7 de agosto de 2017

La irrupción de conflictos identitarios


El desarrollo de la globalización en nuestras sociedades liquidas (Bauman) y del rendimiento (Han) parece reforzar la emergencia de un tipo de conflicto social en el que uno de los rasgos más característicos es la exclusión de la diferencia, es decir, construye un tipo de sujeto social y grupos sociales, que en mayor o menor medida, de manera explícita o implícita, tiende a la exclusión del otro-diferente.


Dichos rasgos, acentuados por la reciente crisis y sus consecuencias, se evidencian desde las políticas de Trump (por ej. la intención de construir un muro que separe USA de Méjico) hasta las políticas de los poderes europeos respecto a los migrantes que sucumben en el Mediterráneo, secundadas ambas por gran parte de las poblaciones respectivas.


Campaña electoral de Trump con el lema “Make America great again !”


La otra cara de la exclusión son las dinámicas sociales de adhesión, aglutinación o fusión, y la afirmación de lo que se entiende como propio por parte de un colectivo determinado. Su expresión más clara son por una parte, las diversas variantes de nacionalismos (termino conflictivo en nuestros ámbitos culturales), de diferente calado e intensidad, que emergen en las culturas globalizadas del mundo actual (como vemos en USA, Francia, Escocia, el Brexit inglés, Catalunya/España, etc.)  y, por otra parte, los que se aferran a creencias mesiánico-religiosas, a menudo con formas violentas (ISIS, etc.).

Pero también podemos observar estas dinámicas en la adhesión a culturas específicas y comunidades de gozo compartido, reales (veganos, centros de fitness, etc.)  o virtuales (grupos de WhatsApp, Instagram, etc.), y en el anhelo de dignificación de identidades perdidas y negadas de índole muy diversa (p.ej. colectivos como los transgénero, los autistas, etc.)

Estos procesos sociales de exclusión/adhesión, a pesar de su diversidad manifiesta, comparten todos ellos las consecuencias globalizadas de la fragmentación social y de la dilución de los vínculos socio-afectivos, con lo que la gratificación del reconocimiento del otro es substituida por la gratificación del espejo de Narciso, en una incesante y agotadora carrera en pos de la autoafirmación y el beneficio individual.

Probablemente, dichos procesos sociales puedan entenderse, al menos en parte, como “un intento de compensar el vacío” (como señala Han[1]) generado en las sociedades globalizadas, rebosantes de hiperactividad, de aceleración de los procesos vitales y de histeria por la acumulación y el crecimiento.

En efecto, las sociedades de la modernidad tardía comportan unos vacíos socio-emocionales que todos tenemos que rellenar y compensar, de alguna forma o de otra, para protegernos del malestar.

Estos sentimientos de pérdida, de abandono, de frustración de las expectativas y de las necesidades se hacen intolerables y tanto los grupos sociales como los sujetos se retraen defensivamente para proteger, a veces ilusoriamente, lo que se entiende como legitimo o básico.

Estas dinámicas sociales pueden llegar a movilizar amplias masas de población y presentarse como grandes conflictos inter-grupales (entre “grupos-grandes”, a decir de V. Volkan).

Así, los sujetos y grupos sociales, para protegerse de dichos malestares, ponen en juego formas básicas de ataque/defensa, unas más disociadas o divididas y otras más integradas, que se reactivan y focalizan según la posición cultural dominante.

Por una parte, las actitudes socialmente más disociadas se focalizan sobre lo que representa el objeto portador del “mal”, el otro, que puede ser el diferente, el excluido, el migrante, el minorizado, etc. A su vez, los sujetos estigmatizados construirán toda suerte de relatos persecutorios y de resentimiento, con lo que se profundiza la ruptura de los vínculos sociales, imposibilitando la comprensión y el dialogo.

En las situaciones de ataque/defensa es cuando emergen y se reactualizan los conflictos grupales de exclusión/adhesión, donde los anhelos de afirmación y las identificaciones con el propio grupo se convierten imaginariamente en una necesidad de supervivencia y por tanto en una necesidad de excluir al diferente y/o adherirse de forma fusional al propio grupo en una unicidad (one-ness, lo denominó P. Turquet[2]). De aquí que gran parte de los conflictos actuales tengan un carácter de repliegue hacia la “nostridad” (la vivencia del nosotros).

Por otra parte, las actitudes socialmente más integradas, que suponen asumir procesos de duelo, si son mentalizadas y elaboradas de forma rigurosa poseen un enorme potencial y pueden contribuir a la comprensión, a la tolerancia y al reconocimiento del otro-diferente.

No se trata de negar la “nostridad”, lo que se siente como propio y se comparte como grupo de pertenencia, es decir, la propia identidad grupal, sino reconocerla como interdependiente de otras identidades también reconocidas como tal, pues es a partir de la tolerancia con la diferencia que podemos empatizar y crecer afectivamente, unos y otros.
   
Dice el refrán que es más fácil ver la paja en el ojo del vecino que la viga en el propio. Comprender el malestar social que nos interpela no siempre es fácil, pues con frecuencia se aplica aquello, tan habitual en la política al uso, de que el malo o el equivocado es el otro, utilizando el recurso del estereotipo para así justificar las peores hazañas. Otra forma elusiva del conflicto social consiste en reducirlo a una cuestión individual (véase lo que se dice de la corrupción) evitando así una mirada sistémica que implica también a quien lo mira.

Pensar los fenómenos sociales desde nuestra dimensión grupal como sujetos requiere estar atentos a unos procesos sociales que actualmente, como he referido más arriba, hacen emerger y reactualizan conflictos grupales de diversa índole y en especial conflictos entre los grandes grupos, en los que se ponen en juego las propias identidades grupales como respuesta básica y primaria. Somos desde el inicio animales grupales.

Poner en juego las identidades grupales es hablar de los marcos mentales, de los imaginarios de los grupos sociales, de sus sentimientos, afectos, identificaciones, etc.. ¡Y esto duele! Las resistencias a lo identitario son fuertes, es obvio y entendible, incluso entre las posiciones críticas e ilustradas que hacen del racionalismo y del cientifismo social su paradigma, para aferrarse y cosificarse en los grandes metarrelatos del s.XIX.

Enfocar y confrontarse con los malestares actuales y las identidades son tareas arduo complejas, pues requieren de sistemas institucionales, liderazgos y espacios comunitarios capaces contener y dialogar con el otro, con el diferente, en lugar de recurrir a formas primarias de hostilidad y violencia.


Marcel Cirera                                                                                       Agosto 2017




[1] Byung-Chul Han, Topología de la violencia. Herder, 2016
[2] P. Turquet define “one-ness” como aquel estado mental en el que los miembros de un grupo buscan juntarse, pasivamente y de forma anónima, en una poderosa unión, de fuerza omnipotente, para la obtención del bienestar y si esta unión esta personificada, ser una parte de una inclusión salvadora. Se trata de un narcisismo de tipo fusional con un determinado hecho socio-cultural.  P.Turquet citado por R. Morgan-Jones en The body of the organisation and its health. Karnac, 2010

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