inútiles, como si los procesos de pertenencia grupal, las identificaciones colectivas, la producción de imaginarios y las identidades no estuvieran en el núcleo de nuestra vida individual y social.

Vale decir, como primera cuestión básica, que en todas las colectividades organizadas (en relación a lo social) y estructuradas (en relación al poder político) ha existido y existe, según las coyunturas o marcos históricos, la preocupación primaria por expulsar o anular la heterogeneidad de su interior, vivida como una amenaza a su cohesión. Estas diferencias a menudo son consideradas como fuente de litigios.

A la vez, la construcción y afirmación de la identidad de un grupo es un proceso originario, básico, conflictivo y complejo en su desarrollo, que depende de su realidad interna y externa, de la delimitación de lo que está dentro y de lo que está fuera del grupo en cuestión.

La dificultad para tolerar o incluso la voluntad de aniquilar la heterogeneidad y la diferencia y la pugna por las afirmaciones identitarias están ancladas en las relaciones históricas entre Catalunya y España.

Desde tiempos históricos lejanos se han ido construyendo dos representaciones colectivas, grosso modo, que tienen sus raíces en unas formas de organización productiva, social, política (bien documentado por autores como J. Fontana, P. Vilar, entre otros), en unas lenguas y culturas diversas y, en definitiva, en unas maneras de hacer propias, que en su tiempo Valentí Almirall denominó "el carácter" [1]; por cierto, uno de los primeros autores que se plantea abiertamente esta cuestión.

Estas dos representaciones colectivas, España y Catalunya, se estructuran cada una a partir de un mecanismo de doble identificación, uno entre los miembros de la comunidad y el otro a través de figuras idealizadas (personas o eventos), como un ideal del Yo -colectivo. Estos mecanismos de identificación nos muestran las notables diferencias en cuanto a las respectivas mentalidades y culturas grupales.

El conflicto entre los actuales imaginarios de Cataluña y España, que se hace ostensiblemente visible a partir de principios de este siglo, hay que enmarcarlo a partir de dos elementos básicos y un tercero que es su corolario. Los tres tienen ver con la representación (y vivencia) del contexto sociocultural actual[2].

El primer elemento es la vivencia de un contexto global de incertidumbre y miedos generalizados, que J.L.Tizón[3] caracteriza, en mi opinión, muy acertadamente como propio de una "organización relacional perversa".

El segundo elemento, muy notorio en el Estado Español, es el que se ha denominado como crisis del modelo de la Transición (la debilidad de las instituciones democráticas, etc.) que tiene su contraparte en los movimientos sociales que eclosionaron, en las plazas de pueblos y ciudades, al grito de "no nos representan", poniendo en cuestión la representatividad de los electos y el funcionamiento del sistema.

El tercer elemento, corolario de los anteriores, es el rebrote de un conflicto institucional, político, social y cultural entre unos modelos y aspiraciones dominantes del Estado y de España versus unos modelos y aspiraciones de las débiles instituciones catalanas y parte de su población.

En este contexto las dos colectividades tienen o delimitan en sí mismas una doble vertiente. Por una parte una realidad interna del propio grupo, que hoy en Catalunya se expresa a través de visiones y sentimientos encontrados, y políticamente a través de diferentes subgrupos con posiciones diversas respeto a la soberanía y a la independencia. Por otra parte una realidad externa, es decir, lo que hay fuera del propio grupo, percepción que actualmente, en Catalunya, representa de manera desigual un espacio de conflicto con unas determinadas ideas de España y del Estado.

Centrándonos en Catalunya, podríamos decir que esta realidad interna, enmarcada como por una piel fina (a la vez límite y a la vez espacio de intercambio) de un cuerpo frágil, es un espacio mental (la casa imaginaria) en re-construcción, atenazado en su seno por diversas ansiedades básicas (de fragmentación, dispersión y pérdida). Este espacio mental, en los momentos más tensos y conflictivos, es vivido como si fuera claustrofóbico para unos y, a la vez, agorafóbico para otros.

