30 de abril de 2017

Malos tiempos para la lírica


En estos tiempos convulsos es difícil evitar los vientos crispados que por doquier azotan las relaciones humanas y sociales. Son “Malos tiempos para la lírica”, como decía en su poema el poeta y dramaturgo alemán Bertold Brecht.

Son malos tiempos para la compasión y la tolerancia con el otro, con demasiada frecuencia vemos que brillan por su ausencia en todo tipo de ágoras sean políticas, sociales o mediáticas. Claro que cuando aludimos a unas relaciones fragmentadas, carenciadas y colmadas de incertidumbres estamos aludiendo también al sujeto en si-mismo, a cada uno de nosotros como contenedores de estos malestares.

Obviamente lo que acabo de decir va por barrios, unos sacudidos y otros aquietados, unos trémulos y otros impávidos, unos afectados y otros no en su vida cotidiana, por la desazón y la esperanza muchas veces perdida, en pos de un bienestar que permita una vida más confortable, honesta y lírica como la que refería Brecht. Los hay que lo sufren directamente en sus carnes, más o menos conscientemente, otros impregnados de un optimismo consumista y negador, muy al uso, sienten que no va con ellos y después están los que viven en su mundo feliz, que no son pocos, cuya moral se asemeja a la moral de la selva, la de los ganadores del sálvese quien pueda.

En los diversos países, sobre todo del mundo occidental dominante, parece como si reinaran unas sociedades desnortadas y miedosas en las que, en gran medida, suele prevalecer el desprecio, la ignorancia o la negligencia de las emociones y sentimientos más vinculatorios (generosidad, confianza, tolerancia, conocimiento, etc.), básicos para una buena convivencia democrática. En ellas domina la codicia (con sus diferentes variantes de corrupción política, etc.), el lucro a cualquier precio y el todo vale (en el atentado contra el equipo de futbol del Borussia Dortmund, las últimas investigaciones policiales indican que el fin del mismo era hacer bajar la cotización en bolsa de dicho equipo de futbol), actitudes basadas en el ataque y la hostilidad al diferente (el drama en el Mediterráneo es solo un ejemplo) y todo un conjunto de emociones primarias (ira, pánico) y sentimientos destructivos (envidia, odio, desprecio, etc.).

Y todo ello aderezado por unas determinadas políticas mediáticas cuyo único fin es el espectáculo (así se incrementan las audiencias) y ciertas retoricas falaces como la tan cacareada “post-verdad”, que no es más que la excrecencia de todo lo anterior.

En nuestras sociedades desintegradas y frágiles, ciertamente, existen movimientos de indignación y cambio (Occupy Wall Street ,15-M, la Nuit Debout, etc.), que intentan contrarrestar este estado de cosas y, de una forma o de otra, pueden representar la dignificación y esperanza de algo diferente a lo que parece ser hegemónico actualmente (Trump, “Brexit”, la Turquía de Erdogan, el voto desesperado a M. Le Pen, el auge de los movimientos de extrema derecha en Europa, etc.).

Pero de fondo en dichas sociedades, más allá de las situaciones fácticas (procesos de precarización social, crisis del Estado del Bienestar, etc.), parecen existir unos vacíos, unas pérdidas y una desorientación identitaria, tanto en lo individual como en los diversos colectivos sociales (instituciones como por ej. la CEE; partidos políticos históricos como en el caso francés; colectivos nacionales o países como los mismos USA), debido a las dificultades de construir identificaciones vinculatorias positivas o a lo sumo, como mal menor, mantener ciertas rutinas de antaño.

Esta labilidad social perturbadora, que afecta de manera transversal a los diversos agentes sociales, a conservadores y progresistas, genera inquietudes diversas y conductas, que van desde el desinterés por lo público-social hasta la rabia, el odio y el ataque más o menos violento, en las que prevalecen las actitudes maniacas, omnipotentes, con alarmantes déficits de empatía.

