lunes, 4 de agosto de 2008

La creatividad en tiempos de revalorización de las subjetividades...

“...Algún día llegaremos a entender que la ciencia
no es sino una especie de variedad de la fantasía,
una especialidad de la misma, con todas las ventajas y peligros...”
(El libro del ello. G. Groddeck)


La búsqueda del sentido de los hechos humanos y de lo humano ha existido siempre, o al menos por lo que sabemos desde que el hombre es hombre, así como el trabajar con el sentido, a través de lo imaginado y de lo intuido, creando y por tanto innovando.

Hace ya un tiempo que, en determinados sectores, existe una cierta inquietud, y a veces “cháchara”, sobre lo que se ha dado en llamar “crisis de la creatividad”, lo cual suena a palabras mayores, que en determinados casos puede sumir en la impotencia a sus propios actores. Quizás en parte sea esta (la impotencia, curiosamente en tiempos del Viagra) la crisis, o mejor dicho la crisis de la potencia /omnipotencia de algunos.

La omnipotencia suele ser la otra cara de la impotencia.

Los individuos lo somos en relación a lo colectivo, al Otro, al contexto histórico –cultural en el que vivimos y este se conforma de un espacio y de un tiempo.

Por lo general tardamos nueve meses en nacer, e aquí un tiempo básico para una de las más grandes creaciones. Dicen que Dalí, entre muchos otros, trabajaba horas y horas en sus labores creativas. También se dice, que la creatividad tiene un 90% de transpiración y un 10% de inspiración.

En el espacio histórico de la Edad Media europea, y concretamente en el auge del feudalismo, se vivía una época “negra”, con fuertes dosis de oscurantismo (¿tiene alguna resonancia para el lector?), pero también eran unos momentos capaces de producir la hermosura de la arquitectura románica, de sus pantocrátores, o la lírica de sus capiteles.
Decía M. V. Montalbán, hace ya algunos años, algo más o menos como que “son malos tiempos para la lírica” pero de haberla ahila.

Por una parte en el contexto actual de la llamada globalización y específicamente en las sociedades occidentales vivimos unos procesos, entre otros, caracterizados por: aquella potencia /omnipotencia y también por procesos de reducción socio-cultural (recursos, pensamiento, etc.), de reducción y acortamiento, en lo bueno y en lo malo, de los tiempos del hacer y del ser (las urgencias por renovarse, sean de ciertas marcas, sea de nuestro coche, etc.), la preeminencia y apetencia por lo simple (“pensamiento débil”, etc.

Por otra parte en dicho contexto aparecen nuevas formas de intercomunicación (Internet), se construyen nuevas formas de participación en lo social y en lo organizativo, etc.

Es en estos ámbitos contextuales complejos, alejados de las visiones “desarrollistas”, del progreso entendido como algo prometeico y seguro, donde opera la creatividad social e individual.

Es en la incertidumbre y en el caos donde nace la creatividad, ahora y también antaño, aunque tiempos pasados pudieran parecer o ser tiempos de “vacas gordas”. Estar dispuesto a discurrir y transitar por los caminos de la oscuridad es una de las condiciones básicas de la creatividad, lo queramos o no.

En tiempos de consolidación de la postmodernidad (dicho sea de paso, el pensamiento postmoderno es tan diverso como el de la modernidad) la subjetividad se revaloriza, no de forma mecánica ni lineal, sino con progresiones y regresiones.

Esta revalorización es, a mi entender, uno de los ejes de la creatividad actual.

Desde que Heissenberg estableció el principio de incertitud, los físicos cayeron en cuenta que el observador modifica aquello que observa y que el principio de la objetividad del observador ya no se podía sostener.

J. Coderch al referirse a la influencia del pensamiento postmoderno afirma: “... se socavo una arraigada intuición milenaria entorno de lo que es la realidad, y los efectos de esta ruptura de los fundamentos se van extendiendo a dominios sociológicos y culturales cada vez más amplios. Al mismo tiempo, los avances tecnológicos cuanto los medios de comunicación dan lugar a la instauración de una era en que predomina la realidad virtual sobre la realidad y la experiencia directas, con lo que se produce una inacabable proliferación, descomposición y recomposición del mundo...”

El citado autor continua diciendo: “...el pensamiento postmoderno es un movimiento, una actitud hacia la cultura en general, la ética, la ciencia, la filosofía, etc....” y yo añadiría que en la actualidad (y desde hace un cierto tiempo) esta impregnando una gran parte de las nuevas teorías del management, del marketing y de la comunicación.

Para este movimiento son temas principales de interés la subjetividad, el conocimiento humano y la realidad, las relaciones humanas, temas que a su vez adquieren una gran relevancia y centralidad en gran parte del quehacer de los profesionales del management, del marketing y de la comunicación y por descontado de los investigadores sociales y de marketing.

Lo que se denomina como conocimiento “objetivo”, (así lo afirma el pensamiento postmoderno), depende tan solo de acuerdos sociales, de convenciones sociales obtenidas a través del lenguaje. Así nosotros vivimos en realidades que son construidas por el lenguaje (en su amplio sentido) que utilizamos para describirlas.

En este sentido, y también en nuestras practicas profesionales, la subjetividad es una de las cuestiones centrales, aunque cada persona tenga en ella misma numerosos frenos que limitan la puesta en practica de este potencial, como es precisamente el relegar la subjetividad al almacén de los accesorios inútiles incluso a veces peligrosos.

A veces una forma de escapar de lo que representa la subjetividad puede ser convertirla en moda, o mejor dicho en algo efímero, en algo que es pura apariencia y espectáculo vacío.

Pensar y vivir la subjetividad hoy en día vemos que supone un notable grado de diversidad y de connotaciones y valoraciones muchas veces contrapuestas.

Conectar con la /s subjetividad /es, con sus vericuetos más profundos e inciertos, sería como visionar a través de un Panóptico que permite vislumbrar caminos para la Trans-form-ac(c)ión, condición de la creatividad.



Marcel Cirera i Amadó