La configuración del espacio mental de este gran grupo (conjunto de los ciudadanos de Catalunya), es decir, el espacio interno donde tiene lugar la emergencia de los acontecimientos de la experiencia colectiva respecto al hecho catalán (las resonancias fantasmáticas intersubjetivas, las diferentes identificaciones parciales o totales y relaciones), refleja el vínculo con lo externo, una idea de España-Estado vívida con diferentes polaridades.

Así, podríamos decir que en el espacio mental catalán conviven dos grandes imaginarios polares, que denominaré: "espacio de identificación catalana" y "espacio de identificación española"; en el bien entendido que intento referirme a los aspectos más inconscientes de los mismos. Intencionalmente dejo de lado otros espacios fronterizos con aquellos (un ejemplo claro es representado por Súmate) y los nuevos espacios mentales propios de la inmigración reciente, que configuran en conjunto un espacio rico y complejo.

"El espacio de identificación catalana" se corresponde con el imaginario de la madre-patria catalana, nunca bastante exitosa, resentida y rabiosa cuando se resigna, impregnada de sentimientos de pérdida, (quizás los más simbólicos son los que evoca el 1714), con la persistencia e intención de renacimiento como el Ave Fénix (como aquel “tornarem a sofrir, tornarem a vèncer”) y con unos sentimientos de amenaza persecutoria de desmembración (ej. Wert y la lengua catalana). Probablemente, también el miedo de ser envidiado, en la proyección, conlleva actitudes inhibidas y blandas, que quizá están en el fermento del denominado pactismo catalán.

Parece como si "el espacio de identificación catalana" sea portador de una cierta culpa con una resignación oscilante injertada de una lesión de la autoestima y la otra parte ("el espacio de identificación española"), represente la encarnación del objeto persecutorio. En una situación conflicto como el actual, en este imaginario, dominan unos sentimientos propios de la ilusión grupal[4] en la defensa de lo propio, de persistencia en la afirmación de la dignidad colectiva y de re-construcción identitaria como grupo grande.

El otro polo o "espacio de identificación española" es el de unos sentimientos de pertenencia arraigados en la tierra de origen (extremeño, gallego, etc.) y de reconocimiento de la tierra actual, donde se vive y se trabaja, impregnados de un imaginario sublimado superior, la madre-patria española, que se cobija, se fusiona y legitima con la esencia del Estado, en tanto que encarnación de la norma social superior, la vigilancia y el orden (la ley simbólica del padre-Estado).

En esta parte polar, de mentalidad grupal española o española-catalana, su imaginario a menudo se entronca con ciertas reminiscencias, omnipotentes y expansivas ("la furia española", Don Pelayo, el Cid, la Hispanidad), de pasiones intensas y contrapuestas, impregnadas de misticismo, austeridad y sobriedad, de raíz castellana. Esta polaridad interna del grupo entra en resonancia con la realidad externa, con la que se mantienen fuertes vínculos emocionales.

"El espacio de identificación española" representaría la salvaguardia de la unidad grupal, la pervivencia totémica de la primera ley simbólica (no matar al padre o el tótem, que es su sustituto) y la otra parte ("el espacio de identificación catalana") representaría el ataque o la amenaza de desintegración de la ley primigenia del grupo. En este imaginario dominan unos sentimientos de inquietud, frustración, incomprensión ya la vez de rabia e irritación.

Ciertamente, parece como si los sentimientos de fragmentación, exclusión y pérdida sean latentes y transversales a todo el espacio mental catalán, tanto en un subgrupo como en el otro, pero teñidos o impregnados de la percepción y representación que se hace de la relación con el objeto-realidad externa (la idea de España), sea de ataque o de fusión.

En una entrevista de un medio público catalán a una mujer de Barcelona se ilustra, en mi opinión, lo que he dicho anteriormente. Dice la mujer: "no queremos la independencia, yo soy andaluza, ésta es mi tierra y aquella también".

