viernes, 2 de septiembre de 2016

Conjeturas sobre la necesaria reparación del vínculo grupal


Mirar y poner el acento en los vínculos grupales afectivos es a mi entender una necesidad más que urgente hoy en día, una necesidad para todos, pues, con frecuencia prevalecen tendencias a la desvinculación con el otro, encerrándonos en un reducto individualizante, para así, supuestamente, evitar malestares diversos, la incertidumbre actual y la aceleración cotidiana. A su vez, esta desvinculación nos nubla la vista con una ensoñación de comodidades y capacidades ilimitadas al abasto de la mano con un solo clic.

Decir que las dinámicas sociales, de todo tipo, afectan a nuestro bienestar como sujetos es casi una obviedad y a la vez algo demasiado negligido, o esto es lo que parece, cuando observamos ciertos fenómenos sociales muy actuales, como por ejemplo el populismo creciente (versión Trump, etc.), la xenofobia rampante de muchos europeos, o las recientes y desgraciadas migraciones y deportaciones de las personas “sin nada”, espejos del miedo y del estupor ante la barbarie diplomática.


¿Qué tipo/s de sujeto/s sociales se están construyendo con estos marcos y contextos?





La negligencia de lo vincular es una negligencia del reconocimiento del otro, del diferente, (negligencia de la solidaridad), una negligencia en absoluto ingenua o fortuita sino interesada y promovida por los poderes e instituciones reinantes, por sus estrategias políticas y de dominio, para mantener e incrementar las dosis de codicia y vanidad insaciables al precio que sea, con tal de que continúe danzando la lógica maniaca y destructiva del más y más beneficio.
  
Con demasiada frecuencia estas actitudes son legitimadas desde diversas posiciones políticas, económicas, científicas (ej. la moda de la causalidad genética, etc.) y convenientemente amplificadas por el ansia de espectacularización (¡Todo por la audiencia!) de ciertos medios de “comunicación” (mejor dicho, medios de propaganda directa o sutil), tanto en sus parrillas “informativas” como en las de “entretenimiento”.

Para ello una de las “armas” más utilizadas es la imposición, difusión y propagación del miedo, de políticas del miedo que se fundan en: el terror directo o amenazante (poder armamentístico, deportaciones, exclusiones, etc.); la promoción de la sumisión complaciente (estrategias de seducción narcisista y omnipotente, etc.); la capilarizacion social del miedo a través de los más diversos ámbitos (miedos alimentarios, miedos en el cuidado de la salud, etc.); y en consecuencia con el desarrollo de determinadas prácticas para mantener, supuestamente, una “calidad de vida” que nos hará sentir triunfantes y felices.
 
Por otra parte, dicha negligencia de las emociones y sentimientos más vinculatorios (confianza, placer-alegría, curiosidad, conocimiento, etc.)  parece encarnarse con fuerza renovada en el seno de la sociedad actual, o en gran parte de ella, a través de conductas resignadas, sumisas o de asunción, consiente o no, del sentido de aquello que nos han dicho con tanta insistencia: “There is no alternative” (M. Thatcher se refería al neoliberalismo en un sentido global).

Ante este panorama, que es sistémico, cabe preguntarse por las actitudes y conductas de las gentes, de las poblaciones que sufren, conllevan o asumen unas formas de “convivencia” destructivas, o cuando menos generadoras de malestar, aunque a veces la negación y las propias defensas nos hagan fantasear con algo distinto. No por casualidad constatamos, en nuestros entornos, un aumento disparatado del consumo de psicofármacos, entre otros tipos de consumos “anestesiantes”.

Distinguiré al respecto, grosso modo, tres grandes actitudes y conductas sociales, no como compartimentos estancos pues con frecuencia se solapan y conviven.

Una parte de la población asume y se hace suyas dichas políticas destructivas (lo corrupto, como sabemos, no es cosa de unos cuantos), identificándose directamente con el agresor o integrándose en él, en un esquema relacional que podemos calificar de sado-masoquista.

Otra parte de la población protesta y se rebela activamente (ej. 15M, primaveras árabes, etc.), elabora y articula alternativas que, aunque provisionalmente derrotadas, pueden ser germen de esperanza, solidaridad y de unos vínculos más humanos.

