miércoles, 9 de diciembre de 2015

Político nuevo, político viejo. ¿Quién lava más blanco?





Gran parte de los mensajes construidos en las entrañas de la industria mediática y también por los interesados sitúan el panorama político español, y en concreto el 20D, como una especie de confrontación entre “lo viejo” y “lo nuevo” (políticos viejos vs. políticos nuevos; vieja política vs. nueva política, etc.), representada por el PP y PSOE por una parte y Ciudadanos y Podemos por otra.

Según se mire esta confrontación puede ser una ingenua obviedad, una evidencia centrada en un conflicto generacional, o entre los maculados frente a los sin macula por corrupción, o entre supuestos liderazgos horizontales frente a los liderazgos verticales de siempre.

Pero esta mirada de oposición entre “lo viejo” y “lo nuevo” conlleva el problema de convertirse en un claro reduccionismo eufemístico o en una simple figura retórica según el marco en el que es pensado.

Los discursos actuales sobre “lo viejo” y “lo nuevo” los podemos mirar desde otros ámbitos de significado, que a mi modo de ver influyen en el público receptor de los mismos: el de los valores, el publicitario y el propiamente político, los tres íntimamente relacionados.

El primero, el de los valores, asociado a unos niveles primarios de significación, “lo nuevo” representa lo que está por nacer o está naciendo, la vida misma, que en los momentos actuales actúa como valor frente a todo lo que pueda considerarse viejo, que en este sentido remite a lo caduco, a la muerte. Es más, hoy vemos como lo viejo tiende a evitarse, en una sociedad en la que reina la obsolescencia programada, en la que lo nuevo nunca puede madurar y su lógica es la de embellecer y negar la muerte (lo vemos en la mayoría de productos de consumo, en especial los tecnológicos).

Pero quizás, actualmente, lo más preocupante de este enaltecimiento de “lo nuevo” es que suele conllevar la no elaboración de la perdida y del duelo por la cosa que en un momento fue tenida como propia.

Por otra parte, y es de sobra conocido en los ámbitos del marketing, el uso ya de años del término “Nuevo”. Su fuerza está en la promesa de un reabastecimiento de nuestras identidades (en relación a la fuerza emocional del objeto investido), es decir, el nuevo Iphone7 nos devolverá un reflejo prístino de un Yo transformado, inmaculado, dispuesto a embarcarse en una nueva vida efímera (una especie de autoidealización perecedera).

Así mismo, los discursos nuevo/viejo, en nuestro marco político, apelan asociativamente a la necesidad de “hacer limpio” frente a la “suciedad” (corrupción, el Régimen del 78 -para unos, no para otros-) o lo que es lo mismo el orden (lo limpio) frente al caos (lo sucio).

No olvidemos que las dos fuerzas emergentes, Podemos y Ciudadanos, que en cuanto a lo que simbolizan se parecen como un huevo y una gallina y en lo simbolizado pueden homologarse, por algunas de sus prácticas mediáticas o ciertos actitudes de sus líderes, ambas son, o casi son, vírgenes e inmaculadas en el ejercicio del poder.

Ellos representan lo limpio (Katharós) y enarbolan, de una forma o de otra, la legitima kátharsis. Pero, tomemos nota de lo que le paso en su momento a Giorgos Papandreu, portavoz de la kátharsis en Grecia, en la que actualmente el PASOK es nada menos que residual.

Por último, sobre todo en nuestras coordenadas sociopolíticas, podemos ver que la arena política se configura como una especie de escenario donde rigen las leyes del simulacro, donde votar o adherirse a una opinión política es como comprar un objeto de consumo y un determinado relato, más o menos efímeros.

De aquí que los estrategas de las formaciones políticas (enfundados en el rol de “politólogos”, que suena muy científico) busquen denodadamente a lo que aspira cualquier producto para posicionarse adecuadamente en la mente de los consumidores, captar la atención, despertar interés, ser creíble y “enganchar” motivacionalmente para mantener su fidelidad.

En este sentido actúa también la lógica nuevo /viejo, “los nuevos”, la “nueva política” (de hecho nadie acepta ser “viejo”, ni el PP, ni el PSOE), donde los liderazgos políticos emergentes, con algunos matices y varias coincidencias, pugnan por aparecer como figuras estelares a la caza de su segmento de mercado, en resonancia con unos imaginarios colectivos que se van construyendo.

Por todo ello no es casualidad la percepción de cierto mesianismo con rasgos omnipotentes encarnada, asumida y/o proyectada, en los líderes políticos en los escenarios descritos, pero esta percepción brilla a un más en los que se proclaman como portadores de lo “nuevo”.

En los momentos de crisis y de grandes incertidumbres, como las actuales, buena parte de las gentes se refugian en las políticas de seguridad y en las promesas maniacas de líderes narcisistas. De ello tenemos ejemplos por doquier.

Salvando las distancias de contexto y trayectoria política el presidente Hollande que, antes de los atentados de 13N en Paris, tenía una imagen y unos índices de aceptación por los suelos, el estilo de liderazgo que pone en marcha después de la fecha, describiendo los atentados como un acto de guerra, le supone que el 74% de los franceses aprueben su gestión en dicha crisis y el 84% acepte subordinar determinadas libertades al imperio de la seguridad.

Hollande gano credibilidad, pero unas semanas más tarde podíamos ver como el Front National (extrema derecha francesa) ganaba la primera vuelta de las elecciones regionales francesas (6 regiones de 12 y aproximadamente un 30% de votos).

Apuntarse a las recetas simples, efímeras, de fácil digestión, no solo no garantiza la eficacia de las respectivas políticas sino que se aleja de una necesaria ética política, que propicie la madurez, la tolerancia y la capacidad de elaboración de las pérdidas que todo cambio conlleva, tan distante de posiciones omnipotentes, en especial para los que se dicen defensores de los de abajo.    
  

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Marcel Cirera                                                                                                         Diciembre 2015