En Catalunya la vivencia del conflicto se ve reforzada y entra en resonancia con la realidad interna de su psiquismo grupal, como grupo humano atravesado por el miedo a la despersonalización y a la fragmentación, sobre todo en los momentos más conflictivos; fragmentación, que podemos ver también, nos guste o no, en lo cultural y lingüístico (“TV3.La teva”. La de qui?)[5], en los guetos migratorios, entre otros.

Aquella versión, digamos atávica, del sentimiento de fragmentación y despersonalización del grupo (a veces con un tono fóbico) puede expresarse de diferentes maneras, como amenaza, como hacen los acólitos del Sr. Fernandez Diaz cuando se lamentan que en Catalunya el proceso soberanista ha sido el causante de que no se puedan comer los turrones de Navidad en paz. Pero también, en forma de "fatalismo", cuando se afirma que Europa no nos querrá (más o menos así se expresaba, hace unos días, el Sr. Coscubiela), entre otras declaraciones del mismo estilo de varios personajes públicos.

En España pocos dudan de la "roja", pocos dudan de la patria o de sus versiones actuales, aunque habría que pensar, o poner en cuestión, la conformación de este imaginario patriótico, por ej. como ha hecho en sus escritos Ramón Cotarelo[6].

Pero, incluso el líder de Podemos (que dicen no ser, ni de derechas, ni de izquierdas), en plena euforia omnipotente, decía hace unos días "La patria es la gente”[7]; en otra versión, algunos destacados líderes del socialismo español 2.0., se refieren a una adaptación, sui generis, del patriotismo constitucional (modelo germanófilo); en fin, por no mencionar las múltiples voces amenazantes de los portadores de las esencias patrias.

La complejidad de las relaciones Catalunya-España, como decía, adquiere una dimensión resonante en Catalunya, cuando en su seno se conforman unos grupos discrepantes u opuestos, en mayor o menor grado, entre los abanderados del relato identificado como nacional-catalán y el identificado como nacional-español, o que compartiendo algunos aspectos muy parciales del relato de uno de los subgrupos se identifica con su contrario por ej. el caso de los que sintiéndose catalanes a través de identificaciones más o menos parciales (tierra donde viven y trabajan, etc.) se oponen a la identificación nacional del colectivo identificado como tal.

En momentos conflictivos y tensos, como los actuales, la relación entre estos imaginarios re-activa y re-genera unos “traumas escogidos” [8], propios de cada parte, que conforman un vínculo parasitario y por tanto mutuamente destructivo (a veces con rasgos sadomasoquistas).

Los dos imaginarios en conflicto, así simbolizados, dan un sentido a las fantasías inconscientes que soportan ideologías o relatos cotidianos, a menudo aireados en el discurso social por los políticos y los medios de comunicación, tan contrapuestos, con tanta carga emocional, que parecen imposibles de conciliar y que sólo puedan negarse mutuamente.

Quizá por eso la mentalidad grupal catalana, como un todo con su posible complementariedad simbólica, a menudo no puede evolucionar hacia posiciones más maduras de cooperación, pues deviene bloqueada por una cierta exclusión recíproca, que da lugar, en ciertos momentos, a unos imaginarios cerrados en sí mismos.

Reconocer y tolerar las diferencias y proyecciones mutuas, en lugar de temerlas e intentar reducirlas a cualquier precio, puede constituir un resultado posible de un enfoque diferente de la manera restrictiva del pensamiento social y político actual y de una praxis que es cada vez más cuestionada.

Una caricatura sobre las expresiones políticas de los imaginarios

Simplificando como si de un sujeto individual se tratara, podríamos decir que en la mente grupal catalana, en cuanto a su expresión política, existen tres instancias psíquicas, que estructuran respectivamente tres construcciones fantasmáticas diversas.