Por último, una gran mayoría convive, conlleva y colusiona con la negligencia vinculatoria, con la desvinculación y la ignorancia del otro (ej. gran parte de las poblaciones otorgan sus votos a políticos convictos y confesos de corrupción o simplemente embaucadores), pues las bambalinas de la aparente confortabilidad, la adaptación a los miedos sociales y la evitación de los sentimientos de exclusión son mucho más atractivos (en el sentido motivacional) que las dosis de sufrimiento que comporta todo cambio y la necesaria tolerancia de una espera madurativa y reparadora de lo que aún no es posible.

El ataque a las emociones vinculatorias, la interiorización (individual y grupal) de la negligencia de unos vínculos maduros e integradores (solidarios) y del consecuente malestar cotidiano, más o menos consciente, tiene unas consecuencias evidentes, justo al lado, observables con solo levantar la vista o abrir el periódico del día.

Así por ejemplo, las polémicas “cazas” de “burquinis” desatadas en la Francia[1] laica pueden representar, entre otros aspectos, la exclusión de lo diferente, la disociación del miedo y del malestar proyectados en un colectivo frágil.

El reciente pánico en Platja D’Aro[2], en forma de estampida callejera, generado por la tropelía de unos turistas euforizados, es como una clara interiorización de unos miedos persecutorios, convenientemente inoculados.

Y, ¿Qué decir de los apasionados seguidores del profeta-Trump? Parece que amplios y diversos grupos comparten una actitud mental, encarnada en la fascinación por Trump,  basada en el ataque, la hostilidad y en todo un cortejo de emociones primarias (ira, asco, miedo, pánico) y sentimientos destructivos (envidia, odio, desprecio, etc.) hacia los considerados “malos”, operando bajo una supuesta lógica del “ojo por ojo”.



En un reciente artículo[3] sobre Donald J. Trump, G. Lakoff decía, “La gente está enojada y él habla a su ira” . Es decir, Trump se dirige a aquella gran mayoría (con especificidad USA) a la que me refería anteriormente y lo expresa diciendo: “Estos son los hombres y mujeres olvidados de nuestro país. La gente que trabaja duro pero que ya no tiene voz. YO SOY VUESTRA VOZ” (las mayúsculas estaban en la versión impresa del discurso distribuida por la campaña de Trump)[4].

Este desprecio y ataque directo a las relaciones vinculares lo podemos visualizar dramáticamente en el fenómeno de los refugiados y excluidos, que huyendo de la miseria y la destrucción se les condena a un gueto físico y mental, donde el sufrimiento tiene unas claras consecuencias no solo en la vida presente de multitud de personas sino también en la futuras generaciones.

Esta situación tan actual, dramática y triste como la que más, traumatiza terriblemente la vida de hombres y mujeres, de familias enteras y, lo más grave aún, traumatiza a miles de niños, quizás de por vida, al afectar los primeros vínculos, básicos para su desarrollo emocional y social.

Entre otros aspectos, dicho ataque pone de relieve, al menos, tres consecuencias graves para los sujetos sufrientes: la creación del caldo de cultivo para la emergencia de emociones y sentimientos desestructurantes (resentimiento, odio, envidia, ira, desconfianza, desesperanza, etc.); la dificultad para la elaboración del duelo y su reparación (espejo de la desmemoria reciente de las democracias liberales y también de su incapacidad, o la de no pocos colectivos, para elaborar sus propios traumas, como son los millones de muertos en los campos nazis, el genocidio y olvido pertinaz del franquismo y sus herederos, etc.); y por último, la pervivencia y transmisión intergeneracional de los traumas, aspecto éste cada vez más conocido[5].

Quiero insistir en la dimensión o visión grupal de todo lo anterior. Hoy sabemos bien que cada uno de nosotros, como sujetos individuales, nos construimos en un marco relacional, grupal, ambiental-cultural, es decir, los vínculos con los otros y el grupo son “locus nascendi del sujeto” (J. Moreno), son “matriz modeladora del psiquismo” (Foulkes). El grupo es instituyente del sujeto y a la vez éste es instituyente del grupo. El grupo o los grupos son instancias de mediación, articulación y vínculo entre lo social y el sujeto, espacios de construcción de necesidades, fantasías, tareas conscientes e inconscientes.

En este sentido, para que las estrategias destructivas de los mejores vínculos sociales aparezcan y se desarrollen como repetición, necesitan de un contexto favorable que, a mi modo de ver, J.L. Tizón caracteriza muy acertadamente como Organización social (psicopatológica) perversa.

