15 de agosto de 2018

Identidades en pugna





Hace unos días, durante los mundiales de fútbol celebrados en Rusia, una amiga peruana (poco futbolera) me hacía notar el entusiasmo de sus compatriotas con su selección, a pesar de haber caído eliminados, subrayando el orgullo que a su entender suponía haber luchado hasta el final y al mismo tiempo toda la gente que se desplazó miles de Km, muchos de ellos haciendo un esfuerzo más allá de sus posibilidades económicas para seguir a la selección.

El fútbol es un objeto muy adecuado para externalizar alegrías, ilusiones, etc. y proyectar "nuestras partes malas" como carencias, resentimientos, etc. en el otro (recordemos aquella frase atribuida a M.V. Montalbán que decía que el Barça era como el ejército desarmado de Cataluña), y lo es tanto a nivel individual como a nivel colectivo, pues sabemos que la psicología individual y la psicología grupal son siempre similares por doquier[i], cualquiera que sea la identidad del grupo de pertenencia.

El orgullo, que sentía mi amiga identificándose con su grupo grande (los peruanos) podía ser el mérito, la valía y la estima hacia el propio grupo o lo que la selección peruana consiguió representar para un país poco significativo en el contexto del fútbol mundial. Este sentimiento de orgullo legítimo puede evolucionar, dependiendo de las circunstancias, hacia la autoestima del propio grupo o hacia el menosprecio y devaluación de los demás.

Cuando la conversación nos llevó a hablar sobre cómo los catalanes viven esta cuestión de los mundiales y las selecciones, aquí comenzaron las dificultades para dar sentido de lo que representaba todo esto, pues parece que una parte de catalanes no pueden sentir ese orgullo que gran parte de los peruanos sintieron con su selección, ... Cabe decir que cognitivamente me pareció que nos entendíamos, pero me quedó la duda de si emocionalmente también.



Hoy la cuestión de las identificaciones, y por tanto de las identidades (¿Quiénes somos ?; ¿a quién incluye el "nosotros"?; ¿que nos representa?), está en el centro del debate político y social Cataluña-España, aunque a menudo es eludido, desterrado o negado, es decir, el debate de fondo del conflicto Cataluña-España, por diferentes motivos, es sustituido eufemísticamente por unos debates ideológico-políticos (ideologías legalistas, ideología republicana, etc.) que siendo necesarios de hecho actualizan fantasías e imaginarios de conflictos preteridos (V. Volkan lo llama "ideologías de la reivindicación de derechos" [ii]), que refuerzan los vínculos de identificación con los respectivos grupos en conflicto (nacionales, reconocidos como sujeto político o no reconocidos, nacional-estatal y intra-nacionales).

Pero también, a menudo los malestares se ponen de manifiesto en la calle y en diferentes ámbitos sociales, estimulados e inducidos por las élites políticas (un dirigente del PP decía refiriéndose a los lazos amarillos: "si unos tienen derecho a ponerlos, los demás tienen derecho a sacarlos") y una gran mayoría de aparatos mediáticos, manejándolo con crispación, con el insulto y la violencia de diferentes intensidades, lejos del diálogo, la empatía, la tolerancia y la aceptación de la otro.

El aumento de la tensión que estamos viviendo actualmente (con claras estrategias para incrementarla, como por ej. lo hace Cs) sólo permite vislumbrar el enquistamiento del conflicto, y por tanto su repetición tarde o temprano, o el sometimiento por la fuerza del poder. Pero ni la imposición de la fuerza y ​​la humillación (cárceles, tribunales y legislaciones rígidas, bandas de provocadores, etc.) ni el repliegue en las fantasías e ilusiones ( "Somos República"; "están intentando hacer lo que hicieron hace siglos "; etc.) parece que puedan abrir caminos que posibiliten la elaboración profunda del conflicto, el respeto a la diferencia y el entendimiento entre los que se sienten catalanes y los que se sienten españoles (en Cataluña, y en España) grosso modo.