No deja de ser curioso, por decir algo, que las cuestiones políticas y sociales no hayan sido, ni sean todavía, objeto de estudio habitual desde el punto de vista de la mente humana y de desde lo relacional-grupal. En efecto, incluso desde las misma posiciones más críticas se siguen ignorando las dimensiones míticas y emocionales de lo político, dejando dichas visiones en el baúl de los trastos inútiles y centrando los debates en la supuesta practicidad de tal o cual medida política, legal, o acción  de poder.

Las conceptualizaciones que hacemos cotidianamente de una determinada acción o práctica, sea la que sea,  depende de nuestros sistemas conceptuales, de nuestros marcos mentales que responden a imaginarios diversos, sean o no dominantes (la corrupción en las filas del PP es pensada y sentida de manera totalmente diferente por sus políticos y votantes que, pongamos por caso, los políticos y votantes de Podemos).

G. Lakoff, uno de los pocos que ha dedicado numerosos trabajos, desde una óptica cognitiva, al estudio de dichos fenómenos en la política USA, considera a este respecto que “la política tiene que ver con la familia y con la moral, con el mito, con la metáfora y con la identificación emocional” . Y en este sentido razona que mientras se sigan ignorando dichas dimensiones no se entenderá “la naturaleza del proceso transformador que se ha adueñado de este país (USA), y no podrán, por tanto, revertirlo” [1]

Desde esta óptica, podemos considerar que las cuestiones identitarias son un eje central para entender las dinámicas sociales actuales.

En diversos ámbitos existen unos procesos, más o menos explícitos, de búsqueda identitaria o de lo que se supone son identidades perdidas, en lo individual y en lo colectivo, desde expresiones y fenómenos cotidianos como la identidad de género, la proliferación de la cultura del tatuaje, los marcajes psicopatológicos (TDAH, etc.), pasando por lo que representan las identificaciones con las marcas de objetos de consumo, hasta las apelaciones patrióticas de Trump, Putin, el Brexit, Escocia, el proceso soberanista catalán o la búsqueda del sujeto revolucionario por parte de los nuevos indignados. Claro que una cosa es el análisis y caracterización de dichos fenómenos identitarios y otra su valor ético. 

La identidad y los procesos identitarios, individuales o colectivos, no son algo secundario, ni irrelevante, ni una cuestión tan solo mística, como alguno puede pensar, son una cuestión de vida y existencia, una cuestión central para el individuo y los grupos humanos, pues en definitiva es como pensamos y sentimos el si-mismo.

El valor de la identidad tiene que ver con lo que de verdad, y en ultimo termino, nos puede sostener emocionalmente como personas, nuestro sentido y el quiénes somos. Tiene que ver con la dignidad (aquello que los campos de exterminio intentaron destruir) y con lo moral.

La identidad va íntimamente conectada con el sentido, con el sentido de uno o de un colectivo al que nos sentimos vinculados e identificados.

“Únicamente los hombre que permitían que se debilitara su interno sostén moral y espiritual caían víctimas de las influencias degenerantes del campo”, dice V. Frankl[2] cuando reflexiona sobre sus experiencias de vida en el campo de concentración de Theresienstadt.

A mi modo de ver, re-pensar la identidad hoy es una cuestión urgente, no es una cuestión solipsista es esencialmente una acción relacional, ya que la identidad de cada uno como sujeto y como grupo la construimos con los otros y a través de los otros (desde nuestra familia, en la infancia, hasta nuestras pertenencias posteriores), para poder edificar nuestras diferencias, lo más empáticas, compasivas y generosas posibles.

Otra cosa es que los tiempos actuales nos permitan, y nos permitamos, espacios para la lírica.


Marcel Cirera                                                                                   Abril 2017



[1] Lakoff, G. Política moral. Capitán Swing Libros, SL  2016
[2] Frankl, V. El hombre en busca de sentido. Herder, 2003

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