Dice Tizón[6]: “la importancia del fetichismo, de las diversas formas exageradas de agresión intraespecífica, la defensa ideológica que se hace (con nuestros fondos) de esos ‘excelentes sistemas políticos’ y ‘formas de transición’, las capacidades de ‘entrar en la mente’ y (el cuerpo) del otro con placer o fruición en esa entrada no aceptada, la elección incluso como presidentes de los países más poderosos de la Tierra de dos espías o directivos de espías (Bush y Putin), ¿qué otra cosa pueden hacernos pensar sino en la organización perversa de la relación? Que es una defensa contra la psicosis, no lo olvidemos. Como las defensas obsesivas, desde luego. Pero una defensa bastante primitiva, parcial y peligrosa para el desarrollo del individuo y de la especie. El control perverso como defensa contra la persecución y el caos...”

Y continua diciendo: “Solo así puede explicarse la baja capacidad de reacción de las poblaciones europeas...el miedo está anidado profundamente en nuestras relaciones personales, sociales y, por supuesto, ha troquelado nuestro sistema nervioso, produciendo incluso límites biológicos para el uso de la libertad (que siempre significa afrontar el miedo). Todo ello no puede aguantarse si no es en un medio social muy dominado también por la perversión o el terror psicótico.”

Como decía anteriormente, la construcción del sujeto y sus vínculos se realiza a través del espacio grupal (desde los pequeños grupos, como la familia, a los grandes grupos, incluido los grandes colectivos sociales de todo tipo), en un sin fin de interacciones e introyecciones que nos constituyen como sujetos sociales y que conforman culturas y mentalidades grupales, de diferente nivel, naturaleza o tamaño. En dichas interacciones las dinámicas inconscientes suelen ser prevalentes, incluso cuando pueda parecer que están estructuradas con unas lógicas o discursos racionales (ej. un partido político, una institución, etc.). Otra cosa es la dificultad que tenemos de mirar desde una visión grupal o reconocernos como sujetos portadores de lo grupal (fantasías, ilusiones, etc.).

Así, en todo espacio grupal se conforma un estado mental homogéneo y compartido, generado a través de las identificaciones proyectivas mutuas, de donde emerge una adhesión inconsciente a las fantasías y mitos propios de cada grupo. De tal forma, en la vida de cada grupo existe una experiencia emocional, primaria, universal e inconsciente, que se contrapone o correlaciona con el objetivo o tarea que dicho grupo se propone llevar a término (estas diferentes dinámicas del grupo, Bion[7] las teorizó como “Grupo de Supuesto Básico”  y “Grupo de Trabajo”).

Todo ello hasta hace poco eran conjeturas, constructos o teorías psicológicas (no por ello menos científicas, si lo miramos desde la óptica de las teorías de los sistemas complejos y no lineales) basadas en la clínica y la experiencia, pero en los últimos años, desde la óptica de la experimentación neurocientifica, se constata también que por ej. los conflictos sociales pueden ser desencadenantes de traumas no solo mentales sino somáticos y que la simple interacción con lo externo modifica nuestra estructura y funcionalismo cerebral.

Me refiero, por ejemplo, a investigaciones que correlacionan las carencias y traumas sociales y determinadas afectaciones  de la corteza cerebral (Hubel, 1967); trabajos que evidencian que el desarrollo cortical es extremadamente sensible a los estímulos externos (MIT, 2002); o los estudios sobre la plasticidad neuronal y la memoria (Kandel, 2005).

En este sentido podemos pensar el amplio abasto que tienen y tendrán, sobre los sujetos, los vínculos y los grupos sociales respectivos,  la masacres y genocidio del pueblo sirio o la duradera catástrofe de los refugiados y deportados que deambulan por Europa, en cuanto a los efectos traumáticos (físicos y mentales) presentes y los transmitidos entre generaciones.

Probablemente, como sabemos por la experiencia de “nuestra Guerra Civil” u otras experiencias, entre los refugiados y deportados se instalara como grupo, o mejor dicho se instituirá, lo que V. Volkan denomina como “trauma escogido” ( y consecuentes duelos paranoides, negaciones, etc.), repetido generación tras generación, porque las ansiedades persecutorias habrán invadido la vida mental y la vida social (Tizón, 2013), si no somos (cuestión sistémica) capaces de elaborar y reparar este trauma y duelo colectivo.

