miércoles, 8 de abril de 2015

Cambio político y resistencias al cambio

Jan Švankmajer. Posibilidades de diálogo, 1982


La pugna entre lo viejo y lo nuevo, y las crisis consecuentes, están ligadas al devenir del sujeto y de las comunidades de las que forma parte.

Hay momentos históricos donde este conflicto se hace evidente y resuena por doquier, como sucede en el momento presente con lo político. Desde diferentes ámbitos existe un amplio cuestionamiento de las formas de hacer política, desde los movimientos sociales (primavera árabe, 15 M, el movimiento soberanista catalán, etc.), a la crisis de los modelos representativos tradicionales hasta nuevas formas de expresión y vinculación con lo político, lo que sus protagonistas denominan o teorizan, de un modo o de otro, como la vieja política vs. la nueva política.

A decir de A. Gramsci, en Quaderni del Carcere, citado nuevamente al calor de algunos de estos movimientos, "La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados"[1].

En efecto, las turbulencias y morbosidades están al orden del día desde la misma política convertida en espectáculo, incluso en una tertulia cualquiera en prime time televisivo, hasta sus manifestaciones más primarias como son las corrupciones más variopintas. Y es que el “morbo” es rentable.

Pero entender, o mejor sentir, la política de tal modo tiene consecuencias en la conformación mental de una comunidad respecto del hacer político, de sus preferencias y acciones.

La mente humana, la mente del sujeto individual, está en resonancia con la mente de los grupos o comunidades de pertenencia, y viceversa, de aquí que utilicemos los fenómenos del mundo externo (un personaje, partido político o  un hecho social) para dramatizar nuestro mundo interno (nuestros conflictos o aspiraciones y deseos), es decir, actuamos y transferimos inconscientemente “cosas” entre ellos. Por tanto, ¡ojo! con las visiones restrictivas de lo político.

Por otra parte, “lo nuevo no puede nacer” porque la transformación de un estado de cosas a otro, no es ni fácil, ni sencillo, sino que moviliza las resistencias a los cambios de todo tipo, desde las propias del poder instituido socialmente hasta las que todos tenemos, porque en ellos ganamos pero también perdemos, tanto en lo colectivo como en lo individual. En efecto, podemos resistirnos al cambio porque obtenemos beneficios en el no cambio (cuidado, atención, autoestima, etc.) o porque sentimos no ser merecedores del mismo o simplemente para evitar el dolor que supone cambiar. Otra vez más, el reduccionismo político es un mal consejero.

Y no olvidemos que ciertos líderes salvíficos (en la derecha, en la izquierda y también entre los que se reclaman de la superación de dichas categorías) lo son en tanto que apelan a una determinada mentalidad grupal[2], unánime y común, que expresa una fantasía inconsciente, compartida y omnipotente, sobre la manera como el grupo o comunidad conseguirá sus objetivos y satisfará ilusoriamente, a la vez, el deseo de sus miembros. Este liderazgo y esta mentalidad grupal son formas defensivas primarias de oponerse al cambio.

El malestar en la cultura actual, que ha llegado a límites insoportables de sufrimiento, incertidumbre y exclusión por parte de muchos con la reciente “crisis”, es la base sobre la que se han ido edificando las diferentes voces y movimientos en pos de nuevas maneras de hacer y pensar la política, de búsqueda de lo nuevo y del cambio que conlleva.

Pero no nos engañemos, confrontarse con este malestar existente, no consiste solamente en un cambio de políticos y políticas al uso, no es un maquillaje arropado de una nueva retórica aprendida en una lectura de manual del trabajo de G. Lakoff[3] (lectura obligada para nuevos políticos y tertulianos), como si del Libro Rojo se tratara, ni tan solo un supuesto combate ideológico frente a la hegemonía del discurso dominante, como si con el simple abrazo de un nuevo discurso y unas nuevas ideas bondadosas, más o menos ilustradas, comportara una respuesta automática o pauloviana en aras del cambio.

La connivencia y conformación con los modos de hacer del actual capitalismo líquido de consumo, no es simplemente una cuestión ideológica o de adhesión racional a sus narrativas o a sus proclamas descarnadas y ficticias (¿Quién no conoce las estratagemas y juegos palaciegos del PP-PSOE? ¿Quién no está más o menos informado sobre los devaneos de las vestales de IU? ¿Quién no ha oído hablar de la locura maníaca de los “mercados”?, etc.).