Caricaturizando este sujeto, podríamos definirlo como constituido por: un Yo de defensas débiles (a veces penetrado por el Ello), que podría representar el espacio soberanista-independentista catalán (dramatizado adecuadamente por el abrazo Mas-Fernandez, que lo ilustra bastante bien) y un Súper-Yo (o su parte más estricta), que representaría el espacio unionista, más o menos nacionalista español, (dramatizado como la sublimación de la ley -del Padre-, de la que fácilmente podemos encontrar ilustres conciudadanos). Estas dos instancias representarían, en lo político, la polaridad básica en conflicto.

Pero, ¿y la tercera instancia psíquica de la mente grupal catalana? ¿Qué fantasía sub-grupal representa?

Siguiendo con la simplificación caricaturizada, la tercera parte sería una instancia psíquica dominada por un Yo-ideal (como el del reyezuelo de la casa) que oscila bidireccionalmente hacia la punta del iceberg racional-consciente (como buen cartesiano), orientado por una parte de un Súper-Yo de lejanas raíces marxistas (con algunas excepciones más puras). Estoy hablando de un espacio digamos "intermedio" en su opción nacional catalana, que en parte lo podríamos representar, en el ámbito político, con los que se denominan "Catalunya Sí que es Pot ", exponente significativo pero no único de esta posición.

Esta tercera instancia sería como una parte de la comunidad de hermanos que se han unido para matar el Padre (Pujol-Mas) y celebrar el festín de una incierta comunión totémica, que realiza la identificación con el padre muerto, odiado y admirado, y que su interiorización ambivalente sería la base de aquel Súper-Yo, también oscilante.

Parece como si en la realidad mental interna catalana este rol político "intermedio", representando la ambigüedad ("¿se puede o no se puede?"), haya tenido en el pasado y tiene hoy una enorme relevancia social (deviene primus inter pares). En el relato político actual está bastante presente.

En una reciente entrevista[9] el antropólogo Manuel Delgado decía:

"... Y el papel de los del sí-no, que es de absoluta ambigüedad. No hay manera de saber cuál es el compromiso de “Catalunya Sí que es Pot” para convertir esto en cambio social. Creo que ellos tampoco lo saben... "..." Pero tratan de mantenerse al margen de este proceso. "..." ¿Qué hacemos? ¿Nos mantenemos al margen diciendo que nuestro reino no es de este mundo o entendemos que no podemos faltar a esta cita? "

Y Gemma Lienas, candidata de “Catalunya Sí que es Pot”, también en una reciente entrevista[10] decía:

"No me manifestaré sobre si soy partidaria de la independencia. Es una cuestión que la he mantenida siempre reservada, no he hecho bandera ni del sí, ni del no”.

Siguiendo con la caricatura, esta reserva-secreto, por otra parte bastante común, parece en cierto modo el secreto sobre una posible transgresión de la primera ley totémico-simbólica.

Más adelante añadía G. Lienas: "Creo que el cambio social lo debemos querer antes de que la independencia."

Este tipo de dilema, con cierta ambigüedad, es vivido como un doble vínculo que con sus especificidades, de una manera o de otra, ha estado muy presente en la historia de Catalunya, es decir, como una manera de pensar y estructurar las relaciones Catalunya-España. Recordemos el Compromiso de Caspe, la posición del general Prim, el periodo de la Renaixença, la instauración de la Segunda República, Pujol i el “peix al cove”, etc.

El anhelo de convivencia con España, intermedio entre las dos posiciones polares (fusión y separación), ha formado parte de la mente grupal catalana y en menor medida de la mente grupal española (por ej. Los debates sobre España que se planteaba la Generación del 98), pero a menudo ha estado repleto de incomprensiones y confrontaciones, que determinadas veces han acabado de forma violenta (el más significativo fue el levantamiento franquista; "Antes una España roja que una España rota", decían).

Más allá de la caricatura. Un reto

En los últimos tiempos, en el espacio grupal catalán se han construido tres subgrupos en el nivel político social, tres grandes representaciones imaginarias, con liderazgos desiguales y produciendo relatos diferentes o matizados que cohesionan cada subgrupo (me refiero también a subgrupos sociales, no sólo políticos).