Por último, a modo de conjeturación, entiendo que en las actuales sociedades tardocapitalistas, “liquidas” y consumistas, parecen existir, ostensiblemente, unas potentes dinámicas inconscientes grupales que oscilan entre unos comportamientos ensimismados y unos comportamientos fusionales (E. Hopper, 2003, hablaba de Incohesión/masificación), entre otros dinamismos ya señalados.

El comportamiento “ensimismado”, se trataría de un narcisismo social, aparentemente no-grupal, asociado a un complejo fantasioso y defensivo, que ante las ansiedades y turbulencias intolerables los sujetos se encapsularían en sí mismos. Pensemos por ejemplo en los muchos sujetos que deambulan por nuestras calles adheridos protésicamente a un smartphone, o mejor, la escena reconocible de una pareja sentados cara a cara embelesados con su respectiva “cosita”; situaciones de shopping en un centro comercial, como ocio de un sábado por la tarde; probablemente parte de los actos de consumo actuales y su voracidad implícita (intensas motivaciones de incorporación, posesión, etc.), también lo ilustren ( F. Dogana,1980, lo denominaba “perversión consumidora”); etc.
   
El comportamiento “fusional”, sería un estado mental de narcisismo fusional en el que fantasiosamente uno formaría parte, pasivamente, de un todo idealizado, omnipotente y carismático. Por ejemplo, hemos visto que Trump apelaba a los olvidados, mayoría silenciosa, diciendo “Yo soy vuestra voz”; esta dinámica “fusional” podemos verla también en el seguidismo ciego y mortífero de los yihadistas y paradójicamente en ciertos grupos (extremas y nuevas derechas europeas, etc.) que los combaten; podemos encontrar elementos de respuesta “fusional” en los automatismos movilizados por la introyección masiva del miedo; etc.

Ambas dinámicas tienen en común, en mayor o menor intensidad, la elusión del pensamiento y la merma de las capacidades elaborativas, junto a una regresión grupal y reacciones de negación, disociación y proyección. Así, ante las catástrofes sociales actuales y situaciones vividas como amenazantes y perturbadoras, ante la incertidumbre, desasosiego y aceleración cotidianas estas dinámicas mentales actúan como acomodación defensiva y negligente, oscilando de una a otra posición y vinculando a los sujetos y grupos a la repetición y no-cambio. Como ya he señalado, estos estados mentales grupales se intercalan con otros, que obvio comentar.

En las sociedades actuales es como si necesitáramos activar continuamente nuestros sistemas defensivos, individuales y grupales. En esta línea, Z. Bauman[8] señala que nuestra sociedad siendo la más segura de todos los tiempos (sistemas de seguridad de todo tipo, leyes, cárceles llenas, etc.) también es la más miedosa y U. Beck[9] la caracteriza como sociedad de los riesgos.

En fin, si el sistema de vida actual (creación colectiva y sistémica, ¡no lo olvidemos!) ataca, cuando no destruye, los vínculos afectivos básicos y otros vínculos de carácter positivo, imponiendo a su vez su poder, sus crisis, sus guerras y malestares de todo tipo, queda por ver, sobre todo en lo vincular-grupal, hasta dónde puede llegar nuestra capacidad de resistencia y compromiso con el pensamiento, la reparación emocional y la solidaridad.

   
Marcel Cirera                                                                              Agosto, 2016   




[1] El día 26.8.18 la justicia francesa suspende la prohibición del burkini, http://www.lavanguardia.com/internacional/20160826/404209624500/justicia-francesa-suspende-prohibicion-burkini.html , pero ciertos municipios y parte de la sociedad francesa desoyen la prohibición.
[5] Me he referido a ello en el artículo “Memoria y transmisión intergeneracional del trauma”, http://insightsneuromarketing.blogspot.com.es/2016/08/memoria-y-transmision-intergeneracional.html
[6] J.L. Tizón, La insoportable venalidad del mal. Temas de psicoanálisis, Núm. 6 Julio 2013 y “Psicopatología del poder”, Herder Editorial, 2015
[7] Bion, W.R. “Experiencias en grupos”, Paidós 1980
[8] Bauman, Z. “Miedo liquido”, Paidós, 2007
[9] Beck, U. “La sociedad del riesgo”, Paidós 1998