3 de agosto de 2017

Algunos pensamientos sobre identidad y grupos-grandes


Plantear la cuestión de lo grupal y más en concreto de los grupos numerosos (grupos grandes[1]), suscita diferentes interrogantes, desde los más escépticos que pueden cuestionar su misma existencia y utilidad hasta aspectos como la perspectiva de su abordaje y sobre todo cuestiones de fronteras o límites del propio espacio grupal, como el papel del individuo y el grupo, la persona y el rol, lo público y lo íntimo, los grupos pequeños y los grupos numerosos, etc.

Por otra parte, los desarrollos tecnológicos recientes y en concreto las redes digitales parecen plantear una dilución de los limites relacionales y comunicacionales, cambios en las formas de interacción, percepción y vivencias de los sujetos entre lo virtual y lo real. Pero en todo caso, parecen re-emerger fenómenos grupales diversos, a diferentes niveles, como pueden ser el caso del papel desempeñado por los medios digitales en las “Primaveras árabes” o  las actitudes y usos cotidianos de los grupos de WhatsApp.

Parto del supuesto de la existencia de lo grupal como fenómeno primario, psicobiológico y social, pues creo que hay sobradas evidencias de ello. Lo grupal puede ser visto desde diferentes perspectivas, desde lo estrictamente observacional, como objeto de conocimiento de una dinámica social, hasta una forma de operar, accionar y transformar. Como decía Pat de Maré[2] “el propósito declarado del grupo grande es permitir a la gente aprender a hablar con los demás; aprender a dialogar.”

Uno de los interrogantes, a los que me refería más arriba, es la cuestión compleja y polémica de la identidad grupal. Sabemos de la identidad individual, pero ¿podemos hablar de identidad en los grupos grandes o numerosos?. Mi respuesta es claramente afirmativa, tanto desde mi posición reflexiva como desde mi experiencia profesional y relacional. Otra cosa es que la creciente complejidad del bosque nos dificulte ver los árboles, es decir, que en nuestra visión podamos distinguirnos como sujetos individuales y a la vez como sujetos grupales, lo que W.R. Bion denominaba como “visión binocular”.

La identidad individual depende de los vínculos entre lo personal y lo colectivo, y se desarrolla a través del grupo primario familiar que está en relación con determinados grupos grandes y las culturas que de ellos dimanan. Los grupos son estos vínculos.

Las identidades grupales de grupo-grande son constructos culturales e históricos que remiten al si-mismo, a la similitud y continuidad compartida entre los miembros de un grupo y a la relación con los otros (aquellos que tienen una diferente identidad de grupo-grande), son amplias comunidades de individuos que comparten los mismos sentimientos, afectos y pasiones (nacionales, religiosas, o ideológicas), son el resultado compartido de orígenes, mitos y continuidades históricas, realidades geográficas y otros aprendizajes realizados en la familia y en la propia comunidad. Las identidades grupales no son eternas, sino en constante evolución y redefinición con algunos elementos de invariancia[3] (ej. la lengua en una comunidad).

Las identidades de grupo-grande se modulan y manifiestan en forma de grupo o comunidad por ej. somos maoríes; somos alemanes; somos catalanes; somos judíos; somos comunistas. En este sentido parece difícil pensar nuestra identidad sin hacer referencia a los diversos grupos a los que pertenecemos.

La identidad grupal es una compleja estructura sistémica e intersistémica (pertenecemos a más de un grupo y a subgrupos), que se construye a través de vínculos de identificación (transpersonales e intergeneracionales) con el grupo de referencia y sus estructuras de liderazgo, estableciendo una relación de mismidad con el grupo y a la vez  diferenciándose de otros con identidad diferente. La identidad grupal es tan necesaria para los grupos humanos como el aire lo es para los pulmones y el sentido para la mente.

Pero la vivencia de identidad es algo que va con cada sujeto, es decir, no estamos continuamente pensando en ella, salvo cuando existe un contexto o un conflicto que favorece su emergencia porque alude o amenaza nuestra manera de sentir, decidir  y actuar. Volviendo al ejemplo anterior, nosotros no solemos pensar en la necesidad  de respirar  y solo lo hacemos cuando existe algún tipo de impedimento, real o imaginado, que nos dificulta dicha acción.

Probablemente los momentos actuales sean momentos de esta re-emergencia, en los que las identidades grupales cobran protagonismo en los más diversos ámbitos (sociales, culturales, políticos e ideológicos), un protagonismo que en no pocos casos adquiere un carácter de trauma social intergeneracional[4] (por ej. el conflicto con los refugiados), plagado de prejuicios hostiles y malignos.  


Marcel Cirera                                                                                       Julio 2017




[1] Con el concepto “grupo-grande”  me refiero a una idea de grupo, ya definida por varios autores desde diversas ópticas (Foulkes, Maré, Volkan, etc.), compuesto por gran cantidad de personas, que pueden ser miles o millones, que interaccionan de diversas maneras, como un todo,  en base a unos supuestos compartidos.  Es un constructo conceptual que permite observar un gran número de fenómenos sociales y políticos como la xenofobia, el racismo, los liderazgos sociales, lo nacional y diversos movimientos y comunidades sociales.
[2] De Maré, P.(1982) Koinonia. The International Journal of Therapeutic Communities, Vol. 3(2)
[3] Por invariancia entiendo, aquellos elementos del sistema anterior, que en un proceso de cambio, pueden ser reconocidos en el nuevo aunque no con un sentido de permanencia sino de transformación.
[4] Ver artículo: “Memoria y transmisión intergeneracional del trauma”. http://insightsneuromarketing.blogspot.com.es

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