martes, 6 de noviembre de 2012

Grupos y narraciones: fuentes de confianza


En los tiempos que corren parece que incluso los vínculos más básicos tienden a descomponerse o verse amenazados, vínculos entre personas, entre estas e instituciones de todo tipo, entre países, etc.
Uno de estos vínculos básicos, la confianza, se tambalea y es puesta en tela de juicio en los más diversos ámbitos, por descontado en la política y con los políticos, pero también en los mercados, sean los mercados virtuales del crédito o los de proximidad.
Recientemente, en el newsletter IPMARK se destacaba que "El pesimismo sigue creciendo y el índice de confianza cayendo. En estos momentos, los consumidores españoles se encuentran entre los más pesimistas del mundo", citando fuentes de la Encuesta Global de Nielsen sobre la Confianza del Consumidor e Intenciones de Compra relativo al tercer trimestre de 2012. 
En este sentido sabemos, a través de diversos trabajos, estudios clínicos, etc., de la importancia de la confianza en la construcción y configuración de nuestro estado mental, nuestra identidad y en la toma de decisiones a partir de la experiencia de relación.
Las experiencias reiteradas y repetitivas de falta de confianza, introyectadas como desamparo, incertidumbre, miedos de todo tipo, etc. afectan o pueden afectar a nuestro self, y a nuestras relaciones con los demás.
Ante la ausencia de confiabilidad necesitamos encontrar sistemas de amparo y soporte que nos den la seguridad suficiente para enfrentarnos a la cotidianeidad, al día a día, aunque aquellos puedan representar ficciones o sustitutivos efímeros, con cierta capacidad de adicción.
Una de las consecuencias de tal desorientación y desamparo es aquella que, no por conocida, deja de ser palpable en nuestra sociedad, la de considerar, explicita o implícitamente, y actuar como si "Homo homini lupus est".
Este modelo selvático del reino de la desconfianza podemos encontrarlo, cierto que sin tanto dramatismo, en la actualización de ciertos discursos sobre la confianza, también en el ámbito del marketing (tampoco es algo muy nuevo), o mejor dicho, discursos sobre la falta de confianza en las opiniones, expresiones y narraciones de los consumidores.
Estos discursos a los que me refiero, empobrecidos y frágiles en su fundamentación ( a veces como simple repetición de ciertos tópicos), encuentran ahora una nueva justificación en la "neuromanía" o "cerebro-centrismo" ( nada que ver con un conocimiento riguroso en neurociencias), como reduccionismo de lo humano y lo relacional a un conjunto de neuronas o acciones neuronales.
Así por ejemplo, se dice: "Si, como afirman los neurocientíficos, más del 80% de la información que manejamos para tomar decisiones es inconsciente, ¿te fiarías de lo que dice un entrevistado en un focus group?". O por otra parte, como afirman algunos pseudoilustrados "... (ahora) ya podremos prescindir de la palabra y tener acceso directo al inconsciente".
Una variante de lo anterior, algo más sofisticada pero que no deja de ser más de lo mismo, es el considerar que el resultado final del neuromarketing, o su aplicación, es básicamente el análisis de unos valores o métricas obtenidos a través de unos determinados instrumentos de medición sobre la conducta del consumidor, y que estos nos explican la misma.  Es como si, por ejemplo, el análisis de unos determinados parámetros corporales o índices fisiológicos (urea, triglicéridos, etc.), explicara directamente el "estado" en el que nos encontramos o como nos sentimos.

Decía Siri Hudsvek[1], "En el clima cultural de hoy la frase trastorno mental orgánico tiene un efecto tranquilizador. Mi hijo no está loco, lo que tiene es un problema en el cerebro".
Ciertamente, instalarse en estos "refugios seguros" -sistemas mentales de amparo-, como los discursos referidos anteriormente (por ej. el obtener datos directos del cerebro y prescindir de la palabra o en definitiva las diferentes versiones de "reduccionismo neuronal"), proporciona ciertas dosis de seguridad y tranquilidad efímeras, "para ir tirando".
Pero a la vez, con esta posición se evita y elude (quizás por doloroso, complejo, etc.) la experiencia subjetiva de sintonizar con unos determinados estados mentales del Otro y en consecuencia entender que las narraciones son parte fundamental del discurso social (entre mentes humanas) [2]. ¿Que es sino el funcionamiento de los pequeños grupos cara a cara?, pues en ellos además del contacto ocular frente-a-frente y otros aspectos de la comunicación no verbal, suele existir el vinculo de la narración.
El observador modifica el objeto o hecho observado (personas o cosas) a través de instrumentos técnicos y sobretodo a partir de sus presupuestos y experiencia pasada, que dicho sea de paso son más propios de la memoria de quien observa que de la percepción de lo observado. Por tanto, no podemos evitar este efecto de la modificación (propio del proceso perceptivo-mnemico), pero si tomarlo en consideración como una variable fundamental de la observación.
De no ser así se imponen nuestros a priori, nuestras ideas previas por encima de nuestra capacidad mental como observadores de reproducir, mediante el sistema de neuronas en espejo (s.n.e.), aquello que se esta observando –una expresión facial, un tono de voz, un lenguaje, etc.- a nuestra manera.
Toda relación humana, individual o colectiva, la comunicación (narración incluida), el desarrollo de la intersubjetividad y el entramado sociocultural en el que vivimos, tiene su base o correlato neural en el s.n.e., datos suficientes para la confiabilidad en el sujeto y sus narraciones, obviamente más allá de la literalidad, entendiendo que el significado de lo narrado no viene dado principalmente por la semántica y la sintaxis, sino por las intenciones comunicativas del hablante y la capacidad receptiva del oyente.
En este sentido V. Gallese [3], neurofisiólogo y uno de los descubridores del s.n.e., afirma: "Poseemos, por tanto, un espacio neural para el sentimiento de comunidad. Planteo que un mecanismo neural subyacente común, la simulación corporeizada (embodied simulation) es el mediador de nuestra capacidad de compartir el significado de las acciones, las intenciones, sentimientos y emociones con los otros, lo que da fundamento a nuestra identificación con ellos. La identificación social, la empatía y el sentimiento de comunidad son la base de nuestro desarrollo y nuestro ser".



Marcel Cirera                                                                                  



[1] Siri Hustvedt. La mujer temblorosa, Anagrama, 2010
[2] D. Siegel. La mente en desarrollo, ed. Desclée de Brouwer, 2007
[3] V. Gallese (2009). Neuronas en espejo, simulación corporeizada y las bases neurales de la identificación social. Clínica e Investigación Relacional, Vol.5 (1), 2011.