lunes, 1 de septiembre de 2014

Desde el Ébola hasta la meteorología


Probablemente, en unos días o semanas, el virus del Ébola ya no será cabecera de las portadas de los periódicos o noticia de los prime time televisivos. Aunque quizás algunos profetas de los miedos tengan la ocurrencia de relacionarlo con las “pateras invasoras”, con las que los murciélagos (se supone que vehículos transmisores del Ébola) encarnados -vampíricos- perturbarán la “pax” y placidez europea (por no hablar de otras latitudes), para así engrosar nuestras listas interminables de inquietudes y ansiedades cotidianas.

Ciertamente, existe la amenaza la epidémica del Ébola. Desde el punto de vista epidemiológico parece claro que sus índices de morbilidad y mortalidad, a pesar de la ausencia de un tratamiento efectivo, quedan muy por debajo de la incidencia social de otras epidemias (accidentes de tráfico, desnutrición, malaria, iatrogenia psiquiátrica, etc.) menos mediáticas y más cronificadas en nuestra sociedad.

No olvidemos que no hace demasiado tiempo estábamos todos alertados por la gripe aviar, las “vacas locas”, etc.

Pero la cuestión a la que quiero referirme tiene que ver con otros significados que podemos encontrar en el fenómeno del Ébola (como bien señala P. Vaamonde en su artículo “El miedo al Ébola”), como por ejemplo su tratamiento mediático consecuencia de la “cultura del miedo” (actitudes, rituales, consumos, etc. que están orientados por los miedos y temores que vivimos actualmente) que impregna nuestro vivir cotidiano.

Los miedos y temores de todo tipo (la primacía desbordante de la naturaleza, la fragilidad del ser humano, la debilidad de los vínculos sociales) son tan antiguos como el hombre y bien sabemos que las estrategias del poder (político, religioso, etc.), en gran medida, se han asentado sobre ellos, sobre la vulnerabilidad y la incertidumbre del ser humano, generando todo tipo de liderazgos desde los más macabros hasta los más sutiles, como por ejemplo en forma de héroes salvadores con los que nos podamos identificar.

Pero dicha “cultura del miedo”, propia de nuestro mundo actual, se hace explicita cuando se sitúa en primer plano el dilema seguridad/inseguridad, con la promesa por parte de los poderes públicos y privados de ofrecer seguridades de todo tipo, como nuevas fuentes de su propia legitimación, y para ello es necesario construir artificialmente situaciones y fenómenos, globales y locales, que inspiren más y más miedo, incertidumbre y vulnerabilidad.

La difusión y capilarización de los temores globales (terrorismo, fenómenos migratorios, etc.) se han reforzado con la reciente “crisis”, o cambio de modelo dominante, como ilustra acertadamente Pierre Salvadori con su obra “En un patio de París”.

A este respecto dice, con toda razón, P. Salvadori: “La gente se da cuenta de que las cosas están cambiando y tiene miedo. En Francia, y supongo que en Europa entera, hay mucho miedo y el miedo paraliza y anestesia. El miedo nos ciega y nos paraliza, nos insensibiliza.”





Pero es a nivel local, o a nivel de nuestra cotidianeidad, donde con frecuencia integramos más fácilmente y son más desapercibidos estos temores y miedos, a veces como leves incertidumbres o inquietudes.

Convivimos con ellos y desarrollamos diariamente estrategias evitativas, adaptativas o impuestas en aras de nuestra seguridad como por ej. todo tipo de hipocondrías sociales, que en parte son la base de los denominados productos funcionales; el cuerpo como centro de operaciones: la ortorexia y la vigorexia; las cámaras de video vigilancia por doquier; etc.

Recientemente Google publicó unos datos sobre el interés de búsqueda de sus usuarios sobre diferentes temas (el tiempo meteorológico, Gaza, Irak, Ébola i Ucrania). La gráfica correspondiente al tiempo meteorológico era con mucho la más destacada, de forma más o menos estable, y a bastante distancia aparecía el Ébola, con algunos picos de búsquedas.





De siempre, el interés y la expectativa sobre el tiempo ha formado parte de la gran mayoría de las civilizaciones pues los diversos quehaceres dependen de él, en mayor o menor medida, sobre todo en las sociedades agrícolas donde la dependencia era muy directa, pero también en nuestra sociedad actual.

En la lucha contra la naturaleza, y en este caso la lucha frente a los más graves desastres naturales (tsunamis, inundaciones, etc.), hemos casi aceptado la supremacía de la misma naturaleza sobre las capacidades humanas (otra cosa seria la gestión de las condiciones y consecuencias de dichos desastres), como fuente de lo que podemos considerar como temores más primitivos.

A partir de la gráfica de Google podemos conjeturar algunos otros sentidos.

En primer lugar, parece que el tiempo meteorológico lo sentimos como una afectación más directa (corpórea, sensorial,...) que otros fenómenos que podemos considerar más lejanos (Ej. los conflictos de Gaza, Ucrania, etc.). ¿Podremos tomar el sol en vacaciones o nos las estropeará la lluvia? O sin ir más lejos, el tiempo es también un recurso para el lenguaje fático (como la típica conversación del ascensor).

Observando el tratamiento de lo meteorológico en los medios podemos darnos cuenta del incremento de su relevancia, así por ejemplo, en unas noticias televisivas podemos ver que el espacio del Tiempo pasa a ocupar, en ocasiones, la parte central de la emisión como llamada de atención; o que frecuentemente, los contenidos están impregnados de ciertas catástrofes más o menos espectaculares; o que de la anécdota (una granizada en una pequeña zona) deviene categoría central en el discurso; o que, en ciertos casos, los “hombres del tiempo” devienen verdaderas vedettes mediáticas, eso sí, adornados con un lenguaje en el que abundan, de una manera o de otra, las llamadas a las alertas y sus consecuentes consejos de seguridad; etc.

Así pues, además del valor comunicativo de los servicios meteorológicos, podemos pensar que actúan como objeto de desplazamiento de los miedos y temores, reforzando sutilmente ciertos sentimientos de inquietud e incertidumbre junto a las consabidas recetas de que procuremos por nuestra seguridad. Y ello, por lo visto, incide en una carencia y demanda que deseamos satisfacer, fruto en gran medida de la habituación a la baja tolerancia a la frustración y al disconfort.

Más allá de nuestra propia vulnerabilidad como seres humanos (que no es reparable por las vías de la omnipotencia ni la omnisciencia), el malestar en nuestra cultura, nuestros miedos, temores, incertidumbres e inquietudes, no solo se construyen a través de estrategias artificiales de gran calado (desde los yihadistas hasta los emigrantes “invasores”) sino también a través de procedimientos de menor calado, más etéreos o sutiles (desde el Ébola hasta la meteorología), ofreciéndonos a la vez una seguridad tan imposible como mentirosa.



Marcel Cirera                                                                                 Septiembre 2014