jueves, 17 de enero de 2013

Voracidad, un pensar indigesto. Recetas de pensamiento único [II]


El proceso de interacción continua del sujeto con el medio o contexto cultural, lingüístico, social, etc., en el que nace y se desarrolla, es constitutivo de la mente, pues nuestro cerebro-cuerpo tiene esta capacidad plástica y nuestro genoma es un potencial que depende de la experiencia.

Probablemente a diferencia de antaño, el marco cultural que estamos viviendo en estos años de cambio de milenio, caracterizado por el impacto brutal y persistente de los medios y sistemas de información y comunicación (en el sentido político, comercial, ideológico, etc.), conlleva notables cambios en el proceso de mentalizar.

Entre estos cambios, de índole, alcance y valoración diversa, considero importante tomar en consideración el estrecho margen para la libertad mental y de pensamiento, así como para la reflexión critica, que parecen tener los angostos y amplios caminos de la cultura “liquida” y digital, en general.  

Así, la cultura del consumo nos sumerge en una voracidad permanente e irrefrenable, que requiere “llenarse” en una desmesura excitante. "Llenarse" de objetos, materiales o no (ideas, etc.), constituye ya un comportamiento habitual en nuestras sociedades.

Hoy, a menudo, estos comportamientos se expresan en forma digital, a través de las redes  (500 amigos en Facebook, etc.), a través de nuestro smartphone,  prótesis sensorio-corporal, que irrumpe continuamente las interacciones, ofreciéndonos un placido y constante repliegue ensimismado.

Pero también, la voracidad tiene como norte la fantasía de éxito, como una condición del mismo, un “llenarse” para el éxito. En este sentido, un colega me explicaba un dialogo con un alumno suyo:

-Alumno: cuántas cosas profesor... ¿que tengo de hacer para tener éxito?
-Profesor: ¿para qué lo quieres el éxito?
-Alumno: (sorprendido y desconcertado) buena pregunta, profesor... (Silencio)

Este "llenarse" representa tener y tender constantemente a la saciedad como finalidad, para sentirse tranquilo, seguro, reconocido, aceptado y poseedor de un inestable bienestar, que parece como la ingente tarea de Sísifo, llenarse, vaciarse, para volver a llenarse.

En las "sociedades del conocimiento", esta obsesión para "llenarse" se manifiesta también como un acumular experiencias, sensaciones y disponer de algunas ideas -receta, que como postres o guinda, sobre todo no nos empachen.

Sí, nos llenamos de experiencias, donde aquello vivido como novedad es considerado como valioso. No es casualidad que hoy se hable tan a menudo del marketing de experiencias, tan en boga.

Las experiencias se buscan sobre todo a través de las sensaciones, por eso BMW nos decía "¿Te gusta conducir?", o la marca de ropa Desigual promociona su imagen proponiendo a los consumidores que vayan desnudos a sus tiendas, etc.

Como decía anteriormente, también se ingieren "algunas ideas", eso si, siempre que sean fáciles de tragar y de eliminar, pues el proceso de llenar y vaciar no puede parar, como si de una noria desbocada se tratase.

Abundan, en este sentido, las ideas-receta, es decir, la cultura de manual de autoayuda o el discurso presentado a través de unos cuántos puntos que si los sigues, supuestamente lograrás el objetivo y te llevaran a descubrir o a triunfar con tal o cual cosa ("6 pasos para el éxito..."; "10 razones a tomar en consideración...").

Todas estas experiencias, sensaciones y recetas cuya  finalidad es “llenarnos”, tienen en común su carácter efímero (¿donde quedaría la lógica del consumo si no operaran sobre la ficción de la satisfacción del deseo?) y también, que no dejan espacio para digerir, es decir, no dejan espacio mental para el contraste, para la duda, para aquello incierto que puede ser sentido y pensado.

Existe esta necesidad de llenarse de cosas (como una especie de psicofármaco cotidiano) que elude la posibilidad de poder poner palabras a aquello que nos impacta o emociona y evita poder representar mentalmente aquello incierto, desconocido, perdido, etc.

Cambiar es un proceso difícil, a veces doloroso, que entre otras cosas, supone tolerar y admitir la carencia, y esto requiere tiempo y espacio mental que en una sociedad "estresada" parece no existir.

Y con todo esto, vemos cotidianamente,  a través de los medios  y los políticos son un ejemplo de ello, como la culpa, la vergüenza o el malestar a menudo son  puestos afuera, en los otros o en el Otro (una evidencia de ello  es el auge de Amanecer Dorado en Grecia, siendo en este caso los inmigrantes los objetos de la culpa proyectada, etc.).

Si no hay espacio, si nuestro estómago mental tiene que estar siempre a reventar no hay pensamiento posible, no hay maduración y no puede haber cambio.

Días atrás en un céntrico barrio de Barcelona, El Raval, concretamente en el Teatro Raval, una entrañable compañía de teatro representaba la obra "Doce hombres sin piedad" (conocida como película del 1957 con la gran actuación de Henry Fonda), bonita y justa metáfora para representar esta necesidad de espacio mental.

En la obra se muestra como a través de la duda se puede generar conocimiento. Al inicio de la obra once de los doce miembros de un jurado tienen muy clara la idea de que tienen que condenar a muerte al acusado (los motivos de estos miembros del jurado poco tienen que ver directamente con quien están juzgando) y sólo uno de los doce dice que él no sabe si el acusado es o no culpable, y simplemente pide a los otros miembros tiempo y espacio para discutirlo y contrastarlo.

Para evitar indigestiones mentales y tener una buena digestión, para poder crecer y afrontar los cambios, hay que salir de esta lógica bulímica, individual y social, que cómo en el caso de la obra citada también los once miembros del jurado estaban inicialmente dispuestos, sin ningún tipo de reparo, a condenar a muerte al acusado.

Tolerar aquello incierto, el desamparo o la culpa, y darnos espacio para pensar, dudar, conversar y conjeturar, con nosotros mismos o con nuestros grupos de referencia, puede ser un buen camino para explorar (como el protagonista de la obra citada), que al menos, elude las subidas y bajadas de la piedra que Sísifo estaba condenado a repetir.


Marcel Cirera                                                                                  Enero 2013