 Dicha connivencia con el sistema es básicamente la asunción e interiorización, en gran medida inconsciente, de la mercantilización de las relaciones y de los procesos, donde los vínculos con los otros son mediados a través del mercado. Esta es la resistencia de fondo, ciertamente no la única, que dificulta que “lo nuevo no pueda nacer”. Es, en todo caso, la cuestión de donde depositamos los afectos e identificaciones, que es a la vez, como decía más arriba, un fenómeno individual y colectivo de transferencia y proyección.

La lógica del consumo se infiltra hasta el tuétano, invade más y más las relaciones sociales, somos a través de los objetos, de manera cada vez más acelerada e intercambiable y construimos verdaderas dependencias de sus significados emocionales y simbólicos, socialmente construidos. Cuánta razón tenía Marx cuando hablaba del fetichismo de la mercancía, en unos momentos en que la sociedad de consumo solo podía ser un futurible, con su sutil combinación de placer y decepción.

Nuestra sociedad espectacularizada construye unos sistemas de códigos y señales que lo convierten todo, o casi todo, en una mercancía, incluso lo más terrorífico (ejemplos cotidianos los podemos ver a diario en los informativos televisivos), donde es difícil, a veces, apreciar los límites entre la información y la obscenidad.

Ciertamente, el cómo y el que, ambos, son importantes en lo comunicado. Pero cuando en el torbellino del mercado informativo el mensaje político, para ser escuchado y destacar sobre el resto, se construye como un simple entretenimiento banal (incluso ofensivo) y se convierte en puro espectáculo (sea en una tertulia televisiva o en un debate parlamentario) para ganar algunas cuotas de audiencia (o votos huérfanos), algo nos está diciendo de quien lo dice, la búsqueda del puro dominio al servicio del rendimiento, es decir, el uso de lo emocional al servicio de estrategias omnipotentes, donde la ficción representacional prevalece sobre la experiencia vivida al servicio de lo espectacular, como señalaba G. Debord.

Así, los políticos al uso son consumidos y evacuados como cualquier objeto de consumo, son efímeros y puro simulacro, por eso deben apelar al “relato” (storytelling político), cuya clave es el emocionar, y construir historias para, supuestamente, seducir a la audiencia. De tal modo la resultante, paradójicamente, es una mayor pérdida de la credibilidad y confianza hacia el sistema político dominante.

Cuando se habla de “personal branding” (de hecho, consumo de relaciones) o cuando se mimetizan estrategias políticas como simples estrategias de marketing cabe preguntarse: ¿Dónde están los límites? , ¿Es que asumimos que la acción política, o la política misma (y la supuesta ética consecuente), es un objeto más del gran mercado de la sociedad liquida?

Quizás no le falte sentido a la afirmación de Byung-Chul Han[4] cuando dice: “El sujeto del rendimiento, que se pretende libre, es en realidad un esclavo”... “Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona.”... “No es la multitude cooperante que Antonio Negri eleva a sucesora posmarxista del proletariado, sino la solitude del empresario aislado, enfrentado consigo mismo, explotador voluntario de sí mismo, la que constituye el modo de producción presente”.

Para Han, el régimen neoliberal transforma la explotación ajena en autoexplotación, al revolucionario en un sujeto depresivo y al ciudadano en consumidor, y como tal, dice Han, sin un interés real por la política, en un espectador pasivo en una “democracia de espectadores”, en la que la revolución ya no es posible.

Ante esta reflexión demoledora de Han, a modo de un bisturí casi-paralizante, Marina Garcés, en un artículo publicado en El País[5], contrapone una dura crítica hacia los que, como Han, denomina intelectuales “cierra-puertas”. Dice M. Garcés: “¿Es que las multitudes que madrugan para ir a trabajar cada mañana o que llenan las listas del paro de este país y de tantos otros son usuarios complacidos de un sistema en el que desean libremente ingresar? ... “Los movimientos sociales y los emprendimientos cooperativos que, en tantas partes del mundo hoy, autonomizan su capacidad de gestión y de creación de formas de vida, ¿qué hacen sino proponer y plantear concretamente formas de reapropiación colectiva de la vida?”. Finaliza el artículo diciendo: “Lo que ha cambiado no es la posibilidad de la revolución sino su forma y concepción histórica.”... “Más allá de la historia política de las revoluciones, hoy se impone la intempestividad de las revoluciones que ya están teniendo lugar. Si el poder no quiere verlas, nosotros sí.”

