domingo, 21 de noviembre de 2010

La innovación banalizada o más de lo mismo

La cultura de masas, en el sentido de la cultura producida por las industrias culturales actuales y orientada al consumo comercial, obedece a la lógica de la novedad y de la renovación constante de su oferta, a lo efímero y a lo que debe ser deglutido y expulsado, y así reiniciar otra vez el mismo ciclo “alimentario”, para regocijo de nuestro hedonismo.

El ansia por lo nuevo, lo rápido, lo urgente son rasgos de la cotidianeidad de nuestras vivencias, personales y profesionales, en un flujo constante, complejo e interactivo, de acontecimientos e ideas cambiantes que se desarrollan en el tiempo. Forma de proceder claramente expresada por lo que se ha dado en llamar homo pantalicus.

Este marco mental supone que la idea de tradición (del latín, traditio, -onis, “entrega”, “transmisión”)[1] se reduce a su mínima expresión y que las costumbres, los hábitos o la adquisición de comportamientos que reproducimos sin pensar se adaptan, con rutina y automatismo, a este flujo cambiante y ansioso por lo nuevo.

Adaptarse y acostumbrase a estos automatismos, es comprensible como refugio y seguridad ante esta sociedad de la desorientación y la incertidumbre, pero comporta, a su vez (para quien le importe y lo quiera ver), riesgos (la repetición, la banalidad, etc.). Decía J. Roth[2], magnifico narrador del declive del periodo de entreguerras, “Todos nos acostumbramos a lo desacostumbrado, y fue un apresurado acostumbrarse”.

Nada, o casi nada, escapa a la voracidad por lo nuevo, incluso la misma innovación se ha convertido en boca de muchos en un recurso de moda, o en un mero simulacro, y no solo me estoy refiriendo al término innovación incrustado como talismán en los discursos y programas de los “stars-Systems-políticos”.

La acción de innovar es menos frecuente de lo que muchos proclaman como solución para gran parte de las situaciones sociales problemáticas a las que se enfrentan las sociedades actuales.
Los grandes cambios en las tecnologías de vanguardia de finales del siglo XX (las TIC, la Biotecnología, la Neurociencia), de una forma o de otra, y a pesar de la mentalidad “ingenieril” y cartesiana todavía dominante, tienen en común el conocimiento y uso de las redes y sistemas y el abandono de los planteamientos lineales y mecanicistas. Es decir, unos enfoques basados en dos nuevos paradigmas científicos: uno las teorías de la Complejidad y otro el reconocimiento de que la Experiencia Vivida (los fenómenos subjetivos) son parte integrante de la práctica de la ciencia.

Si estos procesos de transformación tecnológica han comportado notables turbulencias (quizás, como no podía ser de otra manera), las perspectivas de transformación e innovación en los sistemas humanos (organizaciones, management, marketing e investigación, etc.), o en las situaciones problemáticas sociales, encarnan significativas resistencias ya que el impulso a permanecer y a repetir supera con mucho la voluntad de deconstruir los paradigmas teórico-prácticos predominantes.

Se suceden novedades e inventos, como respuesta a intereses de gestión inmediata o a simples mimetismos y modas, pero que reproducen en lo fundamental, los principios de los viejos paradigmas ya existentes (positivismo, linealidad, objetivismo, etc.)

El sector de la investigación de mercados no es ajeno a todo ello (por cierto, nosotros trabajamos con, y a través, de la experiencia vivida y los fenómenos subjetivos, le pese a quien le pese).

Por citar un ejemplo reciente, en la presentación de un workshop del Congreso de ESOMAR (Qualitative 2010. Barcelona), se declaraba: “Más que nunca, la investigación cualitativa se encuentra en proceso de rápido cambio. No sólo la tecnología juega un mayor papel en todas las etapas de nuestra investigación...”, para después afirmar que “las tendencias que influyen en el cambio son: la proliferación de las metodologías on line, el crecimiento de la metodología híbrida, un cambio del "demandado" por "participante" en el modelo, el impacto de la neurociencia y la medición fisiológica, y el continuado impulso hacia una investigación más rápida / más barata”.
Y se enumeraban una serie de temas a tratar (la evolución de las “tradicionales técnicas cualitativas”; “el resurgimiento de la etnografía”; ”las mediciones fisiológicas”; la tecnología en el análisis; la hibridación cuali/cuanti”, etc.) interesantes y debatibles.

Pues bien, en ningún momento se centraba la atención en las visiones y en el cuestionamiento de la complejidad de las situaciones problemáticas (la tarea y rol del investigador, sus presupuestos frente a las técnicas, el sistema investigador-cliente y los stake-holders, etc.).

Quizás porque es más fácil mirar bajo la luz que en la oscuridad, pues dichas situaciones nunca son estáticas y coexisten con tantas percepciones de la “realidad” como personas y sistemas involucrados, ya que estas contienen asunciones implícitas sobre el mundo y responden a determinados propósitos.

Watzlavick[3] lo ilustra en la siguiente viñeta: “Un borracho esta buscando con afán bajo un farol. Se acerca un policía y le pregunta que ha perdido. El hombre responde: Mi llave . Ahora son dos los que buscan. Al fin, el policía pregunta al hombre si esta seguro de haber perdido la llave precisamente aquí. Éste responde: No, aquí no, sino allí detrás, pero allí esta demasiado oscuro.

Para tratar sobre ello, es necesario aceptar esta evidencia y lograr que las visiones afloren y se examinen, como fuentes de generación de sentido.

Nosotros (como observadores/investigadores) somos parte integrante de lo investigado y no simples e inocentes reporteros de la supuesta “realidad objetiva”.


Marcel Cirera
Director
METAFORO
Investigación Cualitativa y Estrategia
http://www.metaforo.es/
Noviembre 2010

[1] “Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana”, J. Corominas.
[2] “La cripta de los capuchinos”, Joseph Roth. Ed. El Acantilado, 2002
[3] “El arte de amargarse la vida”, Paul Watzlawick