jueves, 11 de junio de 2015

Conjeturas entre el malestar y el sentido
























La búsqueda de sentido y la emoción del conocimiento (en la vida, en los fenómenos, en las relaciones, etc.) son unos de los vínculos primarios del ser humano y motores de nuestra mente individual y grupal.

El impulso al conocimiento conlleva estar abierto a la curiosidad y paradójicamente tolerar o aceptar que nuestro conocimiento de la realidad será parcial o aproximativo, con todas las inquietudes que ello conlleva, ya que probablemente se nos hace difícil aprehenderla como algo definitivo o absoluto, pero este activo de búsqueda es el que nos pone en el camino del conocimiento de la verdad (también objetivo consustancial de toda ciencia).


Demasiado a menudo queremos resolver mágicamente la tensión entre la duda y la certeza, entre la pregunta y la respuesta, pretendiendo cargarnos de razones para evitar la frustración de la no-respuesta o de un conocimiento complejo. La explicación racional nos tranquiliza, parece que nos da certezas, pero de hecho la razón es esclava de la emoción y existe para racionalizar la experiencia emocional.

Hoy, en la sociedad líquida, parece ser un imperativo necesario tener la respuesta 
definitiva (sólo hay que ver la proliferación de recetas supuestamente eficaces, desde la llamada autoayuda, pasando por las claves del éxito que nos ofrece cualquier listillo investido de gurú, hasta la omnipotencia de la medicalización social), la respuesta rápida, la respuesta que cierra, elimina y desvanece toda duda, aunque después ésta pueda aparecer, otra vez, formulada de otra manera. El deseo de satisfacción inmediata y la poca tolerancia a la espera dificultan la emergencia del sentido.

Maurice Blanchot decía, “La réponse est le malheur de la question” , que podría traducirse como "La respuesta es la desgracia de la pregunta", es decir, la limitación o aniquilación de la curiosidad, pues la pregunta abre caminos y posibilidades que cuando se encarnan en una respuesta a menudo se eliminan las otras posibilidades.

Entender esta limitación, aceptarla, poder observar desde otros vértices, nos puede abrir a la emergencia de nuevos sentidos. Cuando Heisenberg, a través de su investigación científica afirmaba que era imposible calcular la trayectoria de un electrón porque no existe tal trayectoria, afirmaba también que es imposible hacer una observación científica si se ignora la interacción entre el observador y lo observado, y así buscando una verdad científica descubrió también la posibilidad de la incertidumbre (Heisenberg postula el Principio de Incertidumbre).

Los procesos de elección y decisión, como por ej. el acto de compra, en la línea de lo que comentaba anteriormente, los podemos entender como el cambio entre unas, más o menos, amplias posibilidades potenciales de satisfacción (p. ej: una determinada cantidad de dinero) y la opción o respuesta de una satisfacción concreta (por ej.: un producto). Aquí radican las incertidumbres y las ansiedades propias de una elección determinada (decidir y luego hacer una buena elección). La elección y la decisión serian como lo que se nos explica en la Biblia de lo que hizo Esau, que cambió el derecho de primogenitura por un plato de lentejas.

El Esau-consumidor de hoy se encuentra inmerso en un torbellino de vértigo, con los sentidos abrumados, a menudo saturados y embutidos de informaciones, o mejor dicho de mensajes, constantes y continuamente cambiantes, y a cada uno le corresponde decidir y elegir en la medida de su contexto.

Pero este contexto, en nuestros días, está impregnado de malestar o al menos de ciertos aspectos (corrupciones varias, miedos, desconfianza, etc.) que enturbian esa elección y toma de decisiones, es decir, los comportamientos sociales están íntimamente afectados por estos estados de ánimo colectivo, que quizá preferimos no conocer, pero que como investigadores, o simplemente como sujetos movidos por la curiosidad, nos corresponde entender o preguntarnos qué significan.

No hay que confundir la realidad con los fenómenos observables, pues cualquier individuo, aunque a simple vista nos puede parecer un sujeto aislado, es portador de una visión grupal, es un ser grupal, y por lo tanto para entender aquel malestar o las actitudes y comportamientos sociales, hay que hacerlo desde los contextos, o desde los grupos, que lo han conformado como individuo.

Ante las dificultades para entender este sujeto-consumidor de la sociedad líquida, poco fiel, voluble, hiperconectado, etc. hay que pensarlo desde una óptica grupal-contextual y en consecuencia hay que enfatizar que para observar, estudiar y analizar estas dinámicas sociales, necesitamos  herramientas grupales, necesitamos los grupos de estudio o de exploración, pues aquellas dificultades no son un problema de orden tecnológico o del funcionamiento cerebral, son esencialmente una cuestión que apela a los vínculos sociales.

