viernes, 22 de agosto de 2014

Un selfie de la Catalunya actual


Probablemente la pasión que despierta el selfie entre nosotros sea una muestra del estado de ánimo de los momentos actuales. No hay lugar, situación o momento que escape a esta gestual embobada, que parece que nos enaltezca más allá de su fugacidad hasta que a la vuelta de la esquina encontramos otro momento propicio para mostrarnos.

Pues, todo selfie es para mostrarse a los demás, con la creencia de que seremos vistos, acogidos, interesantes, es decir, que formaremos parte de los otros, aunque sea en la fantasía (quizás con algún un "Me gusta" en Facebook ). Este anhelo nos acompaña siempre, o mejor dicho nuestro self (ie) se constituye y se va construyendo con los otros, pues desde los primeros momentos, cuando aún no hemos visto la luz del exterior, ya formamos parte de las expectativas y proyectos de nuestros progenitores.

Pero, más allá del recurso técnico y de la envoltura de la ideología tecnocientífica, que le da sentido en nuestra liquidez consumista, es sin duda, un signo de los tiempos, que nos atrapa y nos conecta, efímero, lábil, cambiante, pero un signo los tiempos.

¿Si pudiéramos hacer un selfie colectivo de la Catalunya actual, que veríamos?


Imaginemos que percibimos un conjunto de imágenes efervescentes y abigarradas ("Tricentenarios", "miquelets", "estelades" "Pujolets", "constituciones", "Diades” masivas", "sumas y restas", "almogávares", "La Roca Village y algún que otro supermercado ", " un pesebre hecho añicos ", etc., etc.), que podríamos considerar  algo confusas, incluso ambiguas a nivel manifiesto, pero de hecho dependería de nuestra mirada ver el sentido de este todo, ver unas u otras, presentes o ausentes, pues como decía E. Gombrich "el acto de ver es fundamentalmente interpretativo".

Inesperadamente, la mayoría de internautas que contempla este selfie se da cuenta que, como efecto de conjunto, parece destacar la representación colectiva de la identidad actual y la representación de la pugna por la soberanía, con sus contrastes y contraposiciones, como una copa de Rubin o quizás como las imágenes ambiguas y siniestras de Jan Švankmajer.




Tanto la identidad actual como el anhelo de soberanía que podríamos ver en el selfie son representaciones de ilusiones colectivas (para algunos), expresiones de unos imaginarios y fantasías de un grupo humano, o de una parte del mismo, que construyen unas narraciones diversas que muchos, incluso multitudes, se las pueden hacer suyas.

Decía U. Eco. "Todo mundo de ficción se sustenta, como si fuese un parásito (yo diría simbiótico), en el mundo real, que el mundo de ficción utiliza como contexto".

Este selfie de la Catalunya actual se daría en un contexto sociocultural, que metonímicamente podríamos denominar como "Al mal tiempo, tiendas llenas", como titulaba en su portada el diario Ara (16.8.14), propio de las democracias occidentales de hegemonía neoliberal y consumista, que obviamente impregna la mirada (me he referido a ello en el artículo, "Las identidades y los Otros" 17.7.14).

Pero, de hecho me pregunto: ¿Cómo nos vemos y sentimos en este selfie colectivo? ¿Cómo vemos y sentimos la representación de la identidad y de la soberanía en el propio contexto de una "sociedad líquida", que tan magistralmente nos ha explicado Z. Bauman? 
A mi entender, hay dos grandes maneras de vernos y sentir este selfie de la Catalunya actual.
La primera, dominante y hegemónica en nuestra cultura, es la que ve el retrato de una manera estática, literal, la que dice "es lo que hay", la que carga con la huella de la "realpolitik" y entroniza la soberanía de la razón (nunca mejor dicho), ofreciéndonos a la vez, en bandeja de plata, las idealizaciones más diversas.

