miércoles, 4 de marzo de 2015

El pensamiento positivo: un pensamiento sin pensador


" Todo se soporta en esta vida/ menos una sucesión de buenos días" (Goethe)

Un fantasma angelical recorre el mundo: el pensamiento positivo. Una pléyade de profetas (coaches, trainers y consultores variados) anuncia por doquier su poder salvífico.

Nacido hace ya bastante tiempo en la América profunda (USA), de la mano de unos predicadores e impregnado del puritanismo calvinista, hoy señorea a sus anchas por los más diversos confines de la tierra, profesiones y actividades diversas, con el objetivo de lubricar los males contemporáneos de las gentes y ofrecer caminos de éxito y felicidad.

¿Pensamiento positivo?, suena casi a oxímoron. Pero, vayamos por partes.

Recuerdo una conocida anécdota en la que Van Gaal, entrenador del Barça, dijo en una rueda de prensa, dirigiéndose a unos periodistas a los que recriminaba crear mal ambiente en el club: “tu interpretación siempre negativa, nunca positiva” (pronunciado al estilo neerlandés, la “v” suena como una “f”). Casi suficiente para entender lo malo y lo bueno. Si lo pensamos de nosotros mismos (¿soy positivo o negativo?), parece claro lo que tenderemos a responder.

Los sinónimos de “positivo” no dejan lugar a dudas: afirmativo, cierto, verdadero, inequívoco, bueno, optimista, efectivo, practico, pragmático, etc. El adjetivo “positivo”, sería como una metáfora “muerta” (los lingüistas me corregirán) que conceptualmente puede organizarse por metáforas orientacionales como por ej. arriba/abajo y derecha/ izquierda, con lo que lo “positivo” es “arriba” y lo “negativo” es “abajo”; lo “positivo” es “derecha” y lo “negativo” es “izquierda”.

Y más allá, asociativamente, podemos pensar que “lo positivo” es lo “feliz”, lo “bueno”, lo “racional”, la “virtud”, etc. El campo semántico de lo “positivo” está labrado hace tiempo.

El “pensamiento” es un proceso complejo en sus diversas dimensiones. El pensamiento como fenómeno mental probablemente supone la fluctuación y oscilación entre estados mentales de disgregación o dispersión y de integración (esta sería la matriz del pensar en la epistemología de Bion). Supone la ausencia o un “vacío” que es necesario tolerar y contener. En su origen el pensar, según él, tendría que ver con la capacidad del reverie materno para recibir y transformar la identificación proyectiva comunicativa del bebe. El desarrollo del pensamiento seria análogo al proceso “digestivo”, un proceso capaz de conjugar la expectativa de una satisfacción y la tolerancia a la frustración o ausencia de la misma, lo que daría paso a una emergencia del símbolo.

Esta visión sobre el pensamiento, parece claro que poco tiene que ver con lo que pregonan los apóstoles del pensamiento positivo, que más bien sería una papilla fácilmente digerible y excretable, como un mensaje a lo Prozac, mágico, bueno,  commodity ataráxico para  tiempos turbulentos.

Más allá de sus términos (“pensamiento” y “positivo”), veamos qué es lo que se enuncia y pretende transmitir con el concepto pensamiento positivo, pues a pesar de su notable extensión y aplicación en muy diferentes ámbitos (encontrar pareja, adelgazarse, enfrentarse con una enfermedad, maneras de hacerse rico, gestionar adecuadamente una empresa, ser un buen líder, etc.) podemos conjeturar unos significados y efectos comunes en el uso de dicho concepto.

Cuando se dice, “Hay que ser positivo”, y variantes de lo mismo, es una apelación a la idea de ser optimista y que siendo optimista, y por tanto positivo o pensando en positivo, tendrás resultados también positivos (sea en salud, éxito o prosperidad) y viceversa. Estos enunciados se repiten hasta la saciedad por parte de coaches y libros de autoayuda, de la misma manera que la repetición de dichos enunciados por parte de uno mismo es una de las prescripciones de los expertos, y si es necesario ayudándose de variadas técnicas de “relajación”. Una de las frases atribuidas a Dale Carnegie (clásico inspirador del pensamiento positivo y autor del, todavía hoy, superventas “Como ganar amigos e influir sobre las personas”) decía “Better and better every day”.

Sin duda, parece que esta manera de hacer es bienvenida y aceptada aunque sea un camino del “más de lo mismo”, si no triunfas o no consigues tu objetivo la respuesta es persistir o que no te has aplicado lo suficiente y debes seguir y seguir. Pero es que además el pensamiento positivo, en sus diversas y variadas expresiones, plantea la paradoja de ser optimista, ser feliz, o lo que sea, a través de una obligación en la cual uno está atrapado, con la consecuencia de que el no lograrlo comporta un sentimiento de culpa por no estar a la altura o no saber. En el fondo es una pedagogía con el tufillo del duro puritanismo (tu obligación tiene que agradarte), eso sí, bajo un manto cosmético que abona el simulacro.

¿Qué pasa si tengo pensamientos negativos? Pues las recetas, más o menos adornadas, consisten en reprimir y bloquear el malestar, negar los sentimientos. Ya sabemos que pasa cuando esto sucede, que vuelve a aparecer lo mismo bajo otra forma y no sería nada extraño que ese malestar negado se encarnara en el propio cuerpo.

En consecuencia la negación y disociación de la experiencia emocional y la no tolerancia a la frustración imposibilita la emergencia del sentido, de ahí que el pensamiento positivo se funde en un tipo de pensar- sin- pensamiento, es decir, una especie de rigidez del mundo representativo o una puesta en acto de lo perceptivo sin proceso de mentalización. Este es el sentido del pensamiento positivo como oxímoron.

En diferentes eventos, grupos de autoayuda o conferencias de gurús del pensamiento positivo, en su éxtasis se llega a afirmar que “hay que evitar a las personas negativas” y obviamente relacionarse con las que son como tú deberías ser, positivas.

“Evitar a las personas negativas” es como decir “El infierno son los otros” (acto final de la obra teatral de J.P. Sartre, “A puerta cerrada”), bonito colofón sobre como el pensamiento positivo entiende la empatía y a la vez un claro ejemplo de pensamiento esquizoide.

Podríamos seguir con la infinidad de recetas propias de esta manera de entender las cosas, pero todas repiten y dan vueltas sobre lo dicho, como una especie de pensamiento “zombi” (seres sin alma, cuyo destino es tragar y tragar).

En definitiva, el pensamiento positivo apelando a una cosmetización de las experiencias, al simulacro y al imperativo del más y más deviene una buena pócima, unas veces mágica y otras arropadas en cierto cientifismo, para soportar aparentemente los ritmos trepidantes, acelerados y voraces del consumismo líquido.

Sería bueno para nuestro goce y salud mental despertarnos de este sueño terrorífico que es el pensamiento positivo.


Marcel Cirera                                                                                             Febrero 2015