Los tres subgrupos se han ido organizando y estructurando a diferentes niveles a través de nuevas formaciones (ANC, Súmate, SCC, etc.), polarizándose concretamente respecto a las elecciones del 27 de septiembre en tres expresiones políticas, que llamaré "subgrupo -si", "subgrupo-si /no" y "subgrupo-no”.

Por una parte parece como si esta polarización deba mantener la fragmentación, pero por otra, creo que se apunta un cierto proceso evolutivo que va más allá de una fragmentación rutinaria y rígida, pues los subgrupos, más perfilados y delimitados, pugnan por su identidad de una manera clara y abierta, dotándose de unos artefactos que los contienen (asociaciones, nuevos tipos de coaliciones, etc.). ¿Puede ser el inicio de un camino de aceptación de la parte diferente, en la mente grupal catalana?

Por cierto, aunque sea un indicio del "subgrupo-si", en declaraciones tanto de Raül Romeva como de Antonio Baños, ha apelado al "subgrupo- si/no" a una posible colaboración.

Atenuar en la medida de lo posible los miedos y los sentimientos de escisión de la mente grupal catalana, a través de la cohesión del grupo partiendo de la aceptación de la diversidad, es una necesidad para una convivencia madura y a la vez una manera de evitar las fisuras proyectadas, para que el otro pueda aceptar también sus límites.

Parece claro que en el actual contexto sociocultural de modernidad líquida tardía podemos apreciar que la construcción de las identidades hoy, individuales o colectivas, es un proceso de digestión lenta, desigual, heterogénea y múltiple, pues aparecen diversidad de factores que ponen en cuestión viejos estereotipos y prejuicios que tenemos anclados en los imaginarios.

Sea como sea, tengo la impresión de que actualmente Catalunya se encuentra en una transición compleja en su proceso grupal interno-externo, de nuevas y viejas proyecciones e introyecciones, que afectan a la autoestima, a los estereotipos, los prejuicios, etc., que la puede llevar a repetir antiguas inercias o a abrirse al reto, lleno de incertidumbres, de construir una identidad integrada, de pertenencias múltiples (como decía Amin Maalouf), que pueda aceptar y tolerar su diferencia y heterogeneidad interna, condición para elaborar, a la vez, el duelo por las heridas externas.

La construcción nacional es de orden político, social, cultural, entre otros factores, pero sobre todo es un fenómeno de representación colectiva, de los imaginarios que gobiernan las relaciones sociales.

"No es en nuestro cuerpo que nos sentimos en casa: estamos en casa en nuestra mente un poco como en un cuerpo"[11]
nctual, ians, 




Marcel Cirera                                                                                    Agosto 2015




[1] Valenti Almirall. “Lo Catalanisme”,1886. (Cap. II "Lo caràcter castellà" i Cap. III "Lo caràcter català"). https://ca.wikisource.org/wiki/Categoria:Lo_catalanisme
[2] Me he referido a este contexto en el artículo, "Las identidades y los otros", Jul. 2014. http://marcelcirera.blogspot.com.es/2014/07/les-identitats-i-els-altres.html
[3] Jorge L. Tizón. Psicopatología del poder. Herder, 2015
[4] Para D. Anzieu, la "ilusión grupal" representa ciertos momentos de euforia fusional en que todos los miembros del grupo se sienten bien juntos y se alegran de formar un buen grupo
[5] La cuota de pantalla de Tv3 el 2013 fue del 13,5%. Informe 2012-13 L’audiovisual a Catalunya. CAC.
[8] Según V. Volkan, el "trauma escogido" es aquel trauma vivido por los antepasados, que ahora la imagen mental del suceso sirve para unir los miembros del grupo grande. Elemento muy significativo de la identidad de este grupo
[9] Vila Web. Manuel Delgado. 17.8.15
[10] Diari ARA. Gemma Lienas.  8.8.1
[11] Wollheim, 1969