Es la manera de ver que entiende que la memoria histórica es algo inalterable, lo que siempre ha sido y es, al margen de quien lo piensa y del momento en que se piensa, como por ejemplo la escena representada por los entrañables "miquelets" haciendo guardia en torno al Presidente Mas, en la conmemoración del tricentenario de la última batalla ganada en Talamanca.

Redescubrimos el castillo de Cardona, la "Ruta de 1714", la catalanidad de Colón (quiero decir Colom), las montañas de Montserrat en el cuadro de la Gioconda, etc. y un día nos despertamos con la noticia de que un padre de la patria nos la ha jodido. Pujol, aunque pueda parecerlo no es un Bárcenas cualquiera, entre otras cosas porque ha sido un objeto idealizado, lo que explica los sentimientos de "pena y desengaño" que, como muchos, declara haber sentido Eduardo Reyes, presidente de Súmate.

De repente hay prisa, (¡mala consejera!), para vestir, para reencarnar, o incluso resucitar el propio panteón histórico-mitológico, a fin de llenar el vacío de una orfandad que la “sociedad líquida” parece que no termina cubrir, pues ante la vivencia de amenaza, que actualiza este vacío, se reactivan los recuerdos de los "traumas escogidos", como dice Volkan, que desvelan los sentimientos de pertenencia y los vínculos colectivos, pero también los prejuicios y estereotipos.

Este modo de ver es también una manera de evadir los conflictos, quizá fruto del convencimiento de las virtudes de la "realpolitik" y que se expresa, a través de insignes prohombres del espectro político, tertulianos y periodistas orgánicos, diciendo, más o menos: "el debate central es una cuestión de soberanía y no de identidad, pues de identidad cada uno tiene la suya".


Pero en su corta mirada no ven (no pueden o no quieren ver) que la soberanía, como capacidad de decisión, corre paralela y depende de la maduración identitaria, individual o colectiva. Es decir, la maduración e integración de los procesos de identificación y de investimento en el grupo, que constituyen la "mentalidad" del grupo humano en condiciones habituales (pues en condiciones de amenaza se despiertan los prejuicios estereotipados), contribuyen a decisiones más autónomas y menos contradependientes.

Pensar la identidad de un grupo humano, pues a esto nos referimos, no es una cuestión fácil, cierto, pero evitar planteárselo o negarlo, no deja de ser un flaco favor a las aspiraciones de un soberanista, pues no es posible construir o transformar lo que se mantiene ausente.

¿Qué son, sino signos de identidad las banderas con las barras y las estrellas ondeando en infinidad de casas estadounidenses, país donde mejor se expresa la falacia del llamado patriotismo constitucional? o ¿De qué hablamos cuando menudo se hace mención de las dos almas del PSC? o ¿Cuando M.V. Montalbán decía que el Barça era como el ejército desarmado de Catalunya?, etc.
 
Otro ejemplo de "realpolitik", propio de esta manera de ver el selfie, lo podemos encontrar en la reducción "científica" de los fenómenos sociales a cálculos y   cifras y a determinadas interpretaciones de las mismas. Así por ejemplo, en un artículo titulado "La victoria en cifras", S. Cardús, basándose en el Barómetro del CEO (1a ola de 2014), deduce que: "La segunda conclusión clara a que permiten llegar los datos disponibles es que el no a la independencia tiene una base mucho más identitaria, emocional, que no el sí, que es fundamentalmente político y pragmático. " Esta es una clara y conocida visión reduccionista que pretende explicar los comportamientos y las dinámicas emocionales a través de lo literal y declarado (una cosa es lo que decimos  y otra lo que sentimos, sobre todo en temas digamos delicados) y en la que el autor, a la vez, presupone un criterio de certeza y de valor a la respuesta racionalizada de los "datos disponibles", es decir, como si lo "político y pragmático" fueran las partes elevadas y lo identitario y emocional fueran las partes bajas (podemos hacer fáciles analogías).

