miércoles, 24 de abril de 2013

"Lo emocional", un mito de nuestro tiempo (y II)


En el artículo anterior, “Lo emocional”, un mito de nuestro tiempo (I)”, me refería a la presencia y ocupación del concepto “emocional” en los discursos y narraciones sociales  de todo tipo, lo cual puede ilustrarnos sobre los modelos y marcos mentales de hoy en día.

Siendo así, cabría preguntarse ¿porque actualmente el discurso sobre “lo emocional” es tan prevalente? y ¿de qué estamos hablando cuando las emociones, o mejor dicho las referencias a las mismas, forman parte del discurso social y como no, mediático?, cuestiones que me parecen relevantes para poder entender algo del momento en que vivimos y de los comportamientos sociales.

Diversos son los factores que, a mi entender, confluyen en la construcción social del  mito de “lo emocional”. Este  proceso  de construcción  nace  con la dinámica y desarrollo de las sociedades cada vez más globalizadas (sobretodo occidentales), con unas relaciones de intercambio centradas en la lógica exponencial del consumo, que abarca casi todos los ámbitos de la vida (profesionales, afectivos, etc.), dando origen a lo denominare como ideología del consumo.

Se trata de una dinámica social “hiperconsumista” y “liquida” que tiene su centro neurálgico en un sujeto individual, sobre el que recaen el deber y el placer por cuenta propia, cada vez más desvinculado de las grandes instancias sociales (ideológicas, políticas, económicas, etc.) de las cuales antaño era dependiente (el debilitamiento de los vínculos sociales no siempre es el efecto de una sociedad cada vez más interconectada).

Esta ideología del consumo pivota sobre el corazón del sujeto individual y este remite esencialmente a “lo emocional”.

Así, cobran protagonismo nuevos paradigmas individualizantes (el éxito, la eficiencia, etc.) que junto a los valores de la libertad o de la autonomía individual, restan valía a la interdependencia y a las responsabilidades mutuas, que deberían vincular a las personas libres. Gran parte de los ecos de Mayo 68 se han sublimado en el hiperconsumismo - individualizante.

La progresiva ruptura de los espacios sociales, desde finales del S. XX,  con la consiguiente afirmación y enaltecimiento de una individualidad omnipotente, arropada de una fantasía de que “todo es posible” (todo se puede lograr con rendimiento y eficacia y así, el éxito está al alcance de la mano), ahonda en la labilidad de los vínculos sociales y las fronteras emocionales del sujeto se tambalean.

De esta forma va emergiendo un sujeto-consumidor, que en su clímax valoriza las cosas u objetos como personas y a las personas como objetos (ej. se habla de la “marca personal”, etc.), cada vez más necesitado y deseoso de colmarse de cosas. Ser a través de los objetos, a través de una repetición incesante de una relación sujeto-objeto que no hace sino que aumentar la frustración y el vacío de su alma. Un sujeto que vive su insuficiencia.

En el terreno mítico seria como si un supuesto Prometeo, agotado por la multitarea, deviene un Tántalo hiperconectado, ansioso e insaciado.



De aquí la necesidad, más o menos consciente, de mirar al interior, al corazón del sujeto, a “lo emocional”, o mejor dicho, por lo que se ve o lo que es dominante en la cultura, comportarse como espectador y  receptor pasivo de “lo emocional”, y como Tántalo, ansiando vanamente  calmar el hambre emocional. Cuando el objeto ya no puede ser un soporte de lo proyectado, siempre puede haber un coach o una pastilla que alivie el malestar.

En este sentido no es extraño que prolifere una cierta psicologización de la vida cotidiana, que a través de la homologación del “recetario” de todo tipo, legitima socialmente un “discurso terapéutico”, como señala Eva Illouz.

En los tiempos globalizados, en los que se asume socialmente "que todo es posible", se tiende a homologar las experiencias humanas, no solo en el pensar sino “en su forma de sentir” (F. Furedi, Therapy Culture, Oxford 2004). Es una homologación de lo íntimo y lo más íntimo es lo emocional.

Las narraciones y relatos que inciden  sobre el mito de “lo emocional” son diversos, pero aun así podemos agruparlos en dos grandes direcciones opuestas, que las denomino como: “visión dominante” y “visión empática”, que representan unos modelos de comprensión y acción humana diversos, y  consecuencias también diversas.

La “visión dominante” del mito de “lo emocional” se corresponde con unos relatos descriptivos, hechos con fría naturalidad y distanciamiento objetivo, como si de una ciencia exacta se tratase, reduciendo lo humano de las emociones y acallando la voz del corazón.

Basta con ver los consumos crecientes de ansiolíticos, antidepresivos o somníferos, por un lado, puestos en circulación por la psiquiatría organicista y la industria farmacéutica  y por otro,  los consumos crecientes de una parte de la sociedad que no quiere o puede ocuparse de su malestar o que en todo caso solo le interesa la reducción sintomática, fuente de inquietud y angustia.

De hecho esta “visión dominante”, en su extrema polaridad, es expresión de la absoluta indiferencia hacia lo humano, en la que solo cabe la bulimia de las sensaciones y el tantalismo insaciable.

Esta comprensión del mito representa alienarse en lo exterior (por identificación fusional y asimilación con el objeto de consumo), es lo que G. Durand designa como “visión esquizomorfa”. Se trata del conformismo emocional o lo que Freud denominaba como “miseria psicológica de las masas”.

En este linea Victoria Camps (El gobierno de las emociones .Ed. Herder, 2011) opina que lo que falla en las democracias actuales es que “no se consiga forjar un carácter ciudadano, un fallo que algo debe tener que ver con la desaparición de ciertas emociones sociales como la vergüenza y la culpa. Si ves racionalmente una injusticia, pero no la sientes, no sirve de nada y los derechos humanos se convierten en algo vacuo y, aunque no los rechaces, en la práctica no se respetan, porque no son sentidos como una obligación por los que hay que luchar.”

La “visión empática” del mito de “lo emocional” (en gran medida ausente en nuestra cotidianeidad), en el sentido de lo indicado por Kohut, “el cuerpo necesita el aire, como la mente la empatía”, comporta estar con el Otro (sujeto u objeto) sin fusionarse, sin asimilarse a los valores exteriores. Representa la integración y asimilación interior de valores, para ser Uno Mismo, en interdependencia e interrelación con el Otro.

Esta lectura de lo “lo emocional” supone mantener la distancia justa para no ser invadido por los objetos (héroes y dioses actuales), evitar la bulimia y así poder buscar y digerir el sentido del mito, dando espacio a la duda y a la tolerancia.

La búsqueda del sentido, es la búsqueda de lo que es humano.



Marcel Cirera                                                                                                                     04/2013