lunes, 4 de agosto de 2008

Entre Dioniso e Higía anda el juego

"A fin de cuentas, tienen creencias mágicas,
creencias de hombres primitivos, pero, al contrario
que los pescadores tailandeses, no pueden asumirlas
porque son franceses cultos, ricos, y cartesianos."
M. Barbery

El cuidarse frente al enfermar o padecer, el estar bien o sentirse bien, o en definitiva la idea de salud ha estado presente, y ha sido motivo de preocupación de las gentes, a través de las diferentes culturas y ha adquirido rasgos específicos a lo largo de la historia

Pero quizás como nunca, es en nuestra sociedad hipermoderna donde la sensibilización, preocupación, revalorización e interés declarado por la salud y por las practicas saludables, impregna nuestras vidas. Y esta búsqueda de lo sano se extiende tanto hacia las prácticas preventivas y curativas de la medicina institucionalizada, como hacia prácticas “alternativas” (sobretodo de origen oriental, etc.), pasando por las diferentes actividades de la vida cotidiana y los bienes de consumo (cosméticos, turismo, ocio, etc.) y en particular en nuestras actitudes y conductas hacia lo alimentario.

¿Que nos pasa?, ¿de que nos sentimos enfermos?, ¿de que nos sentimos faltos?.

Precisamente en los momentos en que la esperanza de vida crece más que nunca (me refiero básicamente a las sociedades del hiperdesarrollo), en que el arsenal terapéutico y quirúrgico se sofistica hasta limites difíciles de predecir, etc., parece que nos sentimos más lábiles, vulnerables e indefensos que nunca, es decir cuantos más sistemas de “control”, de todo tipo, el sujeto se siente más desprotegido, ¡vaya paradoja!

Un sistema cada vez más desregulado origina una ansia de control y a la vez nos coloca en un rol de “pacientes” (medicalizacion social), con una sensación de peligro y riesgo omnipresente, donde a la larga todo puede considerarse amenazador y necesitar vigilancia.

A mi entender, se ha ido construyendo y capilarizando un enorme miedo social (creciente angustia relacionada con el cuerpo y la salud), casi me atrevo a decir una “hipocondría social”, que nos hace demandantes y ser pacientes deseantes de una salud paradójica. Emerge así un nuevo hedonismo, menos desbordante y más regulado.

Ello cobra especial relieve en el ámbito alimentario, donde desde el agua embotellada a los huevos con omega·3, los yogures, las nuevas generaciones de alimentos funcionales, etc. y cada vez más, todo tipo de alimentos se reclaman (intentan posicionarse) con tal o cual componente de salud.

Pero a pesar de la creciente y manifiesta preocupación por la salud y los consejos nutricionales de todo tipo, las conductas y hábitos alimentarios parecen no responder de forma lineal a dicha preocupación sino, y en muchos casos, lo contrario.

Por ejemplo, en las ultimas décadas existe un descenso en el consumo de los alimentos considerados como “saludables” (verduras, legumbres, hortalizas) en pro de otros alimentos considerados “menos saludables” (pastelería industrial, snacks, etc.) y según datos 1, junto a una menor ingesta de calorías el fenómeno de la obesidad parece aumentar situándose entre el 14,5% en la población adulta, siendo el sobrepeso del 38,5%.

Así mismo, según datos de un estudio de la Fundació La Caixa 2 "...el 52,2% de los entrevistados asegura que el primer factor que tiene en cuenta a la hora de escoger los alimentos es “la salud” frente a un 29,1% que reconoce priorizar sus “gustos personales”... Estos datos contrastan con las respuestas espontáneas, entre las cuales un 91,2% afirma que consume los alimentos que “más le gustan o le apetecen”..."

Ello nos muestra lo que se ha dado en llamar la “paradoja alimentaría”, y es que la salud, aún considerándose actualmente un valor, no es la única, ni la motivación más determinante de nuestros comportamientos alimentarios.

En su deliciosa novela M.Barbery3 pone en boca de Paloma, niña de 12 años, lo siguiente: "cuanto mejor seria si compartiéramos unos con otros nuestra inseguridad, si todos juntos nos adentráramos en nosotros mismos para decirnos que las judías verdes y la vitamina C, si bien alimentan al animal que somos, no salvan la vida ni sustentan el alma."

Pero de que hablamos cuando nos referimos a esta emergente, potente y polisemica idea de “salud”?

Esperamos que los alimentos mejoren nuestra salud (que eviten el colesterol, que retrasen la aparición de arrugas, que impidan el sobrepeso, etc.) y en este sentido se convierte no solo en un acto preventivo sino de tratamiento, pero a la vez deseamos el placer de lo original, de lo exquisito, de la variedad, de lo nuevo, de la comida espectáculo y entretenimiento.

En este sentido no es de extrañar que Carme Ruscalleda, reputada gastrónoma, declarase "A la cocina hay que acercarse por placer y por salud" y añade "a un restaurante uno va para ser feliz"

En el Olimpo danzan seductoramente Dioniso e Higía, de la que parece nacer un nuevo hedonismo como de “reparación cosmética”.

Probablemente sea en el ámbito alimentario, donde se pone más claramente de manifiesto, que la oposición entre placer y “principio de realidad” (léase en este caso salud) se diluye, puesto que las autoexigencias del “principio de realidad” se vivencian como un cumplir con la obligación de buscar el placer y la felicidad.

Probablemente, esta manera de darse placer compense aquella vulnerabilidad de un sujeto actual, miedoso y solitario.


Marcel Cirera i Amadó
Julio de 2008

1 Aranceta-Bartrina, J. et al. Prevalencia de obesidad en España. Med Clin (Bar) 2005
2 C.Diaz i C. Gomez, cord. Alimentació, consum i salud. Col. Est. Socials n. 24. Fund. La Caixa. 2008
3 M. Barbery. La elegancia del erizo. Seix Barral.08