Desde la curiosidad de la pregunta y desde una visión grupal quisiera conjeturar brevemente sobre dos aspectos de la realidad social de hoy, fuente de estados de ánimo de profundo malestar: la corrupción y la "cultura del rendimiento".

En mi opinión, tanto en la corrupción como en la "cultura del rendimiento", se ponen de relieve los dos elementos que he comentado anteriormente, por una parte aquel aforismo de Blanchot (“La réponse est le malheur de la question”) y por otra, que lo individual es social y lo social también se hace individual, aunque dependiendo del enfoque vemos más el uno o el otro. Asumo que estos dos elementos son parciales e incompletos y no saturan o explican por sí mismos, obviamente, la complejidad de la realidades sociales de la corrupción como de la "cultura del rendimiento".

La introyección de estas dinámicas sociales, pautas de corrupción y "cultura del rendimiento", conlleva varios tipos de consecuencias, y de diferente orden (ético, vital, emocional, etc.), no siendo menos importantes las restricciones de las capacidades de pensar y elaborar.

Corrupción y "cultura del rendimiento" son dos maneras de hacer, dos maneras de comportarse, íntimamente arraigadas en nuestras sociedades actuales, dos tipos de actitudes diversas pero que tienen en común, cada una con su especificidad, generar respuestas sociales primarias y regresivas.

Más allá de las consideraciones éticas y políticas, pero necesariamente presentes, me centraré en algunos de los posibles significados y consecuencias en el ámbito de las relaciones sociales.

La corrupción supone algún tipo de alteración y desintegración que tiene como resultado la perversión de una cosa, de un sujeto o fenómeno. Hoy están a la orden del día los escándalos y corruptelas de todo tipo y a todos los niveles, la lista sería interminable y continuamente ampliada, llegando a límites vergonzantes, como por ej. el reciente descubrimiento de una organización italiana, de personajes de todo tipo, que traficaba y se lucraba con los centros de acogida de inmigrantes.

Como por casualidad, es en plena crisis (o "estafa", como dicen algunos) cuando se pone en primer plano de todos los medios de información la divulgación incesante de grandes escándalos de corrupción, señalando sobre todo a los corruptos (no tanto a los corruptores, ni a sus sistemas) como una manera de expiar y proyectar el mal hacia fuera, individualizándolo.

Creo que no hace falta imaginar demasiado para pensar que la corrupción es una cuestión sistémica y en este sentido nos toca a todos, de una manera o de otra, a algunos directamente por identificación y a otros indirectamente, pues aunque sea en pequeña escala, podemos ser contribuidores, más o menos conscientes, de este estado de cosas, por más que las condenemos de forma declarativa. Ante la duda habría que preguntarnos por ej., ¿Cómo puede existir y sobresalir un sistema de estas características?; ¿Cuántas veces hemos contribuido a hacer crecer las audiencias de concursos y tertulias ostensiblemente perversas?

Siempre estamos en riesgo, pero hay momentos en la historia de la humanidad, y ahora es uno de ellos, que por determinadas circunstancias los vínculos sociales se debilitan y un Narciso omnipotente reina en las mentes colectivas, depreciando al diferente, al Otro. En su momento, M.L. King llamaba la atención de sus conciudadanos diciendo: "Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos".

En las circunstancias actuales la corrupción se incuba y encuentra un excelente caldo de cultivo en la "cultura del rendimiento", junto con las especificidades de cada lugar.

La "cultura del rendimiento" emerge de las actuales sociedades industrializadas, de poder neoliberal y "neocon", que son cada vez más sociedades del rendimiento, tal como las definen determinados autores (entre ellos, Byung-Chul Han, al que me referí en un anterior artículo[1]), caracterizadas por la creencia en una especie de capacidades sin límites, donde el sujeto, convertido en "marca personal", parece comportarse como un Sísifo empapado de positividad y eficiencia, aparentemente infatigable, en lucha por más y más, con la fantasía de conseguirlo todo y ahora (a la inversa de lo que decía F. Pessoa: "vence sólo quien nunca consigue"), fragmentario y de vínculos efímeros, que pregona paradójicamente, en lo colectivo, el anhelo del "Yes, we can".

Las sociedades o los grupos sociales presididos por la "cultura del rendimiento" tienen por enseña la eficiencia y esta es una forma elemental de negación. El lucro incesante, conseguir el máximo con el mínimo coste, es el bottom line de la "cultura del rendimiento" y por ello se hace necesaria la máxima eficiencia, donde las consideraciones éticas y compasivas son un estorbo. En la entrevista que Gitta Sereny[2] realizó al comandante del campo de Treblinka, Franz Stangl, éste defiende su "tarea" (el exterminio de miles de personas) en base a la más estricta eficiencia. La "cultura del rendimiento" difiere en la escala, pero no en el concepto.