Esta primera manera de ver refleja, en mi opinión, unas determinadas  ideas y paradigmas dominantes (la fe en el "progreso" y la razón, la veneración del discurso tecnocientífico que intenta borrar la subjetividad, etc.) de ciertas élites gobernantes (o castas, como dicen algunos) y de sus pregoneros, que día tras día se disputan los espacios de los circos mediáticos con la suficiente opacidad para poder seguir disfrutando del pastel, con la complicidad (consciente o inconsciente) de los que quedan enganchados en el embeleso de este selfie.

Hay, sin embargo, otra manera de ver y sentir este selfie, que sería una especie de "meta-self (ie)", es decir, una mirada que partiendo del presente nos permite conjeturar sobre el pasado, que entiende que la memoria , personal y colectiva, es la influencia constante del pasado en la organización de cualquier situación del presente. ¡La historia objetiva no existe, al margen de los relatores y de sus instrumentos!

Una manera de ver y de sentir que pone en el centro del pensamiento la subjetividad de los grupos humanos, sus vivencias y aspiraciones, más allá de la mortecina visión tecnocientífica de los fenómenos sociales.

Así podríamos ver que la identidad de un grupo humano, en este caso Catalunya, es un proceso dinámico y complejo, que se construye progresivamente, que hoy se da en un contexto sociocultural psico-degradable ("consumismo líquido"), donde las identidades se adquieren y se desechan i las identificaciones se encarnan de repente para volverse a reencarnar en otro fenómeno u objeto diverso, y que tiene como consecuencia la emergencia de identidades lábiles y fragmentarias, que nada tienen que ver con la vieja trilogía Estado- Nación- Territorio.

Actualmente, quizás como nunca en la historia, la identidad y la soberanía tienen que ver con el diferente y sobre todo, tanto una como la otra, necesitamos pensarlas desde la experiencia de los sujetos que conforman el grupo/s, con sus anhelos y esperanzas, con sus ideas, conscientes e inconscientes.

Hoy sabemos, desde diferentes ópticas, que el poder de decidir es limitado, pero sobre todo es un proceso que opera lejos del "cálculo racional eficiente" de las opciones, pues opera a partir de las emociones y sentimientos en juego.

Conceptos como identidad y soberanía, necesitan ser repensados. Estamos viviendo un momento de cambios profundos en la historia de la humanidad, en el que ciertas formas de organización social se nos están volviendo inservibles, y quizás todo esto sucede a una velocidad que hace difícil pensarlas, pero esta es nuestra opción.

Las sociedades son cada vez más complejas y plurales en su interior y existen núcleos resistentes a la uniformización que reclaman su diferencia (Catalunya es un buen ejemplo, pero también los conflictos identitarios en la Francia jacobina o el reciente conflicto en Missouri), a la vez el entorno de interdependencias hace inservible el concepto de soberanía entendido como ámbito exclusivo de decisión, y así por doquier las aspiraciones soberanas de los pueblos y de los grupos humanos se hacen persistentes.

Por todo ello, lejos de posiciones enrocadas e impositivas, necesitamos articular las diferencias, que son diferencias en la manera de vivir, sentir y ver la relación con los demás (y que aunque no salgan en nuestro selfie, están), tanto dentro de la misma comunidad, en este caso Catalunya, como desde los "estados-nación" (Estado Español) respecto a su propia diversidad, a través del reconocimiento de ésta y de la renuncia a posiciones dominantes y coactivas.
  
La identidad y soberanía que podemos conjeturar con esta otra mirada de nuestro selfie debe ser diversa, plural, de diferentes colores, respetuosa, tolerante con los sujetos y sus aspiraciones.

En nuestras sociedades complejas probablemente no hay otra opción, más allá de la barbarie, sino el acuerdo con el diferente, huyendo de la subordinación y la imposición, como vía para construir la convivencia.


Marcel Cirera                                                                                 Agosto 2014