Sabemos sin embargo, que cuanta más presión se ejerce sobre un grupo grande en conflicto las personas que lo integran más se aferran a la identidad de este grupo.

Salvando las distancias de todo tipo, parece evidente que el conflicto actual Cataluña-España tiene en el conflicto identitario, construido transgeneracionalmente (J. Fontana habla de un "corriente poderoso y profundo" [iii]), claros paralelismos de fondo con lo que sucedió entre comunidades diversas en Irlanda del Norte o en Bosnia-Herzegovina, por poner algunos ejemplos.

La experiencia y los estudios de este tipo de conflictos nos enseñan los sufrimientos, traumas y dificultades que conlleva encontrar vías de solución compartidas y duraderas a los conflictos de los grupos grandes, cuando éstos se sienten vinculados por la memoria colectiva de traumas pasados no resueltos en la historia de estos grupos grandes o en la actualización más o menos reconstruida de los hechos del pasado en la fantasía.

Esta confrontación grupal Cataluña-España tiene que ver con factores desencadenantes del presente (las herencias de la transición del 78, la crisis de la representación democrática, los procesos globalizadores, etc.) pero es estimulada por unas dinámicas psicosociales profundas, arraigadas en las memorias colectivas, que son reactualizadas cuando los grupos traumatizados entran en unas dinámicas regresivas como consecuencia de lo que se ha vivido como un ataque.

Como decíamos más arriba, de nada sirve eludir o negar los conflictos identitarios como hacen ciertos opinadores en los medios y ciertos partidos políticos con el argumento de haber "superado" viejos debates identitarios gracias a un nuevo concepto idealizado y bien intencionado pero muy racionalizado (por ej. "el republicanismo ciudadano"), pues los sentimientos, las fantasías, los imaginarios de pertenencia y afectos vinculatoris que conforman las identidades son más potentes que las razones. Y esto, es tan válido para los que se sienten catalanes como para los que se sienten españoles (con todas las variantes posibles).

Hace falta, a unos y a otros, afrontar los problemas de cara, asumir las pérdidas y hacer los duelos necesarios que ayuden a reparar emocionalmente los traumas vividos, que en gran medida son traumas transgeneracionales, y a la vez poder abrir unos procesos que permitan reforzar la autoestima del propio grupo y la aceptación y reconocimiento del otro (u otros). Estos procesos deben ser trabajados esencialmente desde la sociedad civil entendiendo que son inseparables de la acción política y de las relaciones de poder que los mismos conflictos nutren.

No debemos confundir la construcción nacional (en el sentido de la/s posible/s identidad/es de un grupo grande) y el estado. Una república es un forma de estado, que puede amparar identidades múltiples y pertenencias diversas (como refería  A. Maalouf) y también, quizá con el paso del tiempo, reforzar la construcción de un grupo nacional a partir de la interacción reparadora de varias identidades que hoy son muy vivas en Cataluña, a pesar de que, hoy por hoy, esto no sea compartido por la totalidad de catalanes.

Las identidades colectivas son procesos dinámicos inter-relacionales construidas por los grupos grandes y al mismo tiempo estos se construyen a través de ellas.


Marcel Cirera                                                                     Agosto, 2018



[i] Muchos autores e investigadores han trabajado sobre esta cuestión entre otros, en el ámbito del psicoanálisis, Freud, Bion, Anzieu, Kaes, Volkan, Weinberg, Dalal, etc
[ii] V. Volkan. “Psicología de las sociedades en conflicto”. IG sl. 2013
[iii] "La continuidad de estos trescientos años de historia, no se puede entender si se olvida que, por debajo de los acontecimientos, y dando sentido a su trayectoria, circula una corriente poderosa y profunda de conciencia colectiva que nos ha permitido preservar la identidad y la lengua contra todos los intentos de negarlas. Una corriente que a veces puede parecer oculta, pero que sale a la luz cada vez que hay que enfrentarse a un obstáculo." J. Fontana. "España y Cataluña: trescientos años de historia". IEC. Des.2013




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