La "cultura del rendimiento" deja al sujeto sin espacios vacíos, saturado de tareas y reuniones, siempre estresado (claro, me refiero a los que pueden estarlo), permanentemente hiperconectado y ávido de sensaciones, difícilmente transformables en pensamiento, pues para ello dispone de un smartphone eficientemente conectado a través de sus canales sensoriales, como vía de sustitución y compensación.

La avidez sensorial, que se manifiesta en todas partes y en diferentes ámbitos, tiene un carácter bulímico que no permite la emoción del conocimiento, ni la transformación en emociones y pensamientos. Así pues, ¿dónde está el espacio para la creatividad?

En uno de los libros Apócrifos del Antiguo Testamento, podemos leer que "la sabiduría llega al hombre docto por ocio"; En un sentido similar, se dice que Arquímedes de Siracusa pudo salir desnudo por las calles, gritando ¡Eureka!, después de haberse relajado plácidamente en su bañera.

Parece como si el sujeto de la "cultura del rendimiento" necesite también la eficiencia en su tiempo libre, real o metafórico, que es lo mismo que decir que no se permite, o no puede permitirse, tener un espacio mental con el que  confrontarse. Bien podría ser el caso de aquel científico eficiente, inteligente y excelente en la búsqueda de las emociones inscritas en las cadenas del ADN, pero que es incapaz de pensar emocionalmente.

Si la creatividad no nace con fórceps y las comadronas son una especie en extinción, ¿cómo nos lo haremos?

La corrupción y el ansia por la codicia, de un más y más inagotable (nunca termina siendo del todo satisfactorio), impregnan nuestras sociedades actuales (junto con otros factores que intencionadamente obvio) generando unos altos niveles de incertidumbre, con sus consiguientes ansiedades, que afectan los comportamientos sociales de los diferentes colectivos e instituciones, con niveles de malestar y sufrimiento diversos.

Aquellas lógicas sociales (la corrupción y la codicia de la "cultura del" rendimiento "), maníacas y omnipotentes, se construyen sobre unas narrativas (fantasías inconscientes) que las justifican y sirven para encontrar fáciles escapatorias ante los fracasos (los enemigos son culpables ), es decir, la confrontación de los sujetos con las complejidades de las situaciones grupales provoca en ellos fenómenos regresivos, respuestas primitivas y ansiedades, propias de cada grupo y circunstancia, reactivando unos mecanismos defensivos[3] (negación, disociación, etc.) que supuestamente evitan el malestar.

Pero si ante las incertidumbres, individuales o grupales, somos capaces de construir fantasías narrativas ligadas a la realidad, y no a la omnipotencia, o si ante los fracasos de estas podemos asumirlos, tolerarlos y elaborarlos, ello nos permitirá conectar con la realidad y convertirlo en oportunidad para obtener algún tipo de beneficio.

Confrontarnos con el malestar, o con el cambio social, es una tarea difícil, pero como nos recuerda V. Frankl[4], en su experiencia en los campos de exterminio, "únicamente los hombres que permitían que se debilitara su interno sostenimiento moral y espiritual caían víctimas de las influencias degradantes del campo." "... muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente difícil la que da al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo. "

Sin embargo, parece como si en medio de tanta incertidumbre y malestar exista una pugna naciente, en determinados colectivos, por la búsqueda de sentido, por un pensamiento más integrador y unas actitudes más vinculadas con el reconocimiento de la necesidad del Otro, con más atención y cuidado hacia el sufrimiento humano, con más capacidades de reparación, compasión y gratitud.

¡Así sea!


Marcel Cirera                                                                                             Junio 2015





[1] Cambio político y resistencias al cambio. M. Cirera,  marcelcirera.blogspot.com.es/  8.4.15
[2] Gitta Sereny, Into That Darkness. Nueva York, Random House/Vintage, 1983
[3] El conjunto de ansiedades, fantasías y mecanismos defensivos puestos en juego están en el centro de lo que Bion denominó Supuestos Básicos. En este sentido hay un interesante trabajo (realizado a partir de entrevistas en profundidad), de D. Tuckett, sobre el comportamiento de los mercados financieros, que ilustra estas dinámicas y  funcionamientos inconscientes. “Minding the markets”. David Tuckett, 2011 Palgrave Macmillan
[4] “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frankl. Ed. Herder, 2003