Comparto en gran medida la opinión de M. Garcés, pero ante lo que entiendo como cierto ejercicio de optimismo de la voluntad, por su parte, me parece necesaria, como contraste, la incisiva opinión de Han, que quizás nos ayude a mirar más hacia nosotros mismos sin dejarnos llevar por la idealización de lo externo, o ¿es que las multitudes que madrugan para ir a trabajar cada mañana no ejercen su capacidad de decisión y elección en las colas del Corte Ingles o en las Apple Store de cualquier ciudad?

El cambio político hacia lo nuevo-que-“no puede nacer” requiere de un cambio en mayúsculas, de amplias dimensiones, obviamente un cambio para destronar al sistema de los sátrapas, insaciables y hacedores de crisis, de los corruptos, insensibles con los débiles y excluidos, y de los mediocres, encumbrados en ciertos ámbitos de poder.

En el manifiesto “Ultima llamada”[6] (Esto es más que una crisis económica y de régimen: es una crisis de civilización”), publicado en verano del 2014 y firmado por un amplio abanico de personas, más o menos públicas, situadas en el ámbito de las izquierdas (si se me permite su ubicación en el eje de las abscisas cartesianas), se decía: “Los ciudadanos y ciudadanas europeos, en su gran mayoría, asumen la idea de que la sociedad de consumo actual puede “mejorar” hacia el futuro (y que debería hacerlo)”... La sociedad productivista y consumista no puede ser sustentada por el planeta.”... Para ello van a ser necesarios cambios radicales en los modos de vida,...”... “Pero esta Gran Transformación se topa con dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados.”... “Hoy, en el Estado español, el despertar de dignidad y democracia que supuso el 15M (desde la primavera de 2011) está gestando un proceso constituyente que abre posibilidades para otras formas de organización social.”

Los obstáculos titánicos a esta Transformación, además de lo citado, no solo están fuera de nosotros, también están más o menos instalados en nuestras mentes, individuales y colectivas, en forma de resistencias cotidianas inconscientes, como supuesto remedio ante la creciente incertidumbre, inseguridad y desprotección que impregnan las existencias. Estas resistencias, de una forma u de otra, se han manifestado a lo largo de la historia, y se manifiestan hoy por doquier a través del espectro del espejismo consumista, pues como decía, la conformación y aquiescencia con las entrañas del sistema, generadas por diversos miedos, no se cambia simplemente con la voluntad y la racionalidad política e ideológica, tan apreciada por lo voceros de la “casta” y a veces, tengo la impresión, por ciertos militantes “anti-casta”.

A mi entender, dicha Transformación debe conllevar un cambio en la forma de organizar nuestras experiencias vividas, un cambio en las formas del pensar las cosas y los hechos, un cambio en el vínculo, emocional y afectivo, con los otros, es decir, un cambio de los sujetos en comunidad, sin lo cual este cambio en mayúsculas “no puede nacer”, porque es un todo inextricable.

Hemos podido aprender que esta Transformación poco tiene que ver con las tomas de los Palacios de Inverno y que las nuevas ideas tienen una gran fuerza disruptiva cuando son expresadas e implican atravesar diferentes situaciones de crisis y por ello suponen necesariamente momentos de desorganización, dolor y frustración, nada que ver con la fantasías omnipotentes del llamado pensamiento positivo[7], tan funcional al propio sistema.




Marcel Cirera                                                                                             Febrero 2015




[1] A. Gramsci. Quaderni del carcere. Volume primo Quaderni 1-5, Giulio Einaudi editore, 1977.
[2] Bion denomino esta “mentalidad grupal” como “supuesto básico”, impulsos emocionales inconscientes         subyacentes en un grupo.
[3] G. Lakoff. No pienses en un elefante. Lenguaje y debate político. UCM. Ed. Complutense, 2007.
[4] Byung-Chul Han, Psicopolitica. Ed. Herder, 2014
[5] Marina Garcés, La revolución de lo posible. El País, 26.12.14
[7] El pensamiento positivo: un pensamiento sin pensador. Marcel Cirera. 2.15. http://blog.metaforo.es/2015/03/el-pensamiento-positivo